El cartelito del empleo

Si la gente se está marchando del país porque no hay trabajo, cómo es eso que por todas partes cuelga el ya socarrón e impensado cartelito “Oferta de empleo”? Muy sencilla es la respuesta porque este país es el único lugar del mundo donde, ahora, ocurre lo más inverosímil. A Venezuela no la entienden si no los venezolanos, dirían por allí y en efecto, esa es nuestra realidad.

La desbandada nacional hoy desplazada por el mundo, hay que decirlo en forma tajante, produjo el vacío que ya las empresas acusan en mermas sustanciales. Esa masa laboral que por años allí aprendió el oficio y creció a la par de la entidad de producción, ahora coloca su talento, que es capital aprendido, al servicio de intereses foráneos en un país que no es el suyo.

Reinventarse con el exiguo personal que quedó en pie, no ha sido fácil. Sin embargo y en prueba de esa capacidad tan venezolana, el pequeño inversionista ha resistido la diferida agonía mientras que aquellos, con pocas excepciones, sin mayor suerte se han tenido que subemplear en cualquier afán para sobrevivir. Esa ya es una tragedia, para unos y otros.

Cómo llenar las vacantes de los que se han ido? Eso merece ponderarse en justa dimensión. Tanto la empresa privada como la Administración Pública debaten el tema. La salida inexorable de la fuerza laboral se suma a la fuga de talento académico y jóvenes en edad promisoria que tomaron la radical valentía con el grave reporte de deserción en la nómina empleadora.

La galopante inflación que tomó giros espirales hace buen rato no augura mejores tiempos y ya en las empresas privadas se atiza la incertidumbre de lo que vendrá. El sector oficial trabaja a media máquina porque el personal adscrito no es suficiente. Las vacantes no se llenan por los bajísimos sueldos que ni siquiera alcanzan a suplir la canasta básica familiar.

Lo más probable sea que el cartelito “Oferta de empleo” siga colgado a la entrada de oficinas y  establecimientos porque unos cuantos prefieren no hacer nada antes que hacer mucho que no reporta ni siquiera para comer. “Si no trabajo, no gasto”, dicen quienes no arriesgan tiempo y pericia con gastos en la cima (cumbre) y salarios en la sima (abismo). Si señor.  

Por: Ramón Sosa Pérez–Foto: Leo León