La crónica menor: Alienta la vida

Cardenal Baltazar Porras

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo…

Estamos en cuaresma y en el año de la misericordia. San Francisco de Asís nos invita a repetir “donde haya desesperación que yo lleve esperanza”. La Campaña Compartir es un instrumento de la Iglesia para reflexionar sobre tópicos de interés de la sociedad venezolana, la misma responde a lo que la Iglesia nos pide: volver a Dios es volver al prójimo. Es imperativo que contrarrestemos la cultura de la indiferencia con una cultura del encuentro, donde la vida recobre su lugar, destacando aquellos valores y referentes positivos que nos unifican como pueblo.

Somos los cuidadores de nuestros hermanos donde quiera que se encuentren. Amar a nuestro prójimo tiene dimensiones globales y requiere que venzamos la indiferencia, conquistemos la paz y promovamos el encuentro; se requiere, por tanto, de una actitud fundamental: la misericordia. Según el Papa Francisco es la misericordia la que puede conducir hacia una cultura de solidaridad, diálogo y cooperación, que atienda el clamor de los más pobres. Debemos derrotar la globalización de la indiferencia con un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Una segunda exigencia de este tiempo cuaresmal es sentir con los demás y experimentar las emociones de los otros como si fuesen propias. Requiere de nosotros la empatía, para permitirnos que las emociones de los demás resuenen en nuestro interior como propias. La empatía se expresa como acompañamiento, solidaridad, acogida, esperanza y alegría. Ayuda a emprender un camino juntos, venciendo la indiferencia y superando las diferencias. Cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía (Isaías 58, 7-10), así, cicatrizarán todas tus heridas, afirma el profeta.

Para ello, la Campaña Compartir nos invita a formar nuestras conciencias: abrir los ojos, sensibilizarnos y sensibilizar a otros frente a los diversos rostros de la violencia y la exclusión. Hace falta el deseo ardiente de abrazar el bien y la verdad. En segundo lugar, comprometiéndonos: como pueblo afrontamos grandes retos que superan una simple ayuda material; motivarnos y motivar a un compromiso solidario que se exprese en gestos de presencia, promoción, organización y transformación social. Y por último, incidiendo. Los cambios no llegan solos, hay que hacer que las cosas pasen, debemos provocar los cambios que esperamos que sucedan a través de la participación en los asuntos públicos, ocupándonos de las realidades temporales según Dios, como nos dice el Concilio Vaticano II. Nuestra tarea es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo para lograr un cambio de cultura, como nos decía San Juan Pablo II.

Debemos convertirnos en eco de la Palabra de Dios que resuene como palabra y gesto de perdón, soporte, ayuda y amor. Nunca nos cansemos de ofrecer misericordia y seamos siempre pacientes en el confortar y perdonar. La Iglesia, en este año jubilar, se haga voz de cada hombre y mujer, y repita con confianza y sin descanso: “acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos”.

8.- 15-2-16 (3290)