La crónica menor: La Mérida profunda

Cardenal Baltazar Porras

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…

Venezuela es un país hecho de retazos. La unidad política de finales de la colonia y de la época republicana está todavía por consolidarse. La diversidad es una riqueza cuando se acepta que ella aumenta las posibilidades por la amalgama de lo que tenemos en común, dándole así a lo diferente la belleza del colorido del arcoíris, la complementariedad de lo diverso.

Hay regiones de nuestro país que, aunque formen parte de él, no las conocemos ni nos interesamos en ello. Un caso emblemático es la Orinoquia o Amazonía venezolana. Configura un tercio del territorio y los pocos que viven allí son objeto de marginación y explotación que no nos duele ni importa. Y en cada región, en mayor o menor grado, pasa lo mismo. En el caso del Estado Mérida los Pueblos del Sur representan un porcentaje importante de su territorio. Son pocos los que han transitado por sus caminos o conocen sus bellezas y potencialidades. Es el esfuerzo particular el que ha llevado el progreso de manos de la Iglesia y de personas emprendedoras. El Estado siempre ha llegado después, a recoger lo que no ha sembrado.

La producción agrícola de sus tierras va en crecimiento acelerado, y gracias a lo que allí se produce comemos en las ciudades de la región y del país. A pesar del estado de sus vías, de los centenares de kilómetros que esperan por el asfalto o el cemento; a pesar de lo cuesta arriba para conseguir los insumos necesarios, máxime desde la desaparición de Agro Isleña. A pesar de las peripecias para obtener el combustible. En lugar de abrir se han cerrado bombas y expendios. La falla crónica de la energía eléctrica es otra de las penurias permanentes. Hoy día, sin telefonía, internet y medios de calidad y eficientes, no se puede pretender que la gente se quede en los pueblos, sin saber de sus hijos o familiares que estudian o trabajan fuera; con noticias precarias tanto de lo que sucede como del conocimiento y estado para poder competir con propiedad en todos los órdenes.

Sin embargo, emociona comprobar el tesón y la fe sus gentes. Hemos recorrido en estos días los caminos que de Tovar, vía San Francisco conducen a Guaraque, Río Negro, El Moral, Mesa de Quintero y Capurí. Para regresar a la ciudad por El Molino y Estanques. En ocasión de la ordenación sacerdotal de hijos de aquellos pueblos, nos anima y se constituye en desafío, compartir la creatividad, la generosidad, la organización y cultura, la fe profunda y la esperanza que anida en el corazón de sus moradores. Son, sin duda, a pesar de las carencias que puedan tener, ejemplo vivo y palpable de lo posible y deseable. ¡Cuánto se echa de menos la descentralización, la única forma de que quienes están más cerca de su realidad y necesidades sentidas, trabajen sin tener que mendigar al centro lo que es un derecho, tan válido como el de los que vivimos en las ciudades y centros de poder.

Ojos que no ven, corazón que no siente, reza el adagio. Y es una verdad que requiere sea cacareada a todos los vientos, no sólo por los turistas, en su mayor parte extranjeros, que son los que mayoritariamente tienen el deseo y la voluntad de conocer la Venezuela, la Mérida profunda.

51.- 9-11-14 (3209)