Con fundamento: Precaución y miedo

Por: Bernardo Moncada Cárdenas….

«El miedo no evita la muerte. El miedo evita la vida». Naguib Mahfuz, Premio Nobel de Literatura.

Nuestra adicción a la desventura, aunada al acceso generalizado a las redes sociales, nos expone a la proliferación de contenidos negativos que, en lugar de enfrentar los problemas procurando soluciones o superación, se consumen en la denuncia, la acusación, la alarma. Escasean aportes constructivos que orienten ante las dificultades que enfrentamos, o ayuden a sostener las ganas de vivir cuando ya pocos parecieran tenerlas. Además, abundan contenidos que, si bien semejan contrapesos, contribuyen al estado de exasperación: el optimismo infundado, triunfalismo inmediatista, o desenfadada temeridad.

Con la brutal pandemia que se extiende en el mundo, las redes sociales también han enfermado. El virus que nos contamina enseñoreándose de  nuestra fisiología no se contagia con tanta velocidad como el virus que invade los teclados y pantallas táctiles para generar el estado de “desinformación voraz” que opaca y supera a la necesaria información veraz.

Así como el covid-19 invade nuestras estructuras celulares, conectándose con ellas y degenerando su funcionamiento, el comportamiento mental de quienes entran en contacto desprotegido con la masa de opiniones circulantes en las redes va cayendo en incapacidad argumentativa, impedidos de filtrar las muchas contradicciones y falsedades que llegan entre escaso contenido de utilidad. Como un apestado contagia, el irresponsable murmurador, las replica, “difunde”, sin cesar, creyendo en buena fe que está contribuyendo a la salud de los demás. Mientras más estridente, alarmante, sea el impacto, más se comparte.

Recomendaciones que se presentan como imprescindibles, horas después caen rechazadas, sustituidas por todo lo contrario, se lanzan estadísticas cambiantes de fuentes ignotas, se proclaman curaciones milagrosas, se acusa con interpretaciones politizadas y teorías conspirativas. Para colmo el aislamiento en cuarentena, medida muy sensata, obliga a estar clavados en las pantallas, sumergidos en el flujo incesante de los grupos de Whatsapp, donde esta viral confusión queda fuera de control.

Pocas voces llaman a la sensatez. La Iglesia católica, en gran esfuerzo para mantener la esperanza, en una sociedad que en buen porcentaje la sigue, se ha lanzado audaz a llevar consuelo, prevención, y recordar el sentido trascendente de experimentar la crisis, usando redes y medios radioeléctricos. No ofrece promesas taumatúrgicas o clamores apocalípticos que, en el fondo, pervertirían la fe cayendo en superstición y magia. Busca arraigar en lo más profundo del corazón humano el valor para vivir (no solamente sobrevivir) en solidaridad estos días de forzado y prudente distanciamiento.

Apóstoles de esperanza son especialmente los médicos venezolanos. Ellos, tanto quienes han permanecido en su patria, como quienes por miles decidieron buscar mejor vida en otros lares, han enfrentado el común enemigo arriesgándose aquí con denuedo, con fervor, en dificultosas condiciones y con escasos recursos. De  una joven facultativa, egresada de la Universidad de Los Andes y batallando en el Hospital Universitario, leí conmovido “¡no cambiaría mi puesto por ninguno!”, orgullosa del servicio al que ha sido llamada y de la institución que lucha contra la adversidad por mantenerse como baluarte confiable para la salud.

Debemos contribuir con la tarea titánica de médicos y personal sanitario en general en dos aspectos fundamentales: prevención constante, siguiendo los protocolos recomendados y, en caso de contagio, tener el discernimiento para detectar síntomas iniciales y comenzar la medicación y la adecuada convalecencia antes de que la infección avance. Para ambas conductas se requieren una sensatez y un aplomo que el miedo, emoción que desequilibra nuestra racionalidad, obstaculiza (tanto como negarse a aceptar los riesgos o a aceptar que ya está presente el virus, la negación resulta también del miedo). Lamentablemente he visto caer gente muy cercana, pero tuve el enemigo en mi propia casa, pudiendo atajarlo a tiempo y reducir al mínimo su impacto, como otras familias han logrado hacer. El miedo y la histeria, afectan nuestro sistema inmunológico y nos exponen a ser víctimas de la enfermedad.

Las conductas ejemplares y denodadas de la Iglesia y del gremio médico son luces, con cuyos esfuerzos luminosos es un deber contribuir, desterrando toda conducta que disminuya lo que con tanto esfuerzo luchan por lograr en esta dura contienda. Es de considerar casi tan inconsciente al que se dedica a sembrar la desconfianza como estado de ánimo, el terror como actitud, y la mezquindad en vez de solidaridad, en las redes, como el que prescinde de toda recomendable medida que le evite contagiarse y contagiar a los demás. Escribió Marie Curie, Premio Nobel de Química, «Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos». No hagamos “viral” el virus del miedo.

bmcard7@gmail.com

27-01-2021