Mi manzana es colombiana

De los miles que a diario cruzan la frontera buscando medicinas, alimentos o trabajo, unos cuantos deben retornar con el encargo de destino. Hace 2 semanas un amigo urgió trasponer el Puente Internacional Simón Bolívar para comprar medicamentos que por razones obvias, no están en la repisa de nuestras farmacias. Luego de patear cuantas boticas careando precios, se detuvo ante un vendedor de dulcería de los que abundan en tierra vecina.

Amén de las frutas tropicales que ofrecía el mercante, su imaginación voló en deleite infantil cuando su padre llevaba una manzana para compartir en familia. Recordó que su niño, de apenas 8 meses de edad, jamás las ha visto y a su hija de 3 años no había podido regalarle una en varios meses. Resolvió comprarlas “para que, al menos mis hijos las conozcan porque en Venezuela sólo quedan las que están pintadas en los libros”.

Qué apenada es nuestra realidad y detalles que parecen banales, no lo son tanto. Las manzanas del norte huyeron hace años porque la importación las hizo prohibitivas pero las criollitas, a las que se refería Don Julio Garmendia en su célebre cuento, también se esfumaron del mercado y las nubes coloradas de su personaje Guachirongo las envolvieron en su celaje, privando a los niños venezolanos de saborearlas con encanto.

La manzanita era una exquisitez pero el papá o la mamá podían comprarla sin mayor apuro para complacer al chico de la casa. Era, por decirlo así, el obsequio tierno para premiar con amor a los hijos. Hasta de eso nos han privado y ya no se ven en las rinconeras de la bodega o en los estantes de la frutería porque ya van engrosando la lista de lo imposible, de lo quimérico. La carestía y la escasez las alejaron de nuestro ameno entorno de alegrías.

A mediano plazo habrá que referirle a un niño, a semejanza del coco de nuestra infancia, cómo eran las manzanas con que nos gratificaban en vacaciones, al retorno de clases o al regreso del mercado porque de tan remoto para ellos, quizá se les convierta en cuento de nunca acabar en su país donde todo cambió; hasta la llegada feliz de la manzanita a casa. A modo de explicación, los padres atinarán a decir: “es que Venezuela es otra!”.       

Por: Ramón Sosa Pérez…