Con fundamento: Fe y política

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

La imagen de Nuestra señora de Fátima visita nuestra ciudad, Mérida. La feligresía la acompaña en procesión por las calles en un momento de  su mundial peregrinar, a los cien años de la última aparición. Sucede en otras regiones venezolanas, pero la visita merideña ocasiona un acontecimiento que se torna histórico: la figura… ¡entra al Palacio de Gobierno!, en hombros la lleva el nuevo mandatario regional con su equipo de gerencia, ¡Y la acompaña, con el pueblo, Monseñor Luis Enrique Rojas, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis, el primer prelado a quien se permite poner pie en este recinto durante los últimos dieciocho años! No se mueve el sol en el cielo, como en el último milagro de la aparición en Portugal, pero algo que hace un mes parecía inconcebible ha sucedido.

La Iglesia Católica mantiene una relación muy particular con los gobiernos. Hay quienes quisieran verla de nuevo en el proyecto cesaropapista de la temprana Iglesia Oriental, cuando la mentalidad cultural asiática pensó en hacer del cristianismo religión de Estado y unificar Emperador y Papa. Tres semanas atrás, esta columna se titulaba Lo que es del César; siguiendo el contenido de la Lectura Evangélica del domingo anterior, pues la enseñanza de realismo y precisión contenida en dicho texto ilustra la libre posición de la fe frente a los dilemas, aparentemente muy complejos, que nos propone la política. La Iglesia no puede dejar de esperar un cambio en los hombres y mientras tanto  tampoco puede dejar de hacer sus proféticos reclamos ni mostrar un camino alterno. Una frase de la Carta a Diogneto, documento que habla de la vida en la fe cristiana durante el segundo siglo, resume esto de la siguiente manera: “Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes.” Asumiendo esta actitud, aparentemente pasiva, la cristiandad vio caer el Imperio Romano, evangelizó y dio forma a Europa, persistentemente asentando los valores que la rigen, los cuales, a pesar de obstáculos e intereses bajos que nunca faltarán, vinieron al Nuevo Mundo y, si bien despojados de su raíz trascendente,  reaparecieron en la Revolución Francesa.

Dos episodios populares en el reciente acontecer de Mérida mostraron la eficacia de la fe. En 2014, en plena efervescencia de las tácticas protestatarias llamadas guarimbas, la arquidiócesis acogió la propuesta de un gran grupo de mujeres, consistente en responder con una larga procesión la cual, integrando todos los párrocos de la ciudad y desafiando la represión, recorrió la ciudad desde sus suburbios. Llegados a la Plaza Bolívar, el centro mismo de la capital andina, la encontramos blindada con un oscuro cordón de policías armados y acorazados; la multitud se arrodilló frente a ellos y el Padre Fray Manuel Moreno dirigió brillantemente una oración que también a ellos estremeció. Fue el episodio culminante en el evento que prosiguió hasta el extremo norte del casco urbano. Luego ha habido similares, como el Santísimo Sacramento desfilando en adoración por los cuatro costados de la Plaza, entonces bastión intocable del poder chavista, e imponiendo un gran silencio sin una voz de discordia, o la multitudinaria Eucaristía celebrada este año, no obstante la tensión reinante, en uno de los escenarios peores de la violencia que dominaba la ciudad. Hay una gran eficacia custodiada discretamente en tales gestos.

Esta manera de dar la cara, arriesgando la vida sin provocar violencia, participando en política para el bien común, antes que para la victoria de ideologías particulares, es la marca de fábrica sin la cual un seguidor de Cristo queda extraviado, pues ya no Le está siguiendo en la vía que pasa por la cruz, pero lleva a la Resurrección y a lo que llamamos el Reino.

Jesús no esperó imponerse, ni violentar la realidad para traer a la Tierra una utopía. Trajo Su persona, su actuar, dejando, como buen sembrador, una simiente que –dicho en términos de las redes, ese fenómeno, contemporáneo- “Se hizo viral” y ha obtenido grandes cambios. Con paciencia que sólo da la justeza, como la paciencia de un padre y una madre ante la normal rebeldía del hijo, sus seguidores actuamos con confianza en la calidad humana que habita el corazón de nuestro pueblo, y en la invencibilidad del amor que nos acompaña. A esto llamamos “fe”. Y cuando desde la fe hablamos de Conversión no nos referimos a pasar mágicamente un interruptor, sino a un proceso hermosamente largo, que una vez iniciado conduce una vida tanto como una historia hacia la Verdad. Más pronto que tarde, vemos resultados. Eso lo han percibido con claridad todos los totalitarismos o los inmediatismos que han antagonizado o deformado al cristianismo pues, para sus hegemonías basadas en la permanente mentira, es el más amenazante obstáculo.

El episodio con cuyo recuento comienza el presente escrito pone de manifiesto a dónde deseamos dirigirnos. Bienvenidos quienes –independientemente de su posición partidista o religiosa- quieran sumarse.

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