Con fundamento: El virus del virus

Por: Bernardo Moncada Cardenas…

“Hagámoslo viral”, se acostumbra decir al menos en Venezuela cuando se quiere que una opinión o noticia de difundan rápida y efectivamente.

En el frenético tráfico de las redes, mientras más mala y deprimente sea la noticia, más dañino el comentario, pareciera atraer mayor y más sonada atención. La antigua máxima del periodismo anglosajón –“good news are no news”- vale también para el lector interactivo en la Venezuela de hoy.

Esa adicción a la desventura, aunada al acceso generalizado a las redes sociales en nuestra clase media, hace que en circunstancias normales haya que esquivar la proliferación de contenidos negativos que, en lugar de enfrentar los problemas en procura de solución o superación, se consumen en la denuncia, la acusación, la rabieta. Escasos son los aportes constructivos que orienten ante las dificultades que todos enfrentan, o ayuden a sostener el sentido de la vida cuando nada pareciera tenerlo. Por otra parte, abundan contenidos que, si bien parecerían actuar de contrapeso, contribuyen al estado de exasperación que prevalece: el optimismo infundado, triunfalismo apresurado ante la adversidad.

Ambos extremos se complementan porque el triunfalismo desemboca en decepción, cuya culpa casi nunca acepta el triunfalista; éste buscará consecuentemente entre los demás al causante de su propia forma de tomarse la realidad. “El que vive de ilusiones, se muere de desengaños”,  dice el refrán, muere desmotivado, inmovilizado ante los hechos.

Con la brutal pandemia que  se extiende en el mundo, esa enfermedad de las redes se exacerba. El virus que nos contamina enseñoreándose de  nuestra fisiología no se contagia con tanta velocidad como el virus que invade los teclados y táctiles para generar el estado de “desinformación voraz” que opaca y aventaja a la necesaria información veraz.

Así como el Covid-19 invade nuestras estructuras celulares, conectándose con ellas y cambiando su proceder hacia la autodestrucción, el comportamiento mental de quienes entran en contacto desprotegido con la masa de opinión pública circulante en la red va cayendo en una parálisis argumentativa, incapacidad de filtrar las enormes contradicciones y falsedades que se leen. Como un apestado contagia, el inconsciente charlatán, replica, “difunde”, sin cesar, creyendo en buena fe que está contribuyendo a la salud de los demás. Mientras más estridente, alarmante, sea el impacto, más desea contaminar. Es una nueva mutación del virus que ya había invadido el raciocinio político de los internautas, fuera cual fuera su tendencia ideológica.

Recomendaciones que se difunden como imprescindibles, horas después caen rechazadas, sustituidas por todo lo contrario, se lanzan cifras cambiantes de fuentes ignotas, se proclaman curaciones milagrosas, se acusa con interpretaciones politizadas de los hechos y teorías conspirativas. Para colmo el aislamiento en cuarentena, medida sensata por demás, obliga a estar clavados en las pantallas, sumergidos en el flujo implacable de los grupos WhatsApp, donde este virus queda fuera de control.

Pocas voces llaman a la sensatez. La Iglesia católica, en gran esfuerzo para mantener su presencia y la palabra salvífica de Cristo, en una sociedad que en buen porcentaje la sigue, se ha lanzado audaz a llevar consuelo, prevención, esperanza, y ofrecer un sentido trascendente a la diaria vivencia de la crisis, en redes y medios radioeléctricos. No ofrece promesas taumatúrgicas o clamores apocalípticos que, en el fondo, pervertirían la fe empuñando la superstición y la magia. La Iglesia está usando la fuerza del tiempo cuaresmal para radicar en lo más profundo del corazón humano el valor para vivir en solidaridad (¡no solamente sobrevivir!) Estos días de inesperado temor, dolor, y soledad.

Apóstoles de la esperanza son también los médicos venezolanos. Ellos, tanto quienes han permanecido en su patria, como quienes por miles decidieron buscar mejor vida en otros lares, han puesto el pecho contra el común enemigo. Lo hacen con denuedo, con entusiasmo, y sobre todo con devoción, en las condiciones y con los recursos que tengan. De  una joven facultativa, egresada de la Universidad de Los Andes y batallando en el Hospital Universitario, leí conmovido “¡no cambiaría mi puesto por ninguno!”, orgullosa del servicio al que ha sido llamada y de la institución que resurge de las cenizas para presentarse como bastión confiable contra la pandemia.

Las conductas ejemplares y denodadas de la Iglesia y del gremio médico son lumbreras, con cuyos esfuerzos luminosos es un deber contribuir, desterrando toda conducta que disminuya lo que con tanto esfuerzo luchan por lograr en esta guerra por la humanidad. Es de considerar casi tan inconsciente al que se dedica a sembrar la desconfianza como principio ético, el terror como actitud vital, y la mezquindad como defensa personal, en las redes, como el que prescinde de toda recomendable medida que le evite contagiarse y contagiar a los demás, en las calles. No hagamos “viral” el virus del virus.

25-03-2020