Con fundamento: La ciudad amada, la ciudad odiada

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Al transitar por las varias zonas de la ciudad, no es ya difícil reencontrar al transeúnte sonriente, cosa que hace algunos años era casi imposible descubrir en el tráfago urbano.

¿Estará revirtiéndose la aversión que se desarrolló contra la vida en la ciudad, esa “urbefobia” nacida en los conflictos ideológicos y alimentada por protestas y pandemia?

El ciudadano “urbanita” todavía se debate entre el disfrute y uso de los espacios públicos y monumentos, que hacen persuasivo el mensaje de convivencia de la ciudad, y la percepción de la misma como propiedad ajena, pertenencia de los gobiernos o de los ricos.

La ciudad es rehén de pasiones que, ciegas y furiosas, movilizan el vandalismo como absurdo lenguaje de protesta.

El odio que en momentos de ira termina destruyendo la propiedad pública, edificada para el uso del común, queda sembrado en conductas inciviles, dementes gestos de autoagresión urbana.

Un amigo norteamericano, de visita finalizando las protestas de 2017, me dijo sibilinamente: “Ya verás que esa basura, arrojada ahora a la calle, seguirá siendo arrojada cuando esto pase”. No podía estar más en lo cierto. La permanencia de este injustificado modo de disponer (exhibir) la basura sigue reinando, afeando y contaminando los espacios de todos. Aún más, el indiferente peatón y las autoridades parecen aceptar como normal convivir con zopilotes (zamuros), y sabandijas que ya ni temen al humano.

De nuevo se disfruta la ciudad, pero al mismo tiempo se convive con el descuido y la agresión contra sus estructuras: manchones, mugre, pegatinas, supuesto “arte urbano” en torpes grafitis, porrazos, campean burlones en las paredes, como si al dueño del local comercial o la vivienda no le avergonzara ni afectara su propio rostro lleno de lamparones.

Se mancilla la hermosa ciudad, hermosa mujer deshonrada y venida a menos. Y el ciudadano cae presa de un círculo vicioso en que enloda, estropea y descuida su ambiente por haberse habituado a odiarlo, y lo odia porque lo ve sucio, estropeado y descuidado.

La base de la vida ciudadana es la convivencia, la que hace la ciudad “bella, sana y acogedora, cruce de caminos de iniciativas y motor de un desarrollo sostenible e integral”, como dijo el Papa Francisco en la Plaza del Pueblo de Cesena en octubre de 2017. No en vano toda gran civilización ha sido eso: “civilización”, de civis, ciudad. Así debemos valorarla.

No nos conformemos con convivir como los desdichados hermanos que, por desesperación, medran en los basureros. Cuidemos el ambiente cambiando de conducta, para convivir mejor en un desarrollo sostenible e integral, como ha dicho Francisco.

“¡Conciudadanos!”, exclamaba Rómulo Betancourt comenzando sus cadenas de tv; en eso acertaba. Somos conciudadanos; ciudadanía y bien común están unidos en democracia, materializada en ese artefacto de millones de dueños que llamamos ciudad y, más allá, país. Aprendamos y difundamos el buen cuidado y manejo de la ciudad, y los deberes y derechos que comportan, plasmándolos en un ambiente donde tanto nosotros, como las futuras generaciones, merezcamos vivir.

28-02-2024