Con fundamento: Nuevas águilas blancas

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«La tragedia de nuestro tiempo es que ya no se educa. Es necesario que al menos los adultos, que en esta cuestión tenemos toda la responsabilidad, partamos de este dato: posiblemente somos la primera generación de adultos que vive de manera tan dramática el problema de la tradición, es decir, de la transmisión de una generación a otra del patrimonio de conocimientos, de valores y certezas, de la transmisión de una percepción positiva y buena de la vida. Ya no se puede dar por descontado, ya no es obvio que se dé esa clase de milagro que ha sido siempre la educación y que ha garantizado, para bien y para mal, incluso en momentos históricos terribles, que el mundo siga adelante.» Franco Nembrini, educador.

El jueves de la pasada semana, con titular que ensalzaba la hazaña de egresar más de 800 nuevos profesionales en el Aula Magna de la Universidad de Los Andes, una nota periodística se ilustraba con la foto de la fila impresionante de togados, de los cuales un buen número lleva el distintivo blanco de los egresados Cum Laude. Parecía una bandada de águilas blancas.

Es notorio el porcentaje relativamente alto de egresados con promedios mayores a los 16 puntos. Podemos dar a esto la lectura de que los estándares de calidad de la universidad se han relajado y el facilismo ha abierto las puertas a una sobrevaloración de los estudiantes; un colega me decía que se asombraba con tanto Cum Laude, cuando sus alumnos no sabían siquiera escribir bien. Puede que así sea, en algunos casos; pero se puede rebatir el argumento y abrazar la lectura alternativa, con base en la experiencia de los cinco semestres de retorno a enseñar en pre-grado: cuando, tras 15 años de jubilación dedicado a investigar, escribir y enseñar en posgrado, se acepta asumir de nuevo una sección. Según esta experiencia, los nuevos estudiantes son brillantes, conscientes y esforzados, merecen sus respectivas distinciones. El rigor de las circunstancias ayuda a esto.

Comentada la decisión de aceptar el regreso, la respuesta de algunos colegas ha sido el reproche: ¿Hay necesidad de abandonar la comodidad del retiro para volver a confrontar estudiantes? Los jóvenes de hoy –abundaban en su desacuerdo- ya no son como los de aquellos años. La mentalidad más extendida los malpone y critica, esperando de esta generación juvenil solamente lo peor. Por alguna razón, sin embargo, quien esto escribe no se sorprende de la proliferación de estas nuevas águilas blancas que despliegan sus pequeñas alas en nuestras suntuosas ceremonias de grado.

Y es que no solamente tiene el estudiante en la Venezuela de hoy que vencer los obstáculos que acumula el penoso estado del país en su camino: abusivo costo de vida, deficiente transporte público, interrupción de servicios imprescindibles como la electricidad, sino sacar provecho de una institución que, por prestigiosa y competente que sea, enfrenta la disminución de su presupuesto y el éxodo de los docentes. El estudiante que decide permanecer y culminar su carrera en esta reconocida y gratuita universidad, demuestra, con tal decisión, buena dosis de sensatez (ya un excelente punto de partida), y el hecho mismo de superar tanta adversidad y mantenerse con paciencia a través de las frecuentes interrupciones que alargan su formación, abonan a su favor. No es cualquier persona. Un bachiller que además dedica su tiempo al estudio con genuina curiosidad, cuenta hoy con recursos imposibles de soñar hace algunas décadas, se actualiza continuamente y, con la compañía de un buen docente, profundizará en ese permanente actualizarse.

Necesitan, sí, un profesor que acepte generosamente, con vocación y sentido histórico, su tarea en este momento. No se es docente universitario para hacerse millonario, y es necesario aumentar fuentes de ingreso para sostenerse como “profe”. La motivación ha de ser otra más profunda, pero falla. “Somos –como escribe Nembrini- la primera generación de adultos que vive de manera tan dramática el problema de la tradición, es decir, de la transmisión de una generación a otra del patrimonio de conocimientos, de valores y certezas, de la transmisión de una percepción positiva y buena de la vida”. Por esto se dificulta detectar en los jóvenes cualidades que traen desde su nuevo mundo; por esto se sobrevalora sus defectos y fallas; por esto resulta tan difícil mirar sus necesidades radicales  y trabajar con ellos para hallar la respuesta. Por eso resulta trágicamente cuesta arriba, para el docente escéptico y desencantado, reconocer el aporte que, a pesar de todo, entrega a sus alumnos.

Que estas palabras animen a una auto-crítica sincera y no destructiva, para no perder el puesto y el deber que implica la palabra “adulto”, para dejar de preocuparnos por esta abundancia de nuevas águilas blancas, deseando y logrando acompañarlas en su vuelo.