A quienes aspiran ser las nuevas autoridades de la ULA

Por: Rocío Márquez…

Este es un año electoral por partida doble para quienes hacemos vida en la Universidad de
Los Andes. Celebraremos, al menos así está previsto, elecciones presidenciales y elecciones
para escoger a las autoridades de nuestra casa de estudios.

Ya hemos visto la confirmación de diferentes candidaturas de cuyas aspiraciones ya
habíamos escuchado en los pasillos, o en reuniones; y otras que dábamos por hecho.
Aun no conocemos a plenitud las propuestas de los candidatos. Sin embargo, hemos notado que se repiten algunas promesas y expectativas, que, si bien nos pueden parecer
interesantes para fortalecer nuestro optimismo, también corren el riesgo de caer en la
demagogia, y nos obligan a ser escépticos.

Ciertamente, cuando escuchamos a quienes aspiran a ser los dirigentes de nuestra
Universidad, no queremos conformarnos con cualquier cosa. Anhelamos propuestas
interesantes, inspiradoras, que nos motiven a seguir apostando por nuestro futuro dentro de la vida universitaria. No obstante, sería un error centrarse solamente en el discurso
inspirador y poco realista; y correr el peligro de caer en las manos de la charlatanería, que
ya en el pasado, ha socavado la confianza en la política, en nuestras instituciones, en la
misma importancia de elegir.

Una elección en puertas debe llevarnos a una profunda reflexión: ¿Desde dónde debemos
pensar nuestra universidad? O, mejor, ¿Hacia dónde debe ir la Universidad?
Dicha reflexión no puede comenzar desde la oscuridad que nos provoca tapar nuestros ojos
para no ver una realidad que está allí, palpable. Que se puede observar cada vez que
pasamos frente a las paredes deterioradas de nuestra Universidad, que se puede oler cuando atravesamos sus baños, que podemos tocar cuando debemos quitar muchas veces el polvo de las mesas para poder usar una silla o una mesa durante la clase; o que podemos sentir cada vez que cobramos un salario que no alcanza para cubrir nuestras más mínimas necesidades.

Es cierto que hemos pasado años escuchando incansablemente que la Universidad está
viva. Una frase que en algunas ocasiones ha sido adoptada, más como un acicate para
seguir motivándonos a permanecer en la Universidad.

Pero esa frase, que se aplaude al cierre de cada acto protocolar, se ha quedado vacía ante la magnitud de la verdad. Porque decirnos continuamente que la Universidad está viva, nos ha llevado a cerrar los ojos ante la verdad inminente: la Universidad está agonizando, y cada vez corre más peligro de dejar de respirar. Somos los profesores, el personal administrativo y obrero, y los estudiantes, quienes estamos dando el poco oxígeno que le permite sobrevivir. Así que, haciendo honor a la verdad, la Universidad no está viva, está
moribunda, y es menester admitirlo para poder revivirla.

No puede existir un verdadero debate desde la mentira. No se pueden crear verdaderas
políticas para el rescate universitario desde frases vacías, o desde promesas que solo
pretenden ganar adeptos en las urnas electorales.

Estamos heredando una institución llena de problemas, frágil, con una profunda crisis
interna rodeada de una mayor crisis del contexto social y político en el cual está inmersa.
Se requiere, por tanto, de nuevas prácticas, de una nueva forma de ver la docencia, la
investigación, la extensión; de redefinir el papel de la Universidad en el ámbito social en el
cual nos ha tocado vivir; rediseñar la forma en que la universidad se concibe como ente
autónomo. El saber universitario, la experiencia de tantos años, los errores que se han
cometido, la crisis que estamos afrontando, deben ser pertinentes para redirigir el rumbo.

Nuestra historia como institución y nuestro funcionamiento tradicional no deben
amarrarnos a los mismos problemas históricos y las mismas prácticas obsoletas. Sino que
deben impulsarnos para aprender de ellos y proponer nuevas maneras de hacer las cosas.
No partamos de viejas promesas y de discursos que se acomodan a las circunstancias. Por
supuesto que queremos una universidad viva, con edificios hermosos, baños relucientes,
salones de clase con alta tecnología, internet en todas nuestras áreas, espacios donde
podamos trabajar dignamente. ¿Son posibles con la actual forma-de-hacer-las-cosas en la
universidad? Absolutamente, no.

Pero, además, reducir las necesidades de nuestra Universidad a la infraestructura física,
sería caer en el error de seguir ocultando una realidad que nos supera. Mientras profesores,
personal administrativo y obrero sigan ganando un salario que no cubre siquiera el pasaje
que debe pagar para llegar a la Universidad, no podemos exigirles que continúen siendo los
respiradores que la mantengan viva. Solo seguiríamos condenándolos a morir con ella.

Profesora NUTULA

26-02-2024