Sin aviso y sin posibilidades de protestar

No nos cansaremos de denunciar, es nuestro deber, el azote que padecemos cotidianamente por la falta de electricidad y los constantes apagones y cambios de voltaje que se suceden todos los días, a cada momento y en cualquier lugar, sin aviso, y menos sin la posibilidad de protestar . Estamos obstinados, cansado, extenuados de soportar una vida que depende de las horas de electricidad que a duras penas recibimos, porque como lo hemos dicho, cualquier actividad que estemos realizando queda en pausa, hasta que vuelva el fluido eléctrico, pero mientras tanto, la transferencia que intentábamos hacer , se perdió, el trabajo reporteril que redactábamos se borró, la comida que preparábamos se quedó sin cocinar, los aparatos eléctricos sufrieron ,los estudiantes no pudieron terminar sus deberes,  las calles, si es de noche, se pusieron aún más tenebrosas  , en fin es una violación constante a los derechos humanos, al derecho que todo ciudadano tiene de vivir dignamente y sin sobresaltos. En este país ya no se respeta la integridad de sus habitantes: estar sometidos a sobrevivir, y además en tinieblas es el colmo de la infamia.

Un régimen intolerante, empeñado en hacer funcionar unos  motores que nunca, jamás, arrancaron. Es una realidad cruel y desesperante. “Entre el primer trimestre de 2019 y el primer trimestre 2018 la economía cayó 39.9% debido a los apagones y la declinación de la producción petrolera”. Todos los sectores productivos: comercio, industria, agro-alimentario, manufacturero, turístico entre otros, están intentando con mucha valentía y amor por Venezuela,  mantenerse a flote, pero la tendencia es hacia el naufragio porque el mar de leva producido por los desaciertos de los actores políticos, amenaza con hundir definitivamente cualquier vestigio de empresa o negocio e incluso, la estabilidad de las familias que no saben a qué atenerse. Para constatar lo antes dicho, basta caminar por el centro de Mérida. Las puertas cerradas y la soledad en cualquier lugar, son elocuentes.

Algo muy grave comienza a ocurrir y es que pareciera que nos estamos acostumbrados al caos y al colapso. Ya casi nadie protesta. Una  especie de peligrosa resignación amenaza el espíritu del otrora “bravo pueblo” que está aguantando el yugo  y no lo ha lanzado otra vez. Mansamente toleramos las colas de la gasolina, los constantes apagones, la falta de servicios públicos, el alto costo de las medicinas, la espantosa realidad de nuestros centros asistenciales, las fallas gravísimas en la dotación, de por ejemplo, el cuerpo de bomberos, que por decir lo menos, no cuentani siquiera con vehículos en buenas condiciones para acudir a los llamados de auxilio, por solo referirnos a algunas de las   complicaciones con los que nos tropezamos diariamente. Un gobierno que no atiende y honra a los hombres y mujeres que exponen su vida para ayudar a sus compatriotas, debe revisarse porque está actuando muy mal.

Una gran parte de la población se está resignando a esperar una bolsa de CLAP, que llega muy de vez en cuando a sus comunidades. Es una forma de rendición, porque el hambre duele y la gente necesita mitigarla de la forma que sea, aun cuando para esto deba doblegarse, porque no tiene otra alternativa: la hiperinflación incontrolada hace que  los precios de los productos de primera necesidad sobrepasan cualquier presupuesto de una familia trabajadora y sin otros ingresos que los bajísimos sueldos que perciben la mayoría de los venezolanos.

Últimamente el régimen ha acentuado la represión sobre cualquier tipo de protesta con gran contundencia y sin escatimar en el gasto de perdigones que impactan dolorosamente sobre la humanidad de quienes elevan su voz clamando: gas, gasolina, comida, servicios públicos, medicinas,salud, educación  paz y democracia. No se puede tapar el sol con un dedo, y el informe de la Alta Comisionada de los Derechos Humanos. Michelle Bachelet,  comprobó, alertó y ratificó la terrible situación en la cual estamos sumidos. No es justo para ningún ciudadanos sea de la edad que sea, pertenezca a la tolda política, religión, raza o condición social el estar sometido a la tortura de ver cómo el país se desmorona sin que se vislumbre una salida honrosa a esté cúmulo de problemas que nos agobian. Aquí nos cortan la vida, el bienestar y los sueños, sin aviso y sin posibilidades de protesta.

Redacción C.C.