Con fundamento: Don Tulio en el cuadrilátero del saber

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

No solamente Mérida, todo el país deberá dedicar esta semana a la memoria de Don Tulio Febres Cordero, patriarca de las letras en una tierra de escritores de talla nacional.

La vida de Tulio Antonio Febres Cordero Troconis se extendió entre un 31 de mayo (1860) y un 3 de junio (1938). Dueño de una apetencia impresionante por toda la gama de saberes, legó vasta obra como cronista, costumbrista, historiador, poeta, periodista,  novelista y profesor universitario, además de ejercer oficios como la tipografía, zapatería, encuadernación, relojería y pintura al óleo.  Con toda razón Mérida se enorgullece de este hijo, cuyo nombre honra varios sectores de la ciudad y el estado. Asombra además la variedad y procedencia de los múltiples reconocimientos, en su mayoría internacionales, que recibió en vida.

Pero me atrevo a conjeturar que el homenaje póstumo de su mayor agrado han de ser las dos bibliotecas que en la capital emeritense se denominan como este gigante de nuestra historia: la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes y la que fue fundada como Sala Febres Cordero en 1978. Esta última guarda especial relación con Don Tulio, pues se creó con la biblioteca, archivo y hemeroteca que pertenecieran al ilustre literato y a su hijo José Rafael Febres Cordero, habiendo sido donada por sus familiares al Instituto Autónomo de Biblioteca Nacional y de Servicios de Biblioteca.

Actualmente la Sala funciona cono Biblioteca Febres Cordero y, habiendo dejado su bonita y pintoresca, pero inadecuada, sede original, en la Casona del Parque la Isla, la encontramos en plena Plaza Bolívar y enriquecida con importantes donaciones, además de albergar un valioso fondo documental, cuyo más antiguo título es un manuscrito datado en 1589.

Con la reubicación realizada en 1995, nuestra pequeña ciudad puede preciarse de tener en su casco central cuatro joyas del saber: el Archivo Arquidiocesano, el Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes, la Biblioteca Bolivariana creada en 1983, y la Biblioteca Febres Cordero. Conforman un cuadrilátero cuya existencia debería ser más valorada por merideños y visitantes, un polígono de incalculable valía patrimonial a cuya preservación, especialmente a las dos bibliotecas nombradas, debe darse toda nuestra atención.

La ubicación en el casco histórico de la ciudad tiene amplias ventajas, tanto para estas instituciones como para sus visitantes y usuarios. Su accesibilidad, para comenzar, además su presencia contribuye a la valorización del ambiente urbano con su carga simbólica, expresada intencionalmente en edificaciones que aspiran a resaltar dicha carga. Desde el punto de vista de la seguridad que requiere el contenido que resguardan, su localización también es adecuada. Además, su carácter institucional refuerza el del centro urbano, al cual aportan encomiables funciones de la vida ciudadana y especial dignidad. Desde la Biblioteca Febres Cordero, pudiéramos decir que el espíritu de Don Tulio tutela todo el centro de la urbe que tanto amó.

Se observan sin embargo inconvenientes con algunas características de las respectivas construcciones, la más delicada es la solución de cubierta en terraza de concreto, cuyos problemas de impermeabilización comparten con todos los edificios que, en Mérida, tienen el mismo tipo de cubierta. Llueve con conocida frecuencia, y los contrastes entre la temperatura de la fuerte insolación, y el enfriamiento nocturno, acortan la vida útil de cualquier material impermeabilizante. Las filtraciones resultantes son más que molestas en cualquier edificio comercial o de viviendas, pero en una biblioteca son inadmisibles; obviamente perjudican las condiciones ambientales necesarias, cuando no amenazan con afectar el material impreso mismo.

Resolver esto no es imposible, ni demasiado oneroso, y, como una atención más a la memoria de Don Tulio, cabe adelantarse a un peor deterioro con propuestas que no se conformen con una nueva capa de manto asfáltico, o con un tarantín a dos aguas que pretenda cortar el nudo gordiano como en otras terrazas. Así, pues, aprovecho este homenaje en la Semana de Don Tulio para proponer sendas terrazas jardín tanto para la Biblioteca Febres Cordero como para la Biblioteca Bolivariana, solución que, bien estudiada, disminuye el problema hasta hacerlo inexistente, mientras aporta valor al casco central. Estas terrazas podrían sostener un café y un mirador, para ofrecer las magníficas visuales que desde ellas se tiene.

Ineludibles son los discursos honoríficos de rigor en el natalicio del poeta de las Cinco Águilas Blancas, quien sobradamente los merece. Además de estos, ¡qué excelente noticia sería abrir un concurso de proyectos para una terraza jardín, u otra solución, que dignificara la cubierta en la sede de este excelente repositorio bibliográfico y documental y la asignación de recursos para ejecutarla!

02 de junio 2021. bmcard7@gmail.com