Pido la palabra: A cincuenta de un sol de febrero

Por: Antonio José Monagas…

Cuando se educan los sentimientos, se hace fácil comprender que el tiempo es la fuente del alma.

Comprender el paso del tiempo, es una forma de examinar cómo se sucede la vida desde la perspectiva de las causalidades que le imprimen color y calor a cada suceso. Es así que mirar hacia atrás en el tiempo, no resulta tan aprehensivo como suponer la trascendencia oteando posibilidades de cara al futuro. Aún así, es toda una complicación compenetrarse con el discurrir de la vida que casi siempre termina encerrando cualquier apuesta entre los límites que establece abrirse o cerrarse a la vida.

Sin embargo, hay quienes se atreven a aventurar miradas sobre el amplio mar donde se navega impulsado por las recordaciones. Incluso, por la imaginaciones. Cualquier intención de hacerlo, tiene su propio valor e infranqueable aplicación. Cualquier camino recorrido en aras del tiempo, equivale a cruzar un espacio solamente medido por el corazón.

Si se entiende el ejercicio de contemplar lo que hace cincuenta años, un entusiasta grupo de muchachos vivió, un día de particular expectación como fue el doce de febrero del año 1968, es porque tan hermosa gimnasia puso al descubierto el valor de la vida. Y es lo que en verdad, siempre se busca y se alcanza cuando se educan los sentimientos y se afianzan los valores para entonces comprender que el tiempo es la fuente del alma.

En pocos minutos es posible imaginar toda una vida. Pero revisarla en retrospectiva, es diferente. No sólo porque imbricarse con el pasado obliga a vivirlo con la pasión que con igual o mayor apego a los hechos recordados, puede despertar. También, porque representa el tiempo que cada quien puede visualizar con los ojos que mejor disponga para contagiar emociones con el sabor que los recuerdos saben lograr.

El doce de febrero de 1968, adolescentes-estudiantes de educación secundaria, se alinearon  de a tres en fondo, embebidos por la emoción y disciplina que motivó en ellos las orientaciones de un pedagogo. De un maestro que más que docente de Biología, se empeño en vivir la paternidad como su más manifiesta virtud. De esa manera, su influencia en ellos se hizo notable. Se transformó en la condición mediante la cual logró no sólo que amaran la música. Sino que se aferraran a una vida de oportunidades y de estudio, cual gaviota al viento.

El profesor Eduardo Postigo Pérez, logró amoldar aquel grupo de desordenados muchachos en un equipo de alto desempeño. Fueron tales los resultados, que luego de cincuenta años de aquel inolvidable momento convertido en desfile al ritmo de tambores, bombos y cornetas, hizo que el sonido de la marcialidad irrumpiendo las calles en nombre de la Banda de Guerra de un liceo creado el amparo de una universidad hace 101 años, se grabara en la memoria de la ciudad. Fue esa, la Universidad de Los Andes.

Esos primeros años le brindaron a esa muchachada el texto que a modo de lección, sirvió para modelar y proyectar vidas profesionales que brindaron al país frutos de una excelente cosecha. Es decir, actitudes y aptitudes que reflejaron el carácter del profesor Postigo quien como padre espiritual, inculcó sueños que el devenir volvió realidades.

La evocación del desfile de aquella mañana del 12 de febrero de 1968, siempre configurará en esa hermosa muchachada las líneas capitales a partir de las cuales descubrió un nivel que permitió empinarse. Desde una nueva altura, comprendió que el tiempo por venir sería un ahora en expansión. Un ahora dimensionado logarítmicamente. Su comprensión, sentó las bases para emular el ejemplo de constancia, honestidad y dignidad procedente de la manos, corazón y pensamientos del maestro y profesor Eduardo Postigo Pérez.

No obstante, todos los cambios posibles y necesarios propios de cincuenta años, determinaron que la vida adquiriera naturalmente otro matiz. Aunque siempre, pintado con los colores que sólo la vida le provee al trazado que cada quien logra pintar sobre el papel del tiempo. Tanto así, que vale exaltar el referido recuerdo y potenciarlo cual fortaleza espiritual. Todo ello, a cincuenta de un sol de febrero.

“La belleza de la vida sólo se aprecia desde el alma. No hay que tener más o menos edad para disfrutar las emociones que la vida sabe regalar a quien la concibe sin mezquindades. He ahí dónde reposa la juventud”

AJMonagas