Al otro lado del puente: La pandemia y nuestros migrantes

Por: Anderson Medina…

Estamos regados por el mundo, hoy día hay venezolanos en cada continente. Desde Johannesburgo hasta Vancouver, hasta Tierra del Fuego, pasando por Dublín, por toda la Península Ibérica, regados por los Andes, por el Caribe, de la Costa Este hasta California, estamos en todas partes, buscando lo que se nos perdió en casa, tratando de reinventarnos, llevando la tierra de gracia en el alma y determinados a buscar un mejor futuro. Esa es la tarea del migrante. Lo fue para aquellos que recibimos con brazos abiertos a lo largo del siglo XX, ahora es nuestra.

Dependiendo del país al que hayamos llegado, la posibilidad de inserción social y laboral será distinta, y a pesar de que las historias de éxito de venezolanos en el extranjero son muchas, muchas son también las historias de dificultad de aceptación, de adaptación, de necesidad de transformarse, reinventarse para conseguir primero vivir un día a la vez, y luego poder pasar a la inserción en la cultura receptora. En cualquier ciudad grande sudamericana la imagen es ya común, venezolanos en esquinas, en unidades de transporte público, en parques, buscando ganarse el día a día vendiendo caramelos, café, gorros, bolsos, su talento. Nos ven en bicicletas haciendo repartos a domicilio de uno a otro extremo de la ciudad, atendiendo al público en tiendas, restaurantes, cafetines, refresquerías, cigarrerías, bares, etc., trabajando con tesón y tratando de entender el lugar y la gente donde llegamos.

Venimos de una situación crítica que nos hizo dejarlo todo para empezar de nuevo. Nos fuimos sin ganas, por lo que hemos tenido que aprender por el camino largo que el mundo es más grande y que se ve distinto dependiendo del cristal con el que lo mires. En grandes números hemos cambiado la realidad de nuestros vecinos y hemos afectado (a veces de manera negativa) su tejido social. En Suramérica, nos hemos convertido en una migración incómoda y esto ha generado reacciones de xenofobia y aporofobia, a pesar de las cuales, seguimos allí, de un día a la vez, emprendiendo.

En estos momentos, la realidad de la pandemia COVID-19 se suma a esas historias de esfuerzo. Es una situación que ha afectado al mundo y que ya apuntan a que cambiará la forma en que vivimos. Sin embargo, mientras ese cambio llega, el mundo se ha detenido, las economías se preparan para la peor crisis de lo que va de siglo. Esta situación ha exacerbado una versión de nacionalismo que lleva a cerrar fronteras desde el temor y el no saber cómo lidiar con esto. Los gobiernos de la región en el mejor de los casos están reaccionando a los embates de la pandemia, buscando la manera de aprender de la experiencia de otros países donde el virus ha mostrado la vulnerabilidad de modelos de sociedad presentados siempre como más capaces.

Por los momentos, la recomendación general ha sido el aislamiento social y cada país de la región ha ido ordenando su puesta en práctica con diferentes grados de eficiencia. En cada país, los ciudadanos han sido reducidos a su individualidad y la manera en que desde esta enfrenten la cotidianidad del confinamiento, infoxicándose, viendo las limitaciones de insumos y personal para atender la emergencia, enterándose de a poco de su propia vulnerabilidad. Y esto tiende a aumentar el temor al igual que el rechazo por todo aquello que sea distinto. Son tiempos difíciles para la diáspora venezolana, especialmente para aquellos que habían logrado alguna estabilidad económica con un oficio de esa primera línea de las economías latinoamericanas afectada por el aislamiento social. Ya no hay mesas que atender, a quien venderle dulces o pedirle dinero en las calles o sistemas de transporte, las entregas han reducido; por el contrario, la necesidad diaria de adquirir comida, del pago de alquiler y servicios no se detienen. La solidaridad, que ya estaba menguada en esos derroteros, se ve disminuida aún más.

No en vano vemos últimamente a gente que regresa así sea caminando desde los países vecinos. Regresan a la casa de donde se fueron porque en algún momento concluyeron que las condiciones mínimas para vivir no estaban dadas. Regresan en circunstancias similares a aquellas por las que se fueron: obligados, sin opciones aparentes para poder asegurarse un mejor futuro. Quedará ver cuáles son las implicaciones de esto a nivel de las economías locales que en alguna medida se alimentaban de las remesas que muchos de estos retornados enviaban a sus familias. Por ahora, su retorno es aprovechado para propaganda, para resaltar la paja en el ojo ajeno. Pero no solo eso, también sirve para comprender que hay cosas que revisar en nuestros sistemas sociales, en la manera en que construimos nuestra cotidianidad latinoamericana, para comprender además que nadie puede lanzar la primera piedra. Sí, hay retornados y habrá más, pero los nacionales (sea en Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina y así) que también viven de esa primera línea de economía se encuentran en la misma situación de indefensión, sin tener un lugar a dónde regresar. No deberá sorprendernos entonces que discursos falaces de inclusión, de protección, de justicia social calen justo en esas masas que no es que se sientan desprotegidas, sino que efectivamente lo están. En un sistema donde las mayorías deciden quien está a cargo y quien no, el bienestar de las mayorías ha de ser de interés para todos. Que ciertos grupos, clases o estratos se aíslen, naturalizando su diferencia y convencidos de su preeminencia sobre las mayorías es una manera caduca de comprender incluso la manera de conservar su propio estilo de vida.

Ojalá y una pandemia haya sido suficiente para hacernos caer en cuenta a todos de que al final de cuentas, solo somos humanos, que si el vecino está bien en su realidad y circunstancias, yo podré estarlo en las mías. Entenderlo así como entendemos durante esta pandemia que si está enfermo, yo también puedo estarlo. Si damos un paso hacia la solidaridad generalizada, pienso que habremos sacado algo bueno de esta situación.

Prof. ASOCIADO de la Universidad de Los Andes

@medina_anderzon