Al otro lado del puente: Hablar para ¿comunicarse?

Por  Anderzon Medina…

La multiplicidad de espacios en los que se está dialogandodesde y en torno a la crisis Venezuela, aunado a la falta de información certera respecto a quiénes dialogan y qué es lo que negocian suman a nivel macro a la incertidumbre cotidiana que vive el venezolano bajo la sombra del socialismo del s XXI, sin importar si está dentro o fuera del país. Existen los diálogos para buscar una salida negociada a la crisis, impulsados por Noruega en Barbados sin que se sepa qué se incluye en la negociación ni avances de la misma; lo más que se ha sabido de esto es la retórica pueril de “yo sí me siento y tú no” y el “yo me siento bajo estas condiciones y cuando quiera me levanto de la mesa y se para el diálogo, hasta que quiera sentarme de nuevo”, esto es lo que dejan leer con sus acciones los actores nacionales frente al serio intento de parte de Noruega. Por otra parte se habla de jerarcas del gobierno en funciones dialogando con altas esferas del poder en EEUU, negociando una salida, lo que han confirmado tanto por el presidente de los EEUU como el presidente de Venezuela en funciones, pero que desestima el enviado de los EEUU para Venezuela, quien además habla de una suerte de amnistía al jefe de gobierno en funciones. Parece que la desinformación es la práctica y técnica no solo del gobierno en funciones que la ha usado como herramienta para ganar tiempo y mantenerse en el poder, sino la de todo actor político nacional que parece no interesarse en proveer sosiego y soluciones factibles que ofrecer a un pueblo disminuido en cada aspecto de sí. 

En cada uno de estos espacios activos en este momento, así como en los que se han utilizado en los últimos 20 años, nuestros actores políticos han permitido que se le dé un nivel noticioso y de importancia política a lo que solo en apariencia es un diálogo. Es decir, llaman diálogo y lo utilizan como bandera para reconciliación nacional o salida de la crisis a cualquier situación en la que voceros de diferentes facciones se sientan a presentar sus posturas respecto a un conflicto que, oponiéndolos, los une. Sin embargo, estos mal llamados diálogos, algunos televisados en vivo para de esta manera generar más impacto en el arte de la distracción, son monólogos, espacios no inclusivos donde la toma de decisiones se hace a espaldas de la contraparte, buscando más la divulgación de la verdad propia que la construcción de una ruta en conjunto hacia un bien común. En ocasiones, estas versiones falaces de diálogo se constituyen más en espacios para la catarsis o la empatía de la audiencia polarizada, pero en ningún caso se conectan con acciones inclusivas y consensuadas. 

La OEA ha desarrollado una Guía práctica de diálogo democrático en la que reconoce la falacias de diálogo utilizadas por actores políticos y concibe al diálogo democrático como uno “que respeta y fortalece la institucionalidad democrática y busca transformar las relaciones conflictivas para evitar las crisis y la violencia y contribuir, por tanto, a la gobernabilidad democrática.”  Esto se logra a través del reconocimiento de “la validez de las reivindicaciones humanas de los demás”, la que hacen los actores al reconocer e incorporar a su propia perspectiva las preocupaciones de los otros, lo que les lleva a actuar de forma diferente.

En principio podríamos pensar que es esta una definición muy compleja y específica del ámbito político, pero no, es una adecuación del ejercicio cotidiano que hacemos para comunicarnos eficientemente. A grandes rasgos, en el acto cotidiano de hablar, adoptamos un rol particular que se adecúa a la situación en la que estamos hablando (de qué hablamos, con quién hablamos y en qué formato se da esa interacción (cara a cara, por teléfono, mensajería, email y así)). Al asumir ese rol, asignamos a aquel que escucha un rol complementario que este acepta en un tácito acuerdo que permite que la situación comunicativa se dé y así podamos comunicar lo que queremos, en un constante intercambio de estos roles (la comunicación es un acto dinámico). 

Los dialogantes son co-autores del texto que producen, el cual se conecta con los discursos, con los que crean realidades al representarlas. Tales discursos guardan una relación con la realidad vivida que se contrasta con la realidad dicha. Nos posicionamos cuando establecemos un diálogo y posicionamos al otro como lo entendemos; quien está al frente hace lo mismo y una conversación, un diálogo, fluye por ese tácito acuerdo de colaboración entre los que participan. Esta colaboración tiene como base el reconocimiento mutuo de la construcción que hacemos de nosotros mismos y de aquel que está enfrente. Esta es una noción general sobre la naturaleza de los intercambios comunicacionales que ofrece Michael Hallida y en su introducción a la gramática funcional y que nos es útil no solo para entender nuestras conversaciones cotidianas sino también para preguntarnos el porqué en los insistentes llamados al diálogo en el ámbito político venezolano el resultado es la imposibilidad de posiciones reconciliables. 

Al considerar que nociones falaces de diálogo han sido utilizadas por parte de los jerarcas del socialismo del s. XXI en varias ocasiones como herramientas para ganar tiempo y continuar con su proyecto político desde el ejercicio del poder queda claro que no reconocen a sus interlocutores como co-autores con los que habrían podido procurar posiciones conciliatorias para generar cambios en la manera de gobernar al país. Por otra parte, y frente a esta realidad, los actores de oposición en un torpe ejercicio de sus (in)capacidades comunicativas, plantean ante el país la participación en cada uno de estos diálogos, procurándose para sí un rol que no son capaces de ejercer (han perdido la capacidad de generar cualquier presión que le produzca algún tipo de apalancamiento e influencia sobre el otro por sí solos) y al hacerlo asignan al otro (el gobierno en funciones) un rol complementario que este no acepta. Se rompe de antemano el acuerdo tácito que permite la comunicación. Al no haber comunicación, cualquier versión de diálogo se convierte en un ejercicio falaz que existe solo como hecho noticioso y que mantiene a todas las facciones y audiencias (nacional e internacional) enfocadas en la inoperancia de tal diálogo. No será en ningún caso un esfuerzo de hablar para comunicarse.

Dr. Anderzon Medina

Prof. ASOCIADO, Universidad de Los Andes

@medina_anderzon