Pido la palabra: Despojos de un país petrolero

Por: Antonio José Monagas…

De un Estado que prodigaba un cierto bienestar, se pasó a otro enfundado bajo condiciones que no respondieron a las complejidades que un proyecto democrático debería contener.

Cualquiera de los planes de la nación cuyos contenidos han versado sobre los lineamientos de desarrollo económico y social que, a instancia de las coyunturas, se proyectaron para sortear las dificultades que han trabado el discurrir propio de un país próspero en recursos y capacidades, no ha podido lograr sus objetivos. Por lo contrario, la estructura social y económica del país reveló ser resultante de un cuestionado proceso histórico de acumulaciones de problemas y distorsiones de complicaciones que devino en serios inconvenientes de naturaleza política, tanto como económica y social.

Las posibilidades de progreso nacional comenzaron a mermarse en virtud del carácter licencioso como vino manejándose desde el poder político. Al menos es lo que ha acontecido desde que criterios desesperados de orientación política pronunciados por personeros del alto gobierno, torcieron el rumbo planteado como fórmula para enrumbar la modernización de la democracia declarada a inicios de los años sesenta.

Tan contrariada situación, no sólo encendió la chispa que motivó trazas de una crisis de Estado la cual implicó una crisis de del tipo de acumulación que dio ínfulas a la economía para seguir como parte de su dinámica. Pero al mismo tiempo, se dio una crisis del tipo de dominación que se impuso a consecuencia de la concentración de la riqueza, del poder y de las oportunidades en manos de quienes devengaban elevados cargos de gobierno.

Estas realidades, acusaron una sociedad basada en un consumo indisciplinado, y muchas veces groseramente discrecional, de la renta petrolera. De esa manera, el modelo político pretendido consiguió en el populismo el modo más expedito para confundir la población. Así fue posible infundir tensiones en el plano político y social capaces de provocar los desarreglos necesarios mediante los cuales el alto gobierno justificó decisiones que encubrían engaños y malversaciones. Todo, sin medir con exactitud política y económica las consecuencias que tales problemas engendraban.

Fue ese el modo que asintió la consolidación de actitudes que determinaron el espejismo de una riqueza fácil cuya fuente de inspiración era la equivocada concepción de un Estado petrolero. De un Estado que prodigaba un cierto bienestar, pero enfundado bajo condiciones que no respondieron a las complejidades que el proyecto democrático intentaba elevar por encima de las necesidades que clamaba la sociedad venezolana. Y el ideario que sostenía dicho proyecto democrático, fue tan manido por intereses no del todo confesados y declarados, que sus propósitos de replantear una Venezuela modernizada y económicamente fortalecida, se vieron anegados por la acción de crudas y exigentes realidades. Realidades éstas para las cuales los gobiernos de entonces no supieron ordenar, dado las apetencias que caracterizaban sus apuestas políticas.

A todo esto, se sumó una grave crisis de identidad y de ciudadanía que derivó en profundos problemas de gobernabilidad. En medio de tan embarazoso escenario, el modelo de desarrollo que venía proponiéndose desde los distintos planes de la nación se agotó. Por supuesto, sin que se posibilitara cualquier forme de menguar la velocidad de extenuación a la que se sometía.

Estos visos de crisis, consiguieron en el espacio exacto el tiempo necesario para profundizar sus secuelas. La improvisación hizo de las suyas. El país recibió el siglo XXI, bajo una lluvia de conjuros que no llegaron a ningún lado. Y si alguno alcanzó su lugar en tan patética carrera, fue para llegar a la meta que definió la grave situación de caída de la producción y desequilibrio del sector externo de la economía.

Las reservas internacionales comenzaron a menguarse como resultado de la falta de dinamismo de las exportaciones petroleras y las restricciones de importaciones, lo cual quiso remediarse con medidas tan fuera de sentido de libertad económica como fue el control de cambio. O de medidas fiscales, y monetarias que pusieron al descubierto las tremendas desigualdades que padece la población en la asignación de la riqueza social. Asimismo, salieron a flote las limitadas capacidades de un sistema político para afrontar los dilemas de decisiones trazadas por sectores representativos de la sociedad.

La industria petrolera venezolana, representada por PDVSA, atenida a las indisposiciones que en los últimos años el alto gobierno determinó como forma de control de la economía, entró en una fase de moribunda condición. Además, agravada por las dificultades que marca la historia política nacional en cuanto al hecho de considerar la cultura de facilismo que tiene años afectando al venezolano. A tal punto ha llegado el dispendioso manejo de dicha industria, que su esquema productivo, equivalente a la producción de 1947, afectó al mercado petrolero nacional e internacional. Y si acaso esta acusación tiene el peso económico que significa para el país político, entonces cómo no entender que la sociedad venezolana está próxima a vivir entre los despojos de un país petrolero.

“En todo momento de crisis, suele ser más importante la creatividad del individuo que la misma suerte u oportunidad que cualquier oferta económica brindada. Más, cuando esa creatividad se halla entroncada al sentimiento de pertenencia e identidad que traza quien en su intelecto maneja la capacidad de aportar las ideas más necesarias y pertinentes posibles”

AJMonagas