Con fundamento: Venezuela encadenada

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«En la época de la crisis de las certezas […], en la época del desarraigo del hombre, de la alienación y de la pérdida de sentido del mundo, la ideología […] ofrece al hombre extraviado una “casa” accesible —basta asumirla e inmediatamente todo se vuelve claro—, la vida vuelve a tener sentido y de su horizonte desaparecen el misterio, los interrogantes, la inquietud y la soledad. Por esta modesta “casa” el hombre en general paga un alto precio: la abdicación de su razón, de su conciencia, de su responsabilidad; en efecto, una parte integrante de la ideología asumida consiste en delegar la razón y la conciencia en manos de los superiores, esto es, el principio de identificación del centro del poder con el centro de la verdad». Vaclav Havel

En el controvertible proceso electoral de Venezuela, reaparecen acusaciones de abuso de poder, cuando el mandón, candidato al mismo tiempo, aumenta la frecuencia de apariciones oficiales en medios radioeléctricos, forzados a transmitir con el pretexto de que se trata de informaciones de interés para el pueblo. Son las llamadas cadenasde radio y tv. Cadenas, es de suponerse, porque enlazan cuanta emisora esté a su alcance en una sola transmisión. Cuando la reelección inmediata no estaba contemplada, el abuso se limitaba a promocionar las bondades del partido gobernante para dar ventaja a su candidato; pero con el actual “progreso”, según el cual un presidente puede postularse hasta la muerte, parece no haber modo de evitar su insoportable reaparición en nuestros receptores cada vez que le viene en gana. Entonces la cosa se convierte en otro tipo de cadena: aquella que impide la libertad, el acceso o la salida. Ya no es el mandatario quien “se encadena”, sino que nos encadena a nosotros.

En el régimen que somete a Venezuela, el dominio de los medios es imprescindible. No puede ser de otra forma cuando el programa de gobierno consiste en convencer a toda una nación de que la realidad no es la que se ve, sino la que el poder desea hacer ver. En la voz del mandamás fluyen coartadas para justificar las injustificables fallas y corruptelas cuya víctima final es el simple ciudadano,promesas de hotel, chantajes y amenazas con que aspira retener un mínimo de apoyo. Ante esa pretensión, las cadenas resultan idóneas, pues evitan el riesgo de confrontación directa con multitudes de comportamiento ya impredecible, permiten ordenar más eficientemente el contenido del discurso, y rodean al orador de una atmósfera controlada, en la cual hasta él mismo se convence de la veracidad de sus mentiras. Este tipo de alocuciones pretende sustituir razón y conciencia de los radioescuchas y televidentes, tranquilizando toda duda e incomodidad en pro de la interpretación de los hechos que la ideología impone.

Para colmo de males, del lado de los oyentes, sobre todoen cierto estrato socio-económico (poseedores de esas maravillosas cajitas de plástico que parecen contener el universo, llamadas teléfonos inteligentes) otro tipo de cadenas cumple y complementa el papel de las presidenciales. Víctimas de la ancestral creencia en que todo lo publicado es verdadero, muchosusuarios de celulares difunden, evidentemente sin pensarlo mucho, cuanto texto aparece en la pantallita, con mayor rapidez cuanto más amarillista sea. En este caso, el receptor-difusor cree actuar libremente, por su propia voluntad. Igualmente, sin embargo, está utilizando mecanismos auto justificantes de su propio estado de ánimo, sus propias psicosis, mensajes con argumentos consoladores ante la sensación de fracaso e impotencia, o exaltadores de una animosidad visceral, comúnmente enmascarada de heroica combatividad. Reflejan, aunquedesde el otro bando, una función ideológica como la de las alocuciones presidenciales. El guerrero de teclado sufre, sin darse cuenta, “la abdicación de su razón, de su conciencia, de su responsabilidad”. Como escribe Havel,“en efecto, una parte integrante de la ideología asumida consiste en delegar la razón y la conciencia en [otras]manos”, cuando parecemos haber perdido las raíces y -sumidos en total desconfianza- no queremos creer ni siquiera en lo que nuestros ojos ven pero creemos acríticamente en cuanto nuestros ojos leen.

Sí, estamos en cadenas y de muchos tipos. ¡Cuán vulnerables somos a unas y otras, renunciandoal riesgo de un criterio propio,  personalmente razonado!La tentación es perdernos a nosotros mismos, apostando a ganar, bien seael confortable consenso con los demás, o el poder, o anotarnos a ganador (inclusive siguiendo las tendencias dominantes en las redes podemos creer que nos anotamos a ganador, acomodándonos al pensamiento digerido que se nos ofrece). Tendríamos que educarnos a una actitud más responsable frente a la realidad, especialmente cuando se nos presenta compleja y dolorosa, educarnos en salvaguardar y madurar nuestra personalidad para tener algo queplantear y aportar. Es tiempo de dar, pero nadie puede dar lo que en verdad no tiene.