Con fundamento: La normalidad de lo anormal

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

“anormal. (de a- y normal) adj. Dícese de lo que accidentalmente se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes. // 2. Infrecuente. // 3. Com. Persona cuyo desarrollo físico o intelectual es inferior al que corresponde a su edad.” RAE

La gran sacudida cultural que hace ya cincuenta años estremeció el mundo occidental, con la difusión casi simultánea de los hippies, el mayo francés, la Primavera de Praga, la Conferencia General del Episcopado en Medellín, el Eurocomunismo, entre otras cosas, se expresó en cantidad de slogans, como “¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!”, “Todo espectador es un traidor”, “Haz el amor y no la guerra”, y el que viene a cuento: “Cuando lo extraordinario se torna cotidiano, hay la revolución”, atribuido por los estudiantes parisinos a Ernesto Che Guevara. Frases pegajosas y de un atrevimiento atrayente por lo desafiante, dejaban la impresión de cierta profundidad bajo su aparente banalidad.

Extraordinario, es decir, aquello que transgrede o trasciende un orden, superándolo, burlándolo, es  un adjetivo –a su vez- positivo. No se llama extraordinario a algo negativo, a algo rechazable. La idea de que una revolución hace cotidiano lo extraordinario ilusiona, pues no solamente promete la derrota de lo rutinario, de lo tedioso, sino ofrece el permanente acontecimiento de lo animado, lo más noble, lo más insólitamente deseable. Esto fue lo que el pueblo venezolano, novelero, aburrido e hipercrítico, buscó en 1998, cuarenta años después, al decidir encumbrar al maldiciente teniente golpista con sus votos.

Veinte años de impudicia, improvisación, dolo, impunidad, crasa informalidad, y absoluta carencia de verdadero civismo, han dejado claro que no era lo extraordinario lo que se hacía cotidiano, sino lo anormal. Lo anormal se ha hecho normal. Nada está en la situación que debía estar y Por: Bernardo Moncada Cárdenas…poco cabe esperar del régimen que nos subyuga cosa que no sea disgustos y dolores. La llegada al poder de la anormalidad y anormales, sin embargo, no ha causado suficiente impresión como para que los políticos adversarios del gobierno reaccionen, evitando competir con las majaderías oficiales. ¿Es que tampoco hay la capacidad de elaborar programas razonables y atrayentes que ofrezcan, por una parte, una mejor conducta de la dirigencia y, por otra, el logro de libertad de Venezuela y su pronto restablecimiento económico y cultural? Lo anormal nos arropa a tirios y troyanos. Pidamos a quienes se presentan como alternativa democrática, que se actúe con mayor claridad de ideas y capacidad organizativa, para hacer algo más que sólo acusar y lamentarse, como anormales.

Cuidar donde se pisa, para evitar seguir entrampados en nuestros propios prejuicios y convenciones, hay que presionar a los líderes de todo nivel para que asuman el protagonismo de manera más responsable y al pueblo, boca a boca, persuadirle del cambio de actitud que nos transporte de la ordinariez a lo extraordinario, hacia la grandeza de la que Venezuela es capaz.