Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Me gustan los estudiantes. Porque son la levadura…» Violeta Parra
Contra algunos pesimistas pronósticos, y evidentes obstáculos técnicos y financieros, la comisión electoral de la Universidad de Los Andes organizó y llevó a cabo el proceso eleccionario que, después de cinco años, renovó la dirigencia estudiantil logrando notable número de votantes.
Había tierra fértil para la desconfianza y la desesperanza, cizaña que ha sido eficientemente sembrada en las filas pro-demócratas por la probada capacidad de crear intrigas de que hacen gala los cerebros asesores de la dictadura. Hubo jugadas no muy honrosas, hubo desacuerdos, ha habido precedentes de rupturas y deslealtades en la política nacional, hubo –en resumen- motivos para temer un resultado desfavorable a los mejores intereses de la universidad.
Aunque opté por callar prudentemente los juicios críticos que, ante el acontecer de la campaña estudiantil, me dictaban mi experiencia y mis tradicionalistas razonamientos, confieso ahora mi perplejidad al ver surgir dos opciones diferenciadas dentro de las filas pro-autonomía, en momentos cuando el sentido común vocea consignas de unidad a toda costa. Veía, por otra parte la aparente desproporción entre el joven que se presentaba con todas las de ganar, con apoyo de importantes fuerzas políticas universitarias y prestigiosos grupos profesorales, así como una trayectoria de sacrificios públicamente conocidos, y la muchacha que disputaba el liderazgo estudiantil opositor, mucho menos célebre, proveniente de una escuela de la universidad que se caracteriza por discreta presencia, no muy clamorosa. Aunque escuchando sus respectivos discursos me parecieran dos magníficas opciones y pensaba en lo afortunada que es la institución en contar con una alternativa como ésta, lamentaba silenciosamente que quien me parecía con menor oportunidad de triunfo no esperase su turno y, en cambio, persistiera en dividir la votación unitaria.
Sin conocer las incidencias de las respectivas campañas, la interrelación que obviamente ha debido darse entre los rivales oposicionistas y la subsecuente toma de decisiones, no quedaba sino confiarse en la calidad humana y la visión política de los noveles candidatos, con fe en que midiesen bien los riesgos y las posibilidades reales.
Los hechos han demostrado infundados los temores y erradas las predicciones. La comisión electoral trabajó duro para lograr un proceso que algunos pensaban podía hasta ser asumido con desgano. Por lo contrario, su labor fue denodada y decididamente proclive a que se diera la elección. Lo que pareció división, aparentemente fue percibido como apertura por el estudiantado que, en lugar de decepcionarse y paralizarse, acudió al sufragio en porcentaje superior al esperado. La tercera gran sorpresa fue que tal porcentaje se pronunció rotundamente en contra de la mentira, del miedo, la prepotencia y la desesperación, por un margen nunca visto.
La cuarta sorpresa ha sido la victoria de la alternativa que se interpretaba como la menos fuerte, como la menos conocida políticamente, de manera que –por encima del prestigio y la combatividad- los jóvenes votantes optaron por apoyar la frescura personal y del discurso. La nueva presidente de la Federación de Centros Universitarios no se queda en la retórica de la defensa de la autonomía ni el rechazo al hostigamiento gubernamental, sino propone con firmeza un modelo de gestión que favorezca el autofinanciamiento exigiendo que esa autonomía no se quede en lo político sino se atreva a generar opciones que liberen en lo posible las acorraladas finanzas de nuestra casa de estudios.
Así, todavía fresca la tinta escrita sobre el mal sabor de las recientes defecciones de parlamentarios, los jóvenes nos han dado un ejemplo de lealtad a la institución, espíritu cívico y democrático, y de política de la mejor. Y nos han mostrado que la unidad, siendo algo deseable y usualmente provechoso, puede llegar a ser un fetiche, una camisa de fuerza, si no va respaldada por sinceros motivos. La apertura de opciones, en cambio, puede a veces resultar en mayor atractivo para los votantes.
Ahora toca vertebrar las capacidades de los electos para los varios cargos en un equipo eficiente que defienda los intereses estudiantiles así como a la universidad en general, en un actuar “sinfónico” que integre las diferencias mostrando que lo contrario de la unidad no necesariamente es el sectarismo. «La unidad de la libertad –dijo J.F. Kennedy- nunca se ha basado en la uniformidad de la opinión». La universidad misma ha sido históricamente muestra de ese productivo converger de discrepancias.
Y a los sorprendidos profesores toca manifestar admiración por estas frescas sorpresas, augurando una dinámica dirigencial tan novedosa y resuelta como la que la universidad requiere en las complejas circunstancias que afronta. Usualmente los estudiantes siguen nuestro ejemplo. Creo llegado el momento en que nos toca seguir el de ellos.



