In memoriam Hermana Josefa Alberti

Por Cardenal Baltazar Porras Cardozo…

En mis tiempos de seminarista en el Interdiocesano de Caracas, visitábamos los colegios católicos para difundir la revista Vínculo en la que los estudiantes del Seminario nos estrenábamos como novatos escritores y diseñadores de publicaciones. En las páginas centrales se ofrecía en cada número tesis de bachillerato en diversas materias que era el atractivo para que los estudiantes adquirieran la revista. Uno de los colegios que me tocó visitar fue el de La Consolación de Las Palmas. Nos recibió una hermana de nombre Josefa que de una vez nos puso los puntos sobre las íes con respecto al comportamiento que debíamos observar con las muchachas. De piel dura y áspera pero de corazón dulce y afable, aprendí mucho de aquella noble mujer consagrada por entero, en alma y cuerpo, a la educación de la juventud. Siempre se ocupó de mis cosas, de mi ministerio y tuve muchas ocasiones de compartir con ella y con su comunidad sus atenciones y preocupaciones por el país, por los sacerdotes, por la formación integral de la juventud. Me llamó la atención el cariño con el que las antiguas alumnas la buscaban para miles de cosas, y en los últimos años, para acompañarla en su retiro forzado por sus muchos años y dolencias.

Su amor por Venezuela fue proverbial. Nacida en Peñaranda de Bracamonte el 15 de marzo de 1927, provincia de Salamanca, en las cercanías de las correrías de la gran Teresa de Ávila, recibió de sus padres recia formación humana y cristiana, al punto de que varias de sus hermanas de sangre tomaron el camino de la vida consagrada contemplativa en España. En dos ocasiones las visité en Madrid. Josefa estudió con las Teresianas pero su contacto con las Hermanas de la Consolación le abrió el camino de su vida religiosa. Con 21 años, comenzó el postulantado con ellas y el 8 de septiembre de 1950, siendo aún novicia, comenzó su trabajo entre nosotros, en el colegio de su querencia en Caracas. Hizo su profesión temporal en 1951 y emitió sus votos perpetuos el 8 de septiembre de 1954.

Se graduó de maestra normalista y más tarde de licenciada en psicología. La educación integral fue la pasión de su vida, y la mayor parte del tiempo hasta su muerte, acaecida el 6 de septiembre próximo pasado, lo ejerció en Caracas, con pasantías en Maracay y en Castellón en España, y desde finales del 2015 en la Casa de Hermanas Mayores en la Floresta. Fue directora de Colegio, Consejera provincial, superiora de la comunidad, y una fiel y sencilla seguidora de Santa María Rosa Molas, la fundadora de la Congregación.

Pude verla pocas horas antes de su muerte, y con lágrimas en los ojos en compañía de su querida Sor Esther, rezamos ante su cuerpo que se extinguía lentamente. A pesar de los muchos dolores de sus últimos años, jamás una queja, al contrario, una sonrisa y el ofrecimiento de sus padecimientos por la Iglesia y por la paz del país. Mujer de gran fe, de amor entrañable a la oración y la Virgen Santísima de la Consolación, gran rectitud en todos sus actos, y descuido de sí para estar siempre pendiente del bien de los demás. Mujer, cristiana y religiosa, ejemplo de generaciones. Que su testimonio no pase desapercibido, sino que su estela se multiplique a través de sus muchos alumnos, para que sintamos que la virtud florece cuando hay entrega y alegría en el Señor.

Sus cenizas serán colocadas en el panteón que tienen las Hermanas en La Floresta. Allí le rendiremos un homenaje de oración y admiración por haber tocado y palpado sus muchas virtudes que nos las prodigó a muchos, y a mí entre ellos, a borbotones. Descansa en paz, querida Madre Josefa y ahora desde el cielo, intercede por nosotros.

42.- 16-9-19 (3695)