Homilía del Cardenal Baltazar Porras en la eucaristía celebrada en Mérida por conferimiento Doctorado Honoris Causa

El tiempo del Adviento es el más bello del año. La razón es sencilla, es el tiempo de la esperanza, aderezado con la ternura que genera la expectación de una nueva vida, con la belleza y delicadeza de una madre como María Santísima, y en nuestro país, por la alegría de los aguinaldos, la confección de los pesebres y las muchas tradiciones que llaman al reencuentro, a la amistad, al compartir sin distingos.

Ciertamente los tiempos que corren no son el mejor aderezo para unas navidades en paz y sin aprensiones. Vivimos la presión de una vida social marcada por la escasez, la carestía, el hampa desatada, y la sordera de quienes debían ser los garantes de una vida más fraterna y solidaria. Sin embargo, no tiene cabida el desaliento ni la desesperanza. Los tiempos recios invitan a la creatividad, al coraje, a la búsqueda mancomunada por el bienestar común de todos.

Esta eucaristía tiene además, el buen sabor de la amistad y el agradecimiento por el acto que tendrá lugar dentro de unos momentos en el Aula Magna de nuestra máxima casa de estudios. Iglesia y Universidad, Mérida toda anclada sobre los pilares que la convierten en la ciudad por excelencia del saber y la academia, sienten que no hay futuro si no se construye con la colaboración y participación de todos.

La lectura del profeta Isaías, el hombre clarividente y fuerte que en medio de la mayor crisis de su pueblo supo sembrar siempre semillas de futuro. El bien del pueblo será el enjugar las lágrimas de todos los rostros y el preparar un festín de manjares suculentos. Pareciera que estas palabras del Profeta están dirigidas a nosotros, pues tenemos que aniquliar la muerte para siempre.

Por eso, nos solazamos en habitar en la casa del Señor, por años sin término. Y la mejor prueba de esa gracia nos la da el evangelio de hoy. La medida del amor a Dios nos lo da el servicio a los necesitados, a los tullidos, a los hambrientos. El milagro que se repite a diario y es la invitación a darnos cuenta de ello para repetirlo cotidianamente es la compasión de no dejar que quienes nos rodean se vayan en ayunas y puedan desmayarse en el camino. La generosidad de todos es la que hace que los panes y los peces se multipliquen, no por arte de magia, sino porque quien tiene hambre y quien tiene sed de servir al prójimo, hace, como muchas de nuestras madres, que la comida alcance para todos.

Uno de nuestros más bellos villancicos dice que como el rocío del cielo baja constante, viene Dios con nosotros el Dios del cielo. Es él, el Dios del cielo quien abre las puertas de nuestro corazón para que compartamos el afecto, la ternura, los bienes y sembremos de misericordia, de bondad y de amor, el mundo hostil que nos rodea.

Gracias a todos ustedes, queridos hermanos universitarios, desde sus autoridades académicas hasta el más pequeño de los alumnos, empleados y obreros. Su presencia aquí en este momento de oración, es fuerza sanadora y vigor para el camino.

Gracias a todos ustedes, amigos, venidos como la parábola de todos los cruces de caminos. No hace falta más traje de gala que el que nace del amor a Dios y al prójimo.

Este adviento es llamado imperioso a soñar y construir la Venezuela que queremos. Es una clarinada para no desfallecer, para abrirnos a la creatividad, a tendernos la mano porque más allá de las diferencias, son mucho más las similitudes porque somos imagen y semejanza de Dios.

Que María Inmaculada, la Purísima, la bienaventurada, nos acompañe en esta jornada, oasis de paz, remanso para retomar las fuerzas para seguir adelante, con la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá con la alegría del evangelio y la compañía de Jesús, José y María. Que así sea.

Catedral Basílica de Mérida, 6 de diciembre de 2017

Fotos Leo León