Maxi y mini

Por: Fernando Luis Egaña

La mini-campaña ha suscitado una maxi-esperanza, pero no en el oficialismo sino en el país opositor. Ahora falta el 14-A.

La lógica de la satrapía plantea que como Nicolás Maduro es mucho menos que Hugo Chávez, entonces tiene que haber mucho más ventajismo electoral. Y a pesar de ser esto tan ostensible, los venezolanos que quieren un futuro distinto al presente no se han dejado intimidar y por el contrario están dando una demostración de decidida voluntad.

En esta campaña tan restringida en cuanto a tiempo y desarrollo, el discurso del candidato Henrique Capriles ha sido más centrado, más firme, más articulado y más dispuesto a la contienda política. En suma, un discurso que representa una mejoría con respecto al de la larga campaña del 2011-2012. La experiencia acumulada, el correspondiente aprendizaje y una asesoría más asertiva, ayudan a explicar el avance.

Y aunque en la actual campaña, hasta ahora, hay ausencias notorias, como la de Pablo Pérez, y otros ex-gobernadores que no pasaron la prueba de los comicios decembrinos, la respuesta del electorado tricolor no se ha hecho esperar. Y está siendo más efusiva que en otros tiempos, lo que desde luego es un signo positivo en cualquier lucha comicial.

Por el contrario, en el campo oficialista la invocación constante que Maduro hace de Chávez, termina agudizando el contraste entre ambos, y ello, claro está, no favorece al candidato rojo. En el acto de los trabajadores de la cultura a favor de Maduro, por ejemplo, éste casi ni era mencionado porque la figura central seguía siendo Chávez. Y semejante situación no es precisamente auspiciosa para combatir la amenaza latente de la abstención chavista. Como  tampoco la es la percepción creciente de crisis agravada en todos los órdenes de la vida colectiva y particular.

Por ello, de aquí al domingo 14, el Estado “revolucionario” tratará de avasallar material y anímicamente, y sin duda aprovecharán los días 11, 12 y 13 de abril para continuar imponiendo su versión política del trágico abril de 2002, y para sacarle punta electoral hasta más no poder.

Y el aprovechamiento será doble, porque ya en esas fechas habrá culminado el lapso oficial de campaña, lo que en términos del partisano CNE significa que el comando de Capriles no puede hacer campaña, pero el Estado-comando de Maduro, sí.

Ahora bien, el análisis de la materia no se puede ni debe hacer sin colocar en primer lugar el contexto general en el que se desenvuelve la dimensión electoral bajo el régimen bolivarista. Un contexto que no es democrático, sino que aprovecha las formas democráticas para disfrazas su naturaleza y orientación despótica.

Esto hay que repetirlo, no sólo porque es verdadero sino porque si se subestima o ignora, se favorece el continuismo en perjuicio del cambio democrático. Trabajemos para que la maxi-esperanza de la mini-campaña se arraigue en la lucha por reconstruir a Venezuela y su democracia.

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