Pido la palabra: Llegó el tiempo de la ciudadanía

Por: Antonio José Monagas…

Cuando la ciudadanía se comprende holística, íntegra e integralmente, se habrá llegado al punto del cual parte el recorrido que conduce al estrado que define el llamado “Estado de Derecho y de Justicia”

Muchas veces, las realidades tienden a confundir al hombre en su visual de vida. No sólo por las complicaciones que a su alrededor se desencadenan. También, por la precariedad emocional que subsume cuando se abstrae de las mismas. Sobre todo, cuando por esta razón se distancia de condiciones que fundamentan valores como la identidad, la pertinencia y la pertenencia. Es, precisamente, cuando se suscitan problemas relacionados con situaciones que provocan un ruptura entre lo que se dice y lo que se hace. O entre lo que se piensa y lo que se dice. Ello, pudiera ser consecuencia de cierta incongruencia entre lo que puede pensarse y lo que quiere hacerse. O quizás, un problema de actuación consciente. O de comprensión del entorno. O de concentración o de decisiones. Actuaciones éstas capaces de derivar en frustraciones o contradicciones manifiestas.

O tal vez la causa de tan serio problema, obedezca a consideraciones de otra índole. Aunque cabe que buena parte de dichas dificultades y que además terminan animando algún conflicto, sea provocado por la “enantiosemia”. Esto da cuenta de palabras que pueden significar una cosa y la contraria. Es decir, de distinta acepción. O que ostentan un tipo de polisemia en la que una palabra tiene dos sentidos opuestos. Por ejemplo, palabras como “sancionar” pues significa aprobar tanto como castigar. O “pedir disculpas” por cuanto expresa pedir que alguien se disculpe, al igual que disculparse uno mismo al ofrecerlas.

Sin embargo, así como existen palabras que tienen un poder extraordinario, capaces de infundir miedo, incluso antes de ser pronunciadas, igualmente hay situaciones que inducen un temor terrible al imaginarlas siendo vividas. El caso es que ante realidades que asoman dudas, resulta difícil hallar un equilibrio aceptable entre necesidades que lucen inminentes, y las que provienen de alguna apreciación o valoración del entorno. 

Y es, justamente, el problema que detenta el ejercicio de la política cuando las realidades no exhiben plenamente sus características. Y así sucede, porque no termina de entenderse que todo ello es producto de lo que la incertidumbre induce y determina. Esto lleva a dar cuenta que quien actúa apegado al proceder político, se hace muy sensible a las críticas. Y es lo que dificulta reconocer al otro. Y que hace que no siempre sea posible, adelantarse al movimiento del otro.

Precisamente, es el problema que se plantea al momento de encarar la ciudadanía. Pero no la ciudadanía vista como una singularidad, un convencionalismo o una entelequia retórica. Sí, entendida como la manifestación de actitudes dirigidas a afianzar el ámbito de relaciones necesarias con el fin de establecer condiciones capaces de asegurar la unidad sobre la cual se deparan los valores políticos y morales a partir de los cuales se cimienta el desarrollo social, económico y político. Pero sobre todo, humano.

Cuando la ciudadanía se comprende de esta manera, holística, íntegra e integralmente, las contrariedades asentidas a consecuencia de diatribas impulsadas por el ejercicio político de asuntos que comprometen la dirección de una sociedad, tanto como por el embrollo que se establece de la conjugación entre ironías y paradojas, vinculación ésta que actúa como cómplice de toda crisis que desestabilice toda una estructura de gobierno, se habrá llegado al punto del cual parte el recorrido que conduce al estrado que da lugar a lo que define el llamado “Estado de Derecho y de Justicia”. Es decir, un Estado democrático cuya concepción descansa sobre el denominado Estado de Bienestar. Un Estado que al mismo tiempo garantice libertades y derechos pero dentro de una sociedad de bienestar. Mejo dicho, dentro de lo que puede concebirse como “Estado de Ciudadanía”.

Allanar esta ruta, es condición sine qua non para apostar a la solución o reducción de problemas que proceden de procesos epilépticos basados o derivados de lo que constituye un Estado de Necesidad. O lo que es igual a señalarlo como condición ipso factoque puede motivar a una sociedad a transitar hacia sendas, cuyas paradas se caracterizan por situaciones configuradas en torno a valores que exhorten el respeto, el trabajo y la solidaridad. De ahí que todos los actores deben adentrarse en el manejo de cuadros conceptuales y prácticos que hagan entender que concluyó el tiempo para apostar a impertinencias y argumentaciones políticas extemporáneas. Más, luego de reconocer que se alcanzó el valor de máxima resistencia. Y es porque en medio de todo lo afirmado, llegó el tiempo de la Ciudadanía.

“Reconocer que “llegó el tiempo de la ciudadanía”, es un tanto admitir que los tiempos presentes deben trascender por los procesos sociales y políticos que demandan y comprenden la construcción de ciudadanía como instancia y estamento de fundamental consideración”

AJMonagas