Razones y pasiones: Un aspecto más del debacle

Por: Eleazar Ontiveros Paolini...

Con anterioridad hemos analizado los problemas generales del país desde esa dimensión. Pero, y esto ha sucedido en las últimas entregas, nos hemos detenido en problemas específicos que de una manera u otra pueden pasar desapercibidos para muchos, en especial por los que no los sufren directamente. Sobre el particular nos hemos referido al impacto familiar de la migración, a la desintegración de la familia por efecto de las limitaciones e imposibilidades económicas, al problema de poder cuidar apropiadamente en la casa a familiares, generalmente ancianos, con problemas tales como el Alzheimer,  disociación mental, cáncer, etc., dada la carga emotiva y económica que ello representa.

Para nuestra consideración de hoy, es procedente recordar que el hogar, es decir, el domicilio habitual de un grupo familiar en el que se desarrolla la vida privada y se consolidan permanentemente las relaciones familiares, cuando se posee por esfuerzo del trabajo, de la dedicación, del ahorro y de los deseos de estabilidad, es el ámbito social ideal, el escenario en donde se aprenden los valores fundamentales, los principios adecuados  del vivir y el convivir. En cada hogar se expande la familia  y se sustenta la afectividad en su máxima expresión. Eso es tan importante que se considera a la familia como en núcleo fundamental de la sociedad, es decir, que en ella se sostiene el quehacer colectivo.

Pues bien, ese domicilio habitual al cual llamados hogar, en un alto porcentaje está  representado por las casa que se han construido con la mayor de las ilusiones, pero dadas las circunstancias actuales y en especial el problema de “irse” a otros países de los hijos y la imposibilidad del mantenimiento adecuado,  han hecho que con el mayor dolor, pues es parte indisoluble de la existencia y de las más significativas vivencias, los matrimonios hayan optado por venderlas o estén pensando en hacerlo para comprar, dicen, un pequeño apartamento y tener algún dinero para enfrentar las necesidades básicas por un tiempo indeterminado. Para muchos esto parecerá simple, pero no lo es. Resulta conmovedor conversar con personan, amigos y familiares, que concertaron la venta, llorar al acercarse el momento de oficializarla. No terminan por resignarse al ver como escapa de sus manos lo construido con la mayor ilusión y en donde vivieron con sus hijos los inigualables momentos de la infancia y de la juventud, para residir en espacios diametralmente diferentes y que hacen que  su hogar,  su espacio de toda una vida, se haya tenido que sustituir, no por su culpa, sino por el debacle de nuestra sociedad, por paredes, cuartos, salas y cocinas que les resultan completamente frías e inexpresivas. Aunque se haya tratado de una venta, pero obligada, se puede decir  que no dejan sus hogares, sino que se los quitan.