Con fundamento: Cuidar de la ciudad: el mejor gesto político

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Desde hace siglos, esta plaza es el lugar de encuentro de los ciudadanos y el ámbito donde se desarrolla el mercado. Por lo tanto, merece su nombre: Piazza del Popolo, (Plaza del Pueblo), porque es del pueblo, un espacio donde se toman decisiones importantes para la ciudad en su Ayuntamiento y se deciden iniciativas económicas y sociales. La plaza es un lugar emblemático donde las aspiraciones de los individuos se confrontan con las necesidades, expectativas y sueños de toda la ciudadanía; donde los grupos particulares se dan cuenta de que sus deseos deben armonizarse con los de la colectividad. Yo diría, permitidme la imagen, que en esta plaza se “amasa” el bien común de todos, aquí se trabaja por el bien común de todos. Esta armonización de deseos propios con los de la comunidad realiza el bien común. En esta plaza se aprende que sin perseguir con constancia, esfuerzo e inteligencia el bien común, tampoco el individuo podrá gozar de sus derechos y realizar sus nobles aspiraciones, porque faltaría el espacio ordenado y civil para vivir y trabajar…. La centralidad de la plaza, por lo tanto, envía el mensaje de que es esencial trabajar todos juntos por el bien común. Esta es la base de la buena gobernanza de la ciudad, que la hace bella, sana y acogedora, cruce de caminos de iniciativas y motor de un desarrollo sostenible e integral.» Papa Francisco, Discurso en Cesena, Italia. Octubre 1 de 2017.

El inicio de aquel afortunado discurso del Papa sobre la política, viene como anillo al dedo para reivindicarla y recuperar su valor como acción de valor comunitario, cuando siglos de lenta difusión del individualismo van reduciendo la sociedad cada vez más a mutua tolerancia por puras conveniencias personales (cosa obvia en los intentos de “unidad” que hemos visto deteriorar entre nuestras agrupaciones políticas partidistas). Política y ciudad están relacionados intrínsecamente, desde que la ciudad griega se denominó “Polis” que, al mismo tiempo (perdóneme mi amigo profesor de griego), creo proviene de la raíz “poli”: “pluralidad”, “multiplicidad”. La política define la Polis, la ciudad, como un espacio de encuentro donde las diferencias se fecundan mutuamente: «un lugar emblemático –dice Francisco- donde las aspiraciones de los individuos se confrontan con las necesidades, expectativas y sueños de toda la ciudadanía; donde los grupos particulares se dan cuenta de que sus deseos deben armonizarse con los de la colectividad». Sin las ciudades, la sociedad no evolucionaría, o lo haría con gran lentitud.

La ciudad es política por excelencia y, como dice el Papa, su espacio «envía el mensaje de que es esencial trabajar todos juntos por el bien común.» Para que este mensaje sea claro y persuasivo, es fundamental mantener y realzar el espacio urbano. El progresivo deterioro de la calidad ambiental no solamente afecta nuestra salud corporal, sino condena a muerte nuestra convivencia política. Y revertir el deterioro es más posible con la recuperación del vínculo afectivo consciente entre ciudadano y urbe que con normas coercitivas que sólo alienan más al habitante de su hábitat y su comunidad. El amor no se puede forzar con leyes.

Por ello aplaudo las actividades y gestos que, desde el sector artístico-cultural y las agrupaciones de nuevos emprendedores, como la empresa La Rama Dorada, están siendo organizados y llevados a cabo a favor de la ciudad de Mérida. Comprender que sólo depende del gobierno lo que inevitablemente depende y lo que decidimos dejar en sus manos (un poco por desidia o ignorancia de nuestras capacidades), y que habitar un espacio humanamente aceptable, la ciudad «bella, sana y acogedora, cruce de caminos de iniciativas y motor de un desarrollo sostenible e integral», es posible solamente si asumimos como tarea personal mantenerlo así, puede lograrse con hechos cumplidos. No toda política es cuestión de elecciones y decisiones en cuerpos gubernamentales; podemos decir aún más: la verdadera política se realiza en nuestras relaciones y acciones comunitarias. “Dios dijo: ayúdate que yo te ayudaré”. Poner manos a la obra e involucrar la sociedad en actividades que resultan en radiantes ambientes para su propio beneficio, generar fuentes de trabajo y programas de revalorización de la tradicional laboriosidad de nuestro pueblo, es romper la letal dependencia que permite ser subyugados por cualquier proyecto totalitario, es activar verdaderamente a cada ciudadano en el amor a sus derechos y la defensa de los mismos. Entonces cuidar de la ciudad puede ser el mejor gesto político.