Por: Valentín Alejandro Ladra…
Se están dejando al lado muchos valores humanos y espirituales, pero no nos damos cuenta de cómo ello nos destruye.
Insisto: las palabras que escribí en libros, artículos y expresadas en conferencias aquí y en varias partes del mundo hace ya mucho tiempo, más de 20, 30 o 40 años, comprendidas para algunas personas, quizá contradictorias para otros y hasta incomprensibles, hoy son casi proféticas.
El “Camino a Katmandú”, capital del mágico país de Nepal, muy lejano y antípodas de Venezuela, enclavado en las nevadas montañas más altas del mundo, los Himalaya, entre la India y China/Tíbet, donde he estado numerosas veces y vivido un tiempo respirando el aroma de su hermosa naturaleza, muchas sinceras amistades y la compañía de los monjes lamas budistas –de lo cual muy poco se conoce en nuestros países latinoamericanos-, es parte de un capítulo que he escrito en mi libro “Psicocibernética” publicado en Caracas por la editorial Panapo en 1992, y que refleja, 26 años después, la tragedia que vivimos en la actualidad en nuestro país, y buena parte del mundo.
“El silencio de las montañas es atronador. Envuelve a la persona en un manto de universalidad impresionante. Es estar consigo mismo, algo que pocos lo logran en forma consciente, parte indisoluble de la naturaleza humana que el hombre llamado moderno olvidó apreciar, en la maraña escatológica y ruidosa por la diaria supervivencia”.
“Nos hemos olvidado de quienes somos, polvo de estrellas. No somos todopoderosos. En el confín del Universo somos más bien insignificantes. Tanto, que hasta los múltiples Huecos Negros que todo lo tragan y consumen en el espacio nos evaden”.
“Es en el silencio de los picos nevados del Himalaya, donde de noche las estrellas brillan más y de día la hermosura sobrecoge emociones y sentimientos, donde podemos encontrarnos con nuestro descubrimiento evolutivo: el ser interno”.
Aquí puedo resaltar que en nuestra querida naturaleza merideña también podemos tratar de reconocer quienes en verdad somos y para que vivimos. También en la Gran Sabana, en el campo, en nuestras costas y ríos y lagunas, selvas, en cada rincón de paz y meditación. Nuestro silencio se une en un puente invisible con los avatares espirituales milenarios del Himalaya, y así reencontrar nuestra verdadera identidad espiritual, mental y física humana, que tanto hemos perdido, cubriéndonos de egoísmo y falsedades.
Necesitamos el ALTRUISMO, así con mayúsculas.
“La humanidad está más desunida que nunca. A cada recoveco del camino se encuentran las violencias, incomprensiones y destrozos de tales o cuales ideales permeados de oscuro negativismo, como si los cerebros estallaran en cortocircuitos ajenos a nuestra evolución de progreso en la paz, equilibrio, y libertad hacia la felicidad y sabiduría”.
“Es el “Camino a Katmandú”. Con cada paso en el silencio de las montañas se purgan los equívocos y se recobra la conciencia del espíritu humano. ¿Quién se atreve a dar esos pasos, tan necesarios para la limpieza personal? ¿Quién se atreve a encontrar su verdadero destino, sin conformismos y temores? ¿Quién se atreve a amar sin esperar ser amado?”
“La difícil situación que enfrenta el mundo se debe también a la superpoblación, algo de lo cual poco se ha dicho y no lo suficiente. De allí provienen muchos peligros, incluyendo la destrucción por ideologías atroces e impías por la aniquilación de todo valor humano. Los sistemas actuales, regidos por un armamentismo nuclear que puede destruir la Tierra y su vida en general no sólo en contados minutos sino miles de veces, no pueden soportar ya tanta presión, ya sea económica, política o social”.
“¿Es esto sensato? ¿Para esta tragedia hemos sido creados? ¿Es el ser humano el verdadero virus al cual el Universo no encuentra remedios?”.
“En el silencio personal podemos rejuvenecer. Jamás en los gritos, alaridos y vociferando inutilidades. Es el ejemplo del “Camino a Katmandú”. Se debe dar un tiempo para pensar y serenarse. Ver cuál o cuáles son los caminos correctos. Siempre existe una respuesta positiva. Es en el silencio cuando nos reencontramos con nosotros mismos, la verdadera alma y espíritu evolutivo estelar humano olvidado, enmohecido y arrojado al sarcófago de temores oscuros. La propia experiencia y afinidad del bien humano es la más sabia. En el silencio de la naturaleza se realiza el acto de contrición. El silencio consigo mismo es la más sabia de las religiones ya que es parte inherente de las estrellas celestiales, ajeno al poder y ambiciones terrenales”.
Así, el “Camino a Katmandú” debe estar en el corazón de cada una de las personas que desean con sinceridad una Venezuela, un mundo mejor, para sí mismo, para sus seres queridos, para sus congéneres. Los resultados serán prodigiosos. No lo dude.




