Con fundamento: De marchas y contramarchas

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Una columna semanal cuando los hechos acontecen a gran velocidad, y muchas veces de manera imprevisible, se torna desafiante ejercicio de adivinación, pues hay que entregar días antes de su aparición. A veces no sabemos siquiera si tendremos algo parecido a un país la siguiente semana; en esta ocasión toca aludir inevitablemente a lo que se esboza en Venezuela para este 19 de abril de 2017, cuando de manera clamorosa, y con suficiente anticipación, las dirigencias que reúnen los sectores en disidencia frente al régimen chavista-madurista han convocado grandes manifestaciones de protesta en las ciudades de Venezuela.

Desde hace doscientos siete años, el 19 de abril es celebrado como el inicio de la lucha independentista que dio origen a la República de Venezuela. En la actual coyuntura se quiere hacer realidad la analogía histórica con la gesta de una colectividad que, en proporción incomparablemente menor que la del actual pueblo venezolano, se atrevió a repudiar públicamente el mal gobierno en que se había convertido el dominio colonial español. Ignoro si tal episodio ha sido censurado, eliminándolo de nuestros textos escolares por subversivo, pero en mis años de primaria nos emocionaba el modo en que, cual script de suspenso y acción un tanto teatral, son narrados los hechos. Pero nuestro entusiasmo infantil no lograba advertir, en aquel tiempo, que el famoso “Pues yo tampoco quiero mando” del Capitán General Emparan no se tradujo en la automática cesación del dominio peninsular, sino dio lugar a más de veinte años de conflicto, y que ni siquiera en 1830, año de la muerte de Bolívar, se podía decir que la flamante nación disfrutase de estabilidad alguna.

La historia es así: el desacomodo que acontece con grandes decisiones repentinas da lugar a lo que los estudiosos llaman procesos, los cuales pueden durar varias décadas. Sucede hasta en nuestras Sagradas Escrituras, donde la prodigiosa liberación de Israel del poderío egipcio se dio en una noche, pero la travesía en el desierto hacia la Tierra Prometida habría de durar cuarenta años.

Con días de anticipación a las manifestaciones convocadas por la Mesa de Unidad Democrática hemos podido ver el movimiento de las fichas en el gran tablero de la crisis nacional. Evidente ha sido la táctica de disuasión brutal que el oficialismo, aprovechando la creciente agitación ciudadana reaccionando a las últimas decisiones del Tribunal Supremo de Justicia, implementa con el objeto de hacerse temer apelando a la supuesta pusilanimidad de las masas. Al mismo tiempo, el jefe del gobierno declara –sincera o insinceramente- su interés en la realización de las elecciones que ha torpedeado sistemáticamente a través de los organismos  sometidos a él y, mientras hace ostentación de armamento y soldadesca, lanza llamados al diálogo proclamándose partidario de la paz y agrupa belicosamente sus huestes para lo que podemos llamar contra-protestas. Sus adversarios, en tanto, hacen lo que pueden a través de los procedimientos legales en la menoscabada Asamblea Nacional y las recurrentes protestas. Dada la exasperación de la carestía, la inflación desbocada, la violencia delincuencial, y tantos otros problemas que hostigan el diario vivir de los venezolanos por una parte, y el creciente repudio internacional suscitado por las decisiones políticas del gobierno, por otra, la coalición disidente espera obviamente lograr un avance significativo hacia la recuperación de la democracia con la marcha de este 19 de abril.

Quienes en ambos bandos tienden a los extremismos están intentando llevar las acciones con la máxima temeridad, queriendo unos el cese de Nicolás Maduro en sus funciones –un nuevo “la cual aceptó”, que pudiera reeditar la infausta manipulación de los hechos en abril 2002- y otros el establecimiento del régimen de excepción que, a sangre y fuego, termine de consolidar la paulatina escalada represiva con la que poco a poco el régimen pretende terminar de reducir la disidencia. Quien esto escribe en ejercicio de precaria clarividencia se encuentra en desacuerdo con ambos. No se avizora una solución rápida al conflicto, cambio súbito a un nuevo estado de cosas que dé lugar a la nueva Venezuela que tanto deseamos, ni desde la óptica opuesta parece factible el establecimiento de la total dictadura que algunos anhelan.

Es cuestión, entonces, de contemplar nuestro itinerario nacional con la suficiente amplitud y altura, juzgando los hechos, por encandiladores que sean, a la luz de la historia a la que nos hemos referido, para no desesperar. El 19 de abril de 1810 sólo fue un comienzo, mas no porque nuestros actos no den resultados inmediatos dejan de tener efectividad; es más: los verdaderos resultados jamás son inmediatos y ninguna acción carece de efectos. En este día, pues, es la responsabilidad personal para con Venezuela y cada uno de sus habitantes la que debe privar en nuestro comportamiento. Sobre todo quien desea contribuir a sacarla del vórtice de males que la aquejan necesita de una visión así y de una persistencia innatural. Estamos en Pascua, no olvidemos: tiempo de nueva y eterna vida que no debemos desperdiciar; tomémoslo con seriedad y actuemos en consecuencia ¡Que Dios y la historia premien nuestro tesón y lucidez!

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