Un fiaito, señor

Tantas cosas han cambiado en Venezuela que apenas nos reconocemos. Cuando hasta hace poco abundaban las bodeguitas en barrios y urbanizaciones, era frecuente internalizar con sus dueños y así vincular una relación social para comprar un producto, dejarlo en apartado o, en casos muy particulares, probarlo “al fiado”; esto era pedirlo, recibirlo y pagarlo, bien al término de quincena o cuando los reales nos lo permitieran. 

Eso se acabó finalmente porque la “nueva Venezuela” nos lo impuso así. Nadie ahora sabe de qué se trata y si la pregunta se dirige a un joven menor de 20 años de edad, la respuesta es un gesto de admiración porque desconoce la popular usanza de aquellos años. Fiar implicaba confidencia del bodeguero y confianza en el deudor, que derivaba en la paga oportuna con el agregado de una declaración implícita de garantía y afecto.

Nadie fía a nadie y nadie se fía de nadie. Dígame Ud si se trata de un político, la palabra fiar es totalmente incompatible a su proceder. Ya hemos aprendido a no fiarnos de ellos. Volvamos al cuento del bodeguero y es que la experiencia cotidiana nos muestra la ingenuidad de una señora que llega al mercado y a falta del completo para pagar el importe del queso, le ruega al ventero: “me lo puede fiar hasta mañana”?.

Todos ríen y no es para menos. Unos porque desconocen ya su uso mientras que otros, en añoranza y olvido, ya la sienten ajena y distante. Fiar, que antes fue palabra de habitual trato en la relación comercial de la ama de casa o del esposo que acudía a mercar y no se paraba en mientes si el dinero no estaba completo. Igual, el bodeguero aguardaba por la paga completa, justo en el tiempo convenido entre ambos.

Fiar era, en la Venezuela que se marchó, símbolo de identidad, cercanía, confianza y respeto. Los niños acudían a la bodega por el fiado y regresaba con la bolsa llena y el mandado completo. Cuando la mesada llegaba al fin de quincena o mes, primero se pagaba al señor de la bodega y luego se atendía el resto de obligaciones económicas. Hoy añoramos el curioso cartelito en la bodega de la esquina: “Hoy no Fío, mañana sí”.   

Por: Ramón Sosa Pérez