Leocenis García habla claro: En mi propia defensa

En mi propia defensa, al crisol de la verdad, obligado por las circunstancias, a bien por los demás y a falta de acciones de los causahabientes de la justicia, recurro de nuevo a las verdades. Por la verdad ha muerto Cristo, así dice el Evangelio.

Es mi deber –y así lo demanda mi encarcelamiento– explicar por qué estoy aquí, a pesar de mi obstinado empeño en callar. La cuestión de fondo no reside en los delitos, falsos por demás, que mis acusadores me indican. Me veo en medio de una situación más compleja. Como el país sospecha, el pecado de este editor –para los amos de Venezuela, del poder económico y político– es que no pueden aceptar que un mulato venido del barrio El Silencio, al sur de Maracaibo, hijo de un buhonero y de una obrera, sea el dueño del Grupo 6to Poder. Los hechos son plena prueba de cómo abiertamente se ha procedido a perseguirme por mis orígenes, lo hacen para cuestionarme y dicen a grito herido “Leocenis es un don nadie”. Tienen un claro objetivo de mandar cárcel para quien viene de la pobreza, pues tienen una acomodaticia y errada visión sobre los pobres, que los pobres han de morir así. La cuestión no reside tanto –aun cuando cabe discutirlo– en sus sentimientos de envidia, el sentimiento más ruin del alma.

Urge ponderar mejor los efectos evidentes de tenerme tras las rejas. Con una impunidad deshonrosa y sus complicidades circunstanciales en el poder, los dueños de Seguros La Vitalicia, cuyo dinero tiene origen en comportamientos de dudosa tachadura, invierten su tiempo y dinero en intentar podrirme en prisión.

Vienen a mi mente, como ráfaga de luz, los gladiadores romanos luchando frente al emperador de Roma, quienes voz en cuello gritaban al poder: “Salve Cesar, los que mueren peleando en la arena te saludan”.

Los gendarmes de la justicia aplauden con su silencio. Tengo razones para pensar que ese silencio no es gratuito, sino ligado a la complicidad. En fin, esos son mis delitos: mis origines y mis ideas, y ambas vuelven a enfrentar a esos capitanes del micrófono, acostumbrados a urdir ideas vagas y relativas: “los negros han de morir esclavos”, como si Bolívar, a quien de cuando en cuando rinden honores, no hubiese abolido la esclavitud.

No odio a nadie, ni resiento de nadie, así cabe registrarlo, pero lo anterior no me hará callar, pues mi reflexión no es solo por mí, sino por mis humildes hermanos de todos los barrios de Venezuela, a quienes se les pone como ejemplo mi castigo, para desanimarlos al son de una cancioncita que entonan en actos oficiales del poder con “el vil egoísmo otra vez triunfó”.

Los amos del poder han jurado ante el señor presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, que no serían los que vienen de la pobreza los únicos receptores de la justicia, pero de facto eso no se ha cumplido ni es verdad. Mi caso es buen ejemplo, se me persigue por una razón: de dónde vengo y adónde voy. Como el José de La Biblia, a quien sus hermanos vendieron por envidia y Dios lo guardó.

Pero se les olvidan los que roban el erario público. Callan los amos del valle, y peor aún, callan los resentidos, callan los danzarines políticos, puestos como bufones para alegrar las tardes parlamentarias; todo un drama moral.

Por lo pronto, de cara a lo inmediato, el país decente, nuestro pueblo humilde, ha de saber que esto fue forjado por empresarios nacidos a la luz de la corrupción y reos del delito.

El Arcángel Miguel, comandante de las milicias del cielo, nos vengará en esta vida o en la futura.

Leocenis García
Sebin, 01 de abril de 2015