Razones y pasiones: El odio como coartada

Por: Eleazar Ontiveros Paolini…

Antes hablamos de lo que llamamos “La inquisición revolucionaria”, representada por la írrita Asamblea Nacional Constituyente, impuesta contra viento y marea, y dedicada a hablar y hablar hasta la saciedad contra sus supuestos enemigos, sin siquiera haber empezado a revisar y modificar la Constitución; su razón de ser. Para completar, definen nuevas leyes, las cuales, como es lo procedente, deberían derivar de principios Constitucionales y no lo contrario, es decir, que su especificad oriente el principio Constitucional que la determina.

Así, han puesto en la palestra la llamada “Ley Constitucional Contra el Odio, la Intolerancia y la Violencia” con la cual se pretende profundizar la actividad inquisidora, apelando a un algo abstracto como el odio para encarcelar, inhabilitar o despojar a titulares de cargos de elección popular. Solo mentes que rebuscan hasta en los estercoleros para contrarrestar el tsunami que se les vienen encima, se atreven contra la más mínima racionalidad, a tratar de legislar sobre un sentimiento. Un sentimiento es una emoción que al conceptualizarse, determina cierto estado de ánimo. Desde este punto de vista el odio es simple y llamante un sentimiento. Si es así ¿Cómo puede un juez determinar si fue el odio y no otra razón la que indujo a una determinada reacción? Además se puede odiar sin herir ni molestar al objeto del odio, cuando este se mantiene solo mentalmente. Lo que sí es juzgable, son las reacciones resultantes del odio que se producen en contra de algo o de alguien, perjudicándolo, para lo cual ya hay legislación suficiente. Se quiere dar a entender que pueden producirse perjuicios y malestar a otros, incluyendo el asesinato, sin que sean resultado del odio. Tomemos como ejemplo un pasaje de la Orestíada de Esquilo, que en la primera parte de la triada de la obra, Agamenón, nos cuenta como éste mató a su hija Ifigenia, para hacer propicia la expedición a Troya. Agamenón no odiaba a su hija; el móvil no fue el odio. ¿Cómo se puede diferenciar quienes de los que participan en una protesta lo hacen por odio o solo por reclamar a sus derechos? A todo se suma la disposición de que el derecho penal es aplicado individualmente y no a grupos ¿Entonces? ¿Cómo determina el gobierno quien actúa por odio en contra suya si muchos se limitan solo a hacerlo mentalmente, pudiendo o no exteriorizarlo ?

Lo mismo sucede con la intolerancia, considera como el hecho de no soportar opiniones diferentes. Es decir, que aquí entre en juego el respeto o no al libre albedrio. ¿Quién me puede prohibir que no tolere al gobierno y que esa intolerancia me lleve a criticarlo por diferentes medios? ¿No lo hacemos en esta columna? ¿No será que puede resultar fácil tildar a alguien de intolerante sin ninguna objetivación que demuestre algún hecho delictual? ¿No es posible que haciendo énfasis en su mea culpa van a dejar de lado su historial de brutal intolerancia durante 17 años, que ha llevado al Gobierno a cometer todo tipo de desmanes ¿Quieren cumplir con el propósito de la enmienda implicando sin bases a otros?

En cuanto a la violencia, limitémonos a considerar si también quieren, castigando a otros, solventar sus despreciables acciones violentas: detenciones injustas, torturas, conminaciones psicológicas, miseria, hambre, tergiversación de la ley, juicios prefabricados, robo de los dineros públicos, obligar por comida a incondicionalidades, desconocimiento de organismos electos democráticamente, trampas electorales, etc.

Lo anterior, en resumen, son aspectos concentrados en una ley que sólo pretende tenerse en blanco y negro un basamento para neutralizar medios de comunicación, censurar a diestra y siniestra y neutralizar con agresiones y cárcel a los que se oponen a los designios del Gobierno, amparándose en suposiciones. Es una ley muy parecida a las que el padre del fascino, Mussolini, dictó para someter al pueblo italiano.