La ciudad entre montañas cumple 460 años

Aquellos españoles que llegaron con bríos,capas y caballos, fueron valientes, temerarios, de ello no cabe la menor duda. Vinieron de muy lejos con los deseos ardientes de descubrir, conquistar, subyugar,poblar.Con tanta tenacidad, tanto valor para adentrarse en selvas, ríos turbulentos, escalar cordilleras, aguantar enfermedades, logrando alcanzar lo que se proponían. Y es así como después de mucho andar, el capitán de la Capa Roja,Juan Rodríguez Suárez un 9 de octubre de 1558consiguióllegar a lo que sería nuestra Mérida. Dicen que él se enamoró “de la tierra enclavada en una meseta ligeramente inclinada de norte a sur y limitada por tres ríos: el Mucujún al Norte, Albarregas al Oeste y Chama por el Este”. Y¿quién no iba a quedarse cautivado de esta región de ensueño, llena de verdor, de tierras fértiles, de flores multicolores y sobre todo de montañas, de las más altas y hermosas de Venezuela, las que tienen nieve, frío y neblinas?

Conocemos la historia, sabemos que por la intrepidez y desobediencia, casi pierde la vida; y de una forma terrible, porque fue condenado,al actuar sin autorización de la corona española para fundar poblaciones.“Su misión era solamente  la de  explorar la Sierra Nevada para buscar oro y someter a los indios en el camino, cuando así lo requiriesen las circunstancias”. Pero, el capitán, nacido en Mérida de Extremadura (España),con mucho orgullo dio el nombre de Santiago de Los Caballeros de Mérida, al lugar en el que hoy vivimos, que es mágico,con una historia interesante, heroica,  católica, literaria, científica, universitaria, romántica, apasionada, entrañable, inagotable.

La ciudad de Mérida,y sus alrededores,lugar de bellezas naturales que emocionan a propios y extraños, con sus contrastes de luces y sombras, de frío y sol, de lluvias y brisas. Mérida la que nos permite mirar cuando está nevando en la sierra y sentir ese frío placentero que baja de las montañas. La de las mañanas grises llenas de neblina, y noches cuajadas de luceros.

Pasaron los días, los meses, los años, los siglos. El reloj de la vida tocó sus campanadas, la aldea colonial se convirtió en ciudad, creció, se multiplicó y también se complicó. Callecitas estrechas, mucha gente, poco espacio para crecer, pero este 2018, la cumpleañera se enfrenta, tal vez, al momento más difícil para celebrar porque, muy a su pesar, está mostrando una cara nada limpia:no tiene agua para lavar sus espacios poco iluminados,  y no se encuentran los productos para hacerle su torta: harina de trigo, leche, huevos, dulces, confites. En fin, la joven de 460 años, también sufre  por la escasez.

Nuestra ciudad, necesita que en este aniversario todos sus pobladores hagan algo importante para que recobre su belleza. Que las autoridades se aboquen a las tareas de ornato y limpieza, que los ciudadanos colaboremos con conductas cívicas, urbanidad y buenas costumbres. Que nuestra insigne Universidad de Los Andes, toda ella, siga siendo faro de luz en las tinieblas, con sus puertas abiertas dándole la bienvenida a todo el que quiera aprender. Que nuestro clero, tan dignamente representado por el Cardenal Baltazar Porras, continúe guiando a nuestra feligresía por los senderos de la paz y del entendimiento. Qué ustedes, nosotros, los que nacieron aquí, los que vinieron y se quedaron atraídos por su encanto, podamos, a pesar de los obstáculos, cantarle todos unidos, en una sola voz, a nuestra Mérida,  un cumpleaños muy feliz.

Arinda Engelke. C.C.