Con fundamento: Paros y huelgas… develamiento de nuestra fracasada autonomía

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Quien escribe es entusiasta, enamorado, del ideal universitario. Desde el primer año en las aulas, la responsabilidad por ese regalo que no valoramos, y que consiste en disfrutar de universidades de muy alta categoría, sin que nuestros padres o nosotros tengamos que desembolsar costosas matrículas y mensualidades, debería abrumar a quien inicia sus estudios. Ha recibido un bien incalculable para su vida, pero como retribución, el sentido de compromiso con el mundo y sus verdades, y con la sociedad que sostiene la universidad, deberían forjar esa conciencia. Uno debe sentir la universidad como su propiedad y su compromiso; estamos hablando de una madre, una muy peculiar que nutre a sus hijos y necesita nutrirse de ellos. Tantas veces pareciera que el estudiantado, moldeado en la vacía dinámica de la ideología, asume como un juego de roles, en el cual el profesorado es el patrón y el estudiante juega a proletariado oprimido, la universidad es su enemiga, “Lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta”, decían las abuelas. En ocasiones el profesor posa de arrogante y excluyente, como si de verdad se tratase de un pequeño y ridículo tirano. Entonces la relación característica del modo de ser universitario se deforma hasta la aberración.

Dentro de esa ideologización de roles que se sufre, el peor es el de la autonomía, pensada como derecho de una clase social, como salvaguarda de una burocracia privilegiada, antes que condición infaltable para el cumplimiento de los nobles fines universitarios, sin interferencias de poder alguno.

Señala Alexis Márquez Rodríguez, en su artículo ‘La autonomía universitaria hoy’ que «La trayectoria de la autonomía universitaria en Venezuela no ha sido pacífica ni ininterrumpida. Al contrario, ha tenido diversas y a veces graves alteraciones. Consolidada la República después de la independencia, el Libertador, Presidente de Colombia –la llamada Gran Colombia– promulga el 15 de julio de 1827 los Estatutos Republicanos, elaborados por la propia Universidad de Caracas, en los cuales se reitera el principio autonómico, y se dota a esa casa de estudios de un conjunto de haciendas y otros bienes productivos, para que con sus rentas financiaran sus actividades. Lo cual significa que, además de autónoma, la universidad sería financieramente autárquica, y por tanto independiente.» Desde sus inicios, la universidad fue dotada con un patrimonio productivo, que permitiera reducir a un mínimo su peso sobre el presupuesto nacional, evitando al mismo tiempo el chantaje y el ahogo por parte del poder.

Esta universidad ha sido paulatinamente deformada por las exigencias del modelo llamado napoleónico – la universidad como fábrica de funcionarios – y de los posteriores sistemas modernos donde el Estado no solamente sostiene a la universidad, sino, a través de las políticas de gobierno, la despoja y modela a su conveniencia. Específicamente en lo que respecta a su necesaria autarquía financiera, la universidad venezolana, después de la reforma calderista de los ’70, se ha visto cada vez más mediatizada por su sujeción al aporte gubernamental y su improductividad para generar fondos que necesita. Al mismo tiempo, ha ido surgiendo un espíritu universitario conformista, menos preocupado por valores trascendentes y seducido por el inmediatismo y la banalización de la llamada “pertinencia social”.

Las autoridades universitarias, incluyendo todos los niveles de decisión, tienden a encerrarse en la administración de migajas y en el vergonzante regateo frente a gobiernos a los cuales parece la universidad interesar cada vez menos. Los gremios, se agotan, sacrificando a los estudiantes, en una lucha estéril, en pugna con el poder, relevando a los responsables internos de compromiso sobre el manejo eficaz e inteligente de los recursos.

Al final los paros, más que gestos serios, parecen berrinches del niño a quien su padre niega alimento y capricho, con un padre que se muestra cada vez más irresponsable y cruel. Y gran parte de los docentes, amoldados a este modelo, se comportan de la misma absurda manera, condenándose y condenando a la universidad a la paralización. El paro grita a los cuatro vientos, “¡Dennos más dinero!, ¡No somos autónomos ni queremos serlo!” Y termina siendo parte de un ritual perfectamente adoptado por los gobiernos, a quienes tampoco importa la formación de la juventud sino antes bien le perjudica.

Seamos realistas y justipreciemos lo que perdemos con esta manera de actuar. Que la universidad sea cambio, renovación: «En cualquier entorno, especialmente en el universitario, es importante leer y enfrentar este cambio de época con reflexión y discernimiento, es decir sin prejuicios ideológicos, sin miedos -dice el Papa Francisco-…. Cualquier cambio, incluso el actual, es un pasaje que trae consigo dificultades, penurias y sufrimientos, pero también nuevos horizontes para el bien. Los grandes cambios exigen un replanteamiento de nuestros modelos económicos, culturales y sociales, para recuperar el valor central de la persona humana.» Replanteemos, pues.