Al otro lado del puente: Que veinte años no es nada

Por: Anderzon Medina Roa…

Hace poco cumplí 20 años de graduado en Idiomas Modernos en nuestra ULA, y no pude sino tararear el tango aquel que dice sentirque es un soplo la vida, que 20 años no es nada, pensando que dos décadas es bastante. De recién graduado una de las primeras oportunidades laborales que tuve fue la enseñanza de español a extranjeros. La movida turística en el país y en la ciudad era nutrida, y el español andino venezolano gozaba de buena imagen a los ojos de extranjeros no hispanohablantes tanto de aquel como de este lado del charco. Así, tuve estudiantes franceses, italianos, norteamericanos, ingleses y hasta a un israelí le di clases.

De las muchas anécdotas dejadas por esa experiencia laboral y cultural, recuerdo a un estudiante de ciencias políticas norteamericano que estaba obsesionado con el giro político que daba Venezuela por esos años, uno hacia lo que las mayorías confiaron sería el rumbo necesario para arreglar el país. Insistía él en el esfuerzo de la prensa que, lejos de un ejercicio ético de sus funciones, se alineaban con intereses transnacionales a quienes la propuesta política y discursiva del nuevo presidente no convenía. Incluso en alguna clase llegó con dos o tres ejemplares de periódicos locales y nacionales (¡oh, tiempo aquellos!) en los que apuntaba a los artículos de opinión y noticiosos dedicados a atacar al gobierno, que se veía en gran desventaja en su representación mediática. Un argumento que en ese momento no generaba la animosidad que genera hoy día. Por otra parte, podemos acordar que, luego de los sucesos de 2002 y 2003, el gobierno venezolano aprendió la lección y fortaleció su músculo mediático a extremos acordes con su naturaleza autócrata. 

En esa clase de español a principios de siglo, le mostraba yo al estudiante, en la geografía urbana de Mérida, que la división y estratificación de la ciudad y sus habitantes era algo tan natural en Venezuela como en cualquier otro país, y que el apalancamiento que hacía el líder a través de su discurso en esas diferencias era efectivo en la opinión popular porque esas diferencias sociales se habían visto muy afectadas en las dos décadas anteriores. Esto era lo que ocupaba a las élites que habían sido desplazadas del poder y, digo hoy, lo que potenció ese discurso de confrontación transcendental que derivó rápidamente en un discurso de violencia institucionalizada. 

No obstante, al principio, ese discurso de defensa de los marginados, de distribución más equitativa y justa del erario público, de la obligación del Estado paternal de auxiliar a los históricamente desprotegidos, frente a unas élites que se habían desconectado de la realidad del común y atrincherado en una política para la que el juego de la democracia no era sino una excusa y los partidos maquinarias electorales que no representaban a la gente tenía resonancia en mucho más que los estratos populares de la sociedad venezolana. La golpeada clase media, las universidades, los maestros, los médicos y muchos más vieron en esa propuesta discursiva la solución que venían pidiendo hacía más de 20 años. Hoy hemos aprendido, por el camino largo, que ese discurso y sus actores han derivado en un ejercicio nefasto del poder, apalancado en confrontaciones, transformador de la realidad y el tejido social venezolano, donde las necesidades básicas vienen desdibujando diferencias de ideologías en crisis y quizá estableciendo puntos en común para un cambio de rumbo. Pero no quiero pecar de optimista. 

Me interesa más mirar un poco hacia el sur desde Venezuela y conseguir, en la actualidad de algunos de nuestros vecinos, visos similares a esos que tuvimos hace 20 años. El discurso de izquierda romántica con carga populista, el Estado responsable del bienestar del individuo, la clase política desconectada, la crisis de los partidos políticos y la representatividad resuenan en el imaginario de los estratos populares, de golpeadas clases medias, en las universidades, en los maestros, los médicos y muchos más que, como nosotros hace 20 años, ven allí la solución que vienen pidiendo. Y entonces, desde la diáspora, tarareo más de esas líneas del tango que sigue sonando en mi cabeza:

Tengo miedo del encuentro

Con el pasado que vuelve

A enfrentarse con mi vida

 

Dr. Anderzon Medina Roa

Profesor ASOCIADO. Universidad de Los Andes

@medina_anderzon