Esa última mirada

La decisión estaba tomada. No fue fácil aceptar la idea ya, a los 86 años, de edad de cambiar totalmente de horizontes, de aires, de cielos, de lugares, de personas En aquella casita que habitaban desde hacía décadas permanecían inalterables los recuerdos  de los días transcurridos al lado de su esposa. Juntos pasaron las páginas en el calendario, cobijaron a los nietos, sembraron sus matas en el jardín, adornaron  la sala Navidad, prepararnos hallacas en familia, compartieron conversaciones, lecturas, música y se curaron mutuamente las dolencias, que con los tiempo van llegando inexorables.

Mas, de pronto, se vieron empobrecidos, sus pensiones ganadas por muchos años de trabajo ya no alcanzaban. Comenzaron a observar cómo la alacena, antes bien nutrida, empezaba a mostrar signos de escasez. Salir a buscar las medicinas, era un peregrinar sin resultados. El país que tanto amaban se caía a pedazos ante la mirada burlona de quienes decían protegerla.

Temor,  incertidumbre, noches sin dormir pensando en la oferta de los nietos -Vénganse a vivir con nosotros a España.

Deshacer una vida y meter lo que queda en dos  maletas es una  situación punzante. Recoger la estancia llena de tantas evocaciones: los relojes Cucú de pared,   los floreros, la vajilla que compraron cuando se casaron, los álbumes de fotografías que contaban historias, y hasta los sueños de vivir tranquilos hasta que tocara la campanada de su último día, pero aquí en su tierra, en su ambiente, en su hogar, cobijados por la mata de mango, viendo caer el sol de los venados. Pero no  pudo ser, cuántas vidas, cuántos personajes, cuantos relatos con la misma trama hemos tenido que sufrir en este país nuestro en que familias enteras deciden marcharse porque sencillamente aquí en Venezuela, es difícil, muy difícil permanecer.

¿Quién se iba a imaginar que la tragedia de las separaciones por ausencia, iban a ser una constante, donde un “mañana me voy”, sería la triste letanía  de millones de venezolanos?

Viajar cuando se es joven es una aventura, un reto, algo maravilloso, pero cuando los años comienza a  pesar en la espalda, las piernas y el corazón, es como trasplantar un pino ya formado tupido y verdecito e intentar arrancarlo de raíz, sencillamente, no es aconsejable, el árbol puede morir, sin embargo, la vida es así, imperamente,  inescrutable y sus designios siempre son sorpresivos.

Esa última mirada profunda, melancólica con la cual observamos lo que dejamos atrás, es el retrato fiel y exacto del dolor que nos envuelve al dejar nuestra casa sola.

Arinda Engelke.