Pido la Palabra: Mi Gran Capitán de Libertades

Por Antonio José Monagas…

Nadie merece morir sacrificado al pie de un insolente patíbulo manejado por nauseabundos administradores de una desvergonzada injusticia. 

Casi siempre el entrenamiento de un marino, brinda la lección expedita de la que luego puede valerse el navegante para superar los escollos propios de cada circunstancia sucedida en alta mar. Algunas enseñanzas, exponen tantos parajes inaccesibles, como impensables pueden ser. Eso lleva a que por difícil que sea el transcurso o espinoso el recorrido en alta mar, cada periplo representa una suerte de vida frente ante la cual es posible que ni el conocimiento supere el arrojo necesario para salvar los obstáculos que esgrime la travesía.

Por eso el pensamiento de un hombre de mar, equivale a un rompeolas cuya construcción sigue al hecho de cimentar un malecón capaz de contener el azaroso paso del tiempo. Pero se trata de ese tiempo que mejor termina respondiendo a la conciencia cuando se apega a valores concebidos en la moralidad, la justicia y la ética. Valores éstos que dan cuenta del espesor de una nación cuya estructura política resiste el embate del odio y la violencia que libera la actitud maldiciente de hombres de barro. Además, incapaces de erguirse sobre sus pies, pues la carga de sus resentimientos descompone muy a prisa la flácida estructura de sus cuerpos. O sea, su endeble humanidad.

Es ahí cuando saltan las contrariedades como luces de bengala ante una impoluta sabana en tiempo de verano. Contrariedades que al rozar los límites de los derechos y las libertades que sirven al ser humano para movilizar sus ideas y plantar sus actitudes, colisionan con el sentido de la vida. Pero también chocan con los sentimientos sobre los cuales se depara el sentido de la democracia. O que casi pudiera asimilarse con el efecto de lo que resguarda el concepto de “política”.

Por eso es absurdo admitir la pérdida de cualquier individuo que por mérito propio, haya ganado el derecho natural a vivir al solícito amparo del cielo grande e infinito. Es igualmente irrazonable o peor aún, insensato, aceptar que el hecho cruel de provocar la muerte de un ser humano, pueda justificar el advenimiento de una causa ideológica. Mucho menos, si la misma beneficie solamente a un ínfimo grupo de personas envalentonadas y convencidas que su proyecto de vida política está por encima de otro.

Así que no hay razón o criterio lógico, para determinar el final de los días de quien manifiesta una opinión distinta de la que se arroga quien detenta el poder de turno. Nadie merece morir sacrificado en el oscuro escenario ocupado por un insolente patíbulo manipulado por nauseabundos administradores de una desvergonzada injusticia. 

Todo el país democrático, ha llorado la impúdica ejecución del Capitán de Corbeta, Rafael Acosta Arévalo. Su infausta partida, fue provocada sin que la humanidad permitiese que la naturalidad de su condición de marino lo determinara. Y así encauzara tan originario proceso. Tan sublime evento.

El mar no fue el entorno natural ante el cual debió rendir su último saludo militar. Tampoco, fue la corbeta como en efecto fue su embarcación de guerra. Seguramente, alguno de sus cañones, notó claramente  la ausencia de su capitán. Por tanto, los mástiles de popa y proa, asomaron sus banderas para así rendir el justo homenaje a quien desde el puesto de comando, supo ordenar el pulsar de los cañonazos. Pero si algo es seguro, es que los estruendosos cañonazos de la corbeta seguirán retumbando a la distancia. Tal cual, como eco del clamor de libertades que el mismo mar, en furia, grita.

Capitán Acosta, ahora su corbeta, ha emprendido nuevos derroteros. Su ruta será otra. Aunque, mantendrá la velocidad que usted estableció a sus motores. Sólo que el sonar de su barco -cada mañana- dejará escapar una nota de melancolía por su ausencia. Silbará a media máquina. Pero a sabiendas de lo impredecible, sus marineros ya comenzaron a enviar un mensaje de socorro mediante banderas y por clave Morse.

El llamado de justicia llegará a tiempo. Para entonces, el viento favorecerá el desplazamiento del buque. Pero siempre, en un mar de azules tristezas. Razón ésta por la que la solidaridad será razón para enarbolar la dignidad entre una formación de marineros a su mando. Es su triunfo de vida, y eterno legado, Rafael Acosta Arévalo, mi Gran Capitán de Libertades. Q.E.P.D.

“Ni siquiera la muerte es capaz de ignorar la gallardía de hombres cuya valentía ha tronchado las cadenas de la opresión y contención de toda conciencia que motiva y encauza libertades”

AJMonagas