Con fundamento: ¿Qué más se puede decir?

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«El anuncio de la Pascua no muestra un espejismo, no revela una fórmula mágica, no indica una vía de escape frente a la difícil situación que estamos atravesando. La pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres; y a pesar de todo -y es escandaloso- los conflictos armados no cesan y los arsenales militares se refuerzan. Es el escándalo de hoy.

[…] A la luz del Señor resucitado, nuestros sufrimientos se transfiguran. Donde había muerte ahora hay vida; donde había luto ahora hay consuelo. Al abrazar la Cruz, Jesús ha dado sentido a nuestros sufrimientos. Y ahora recemos para que los efectos beneficiosos de esta curación se extiendan a todo el mundo. ¡Feliz Pascua, serena y santa a todos!» Papa Francisco, Mensaje Urbi et Orbi

Ahora a la rutina. Como si con el drama de la Pasión y Muerte se terminase la función, casi con alivio, se regresa a la lucha cotidiana. La fe reducida a sentimiento vive los días de Semana Santa como un paroxístico drenaje emocional, y la euforia de la Vigilia de Pascua parece consumir las últimas reservas de adrenalina para apurar el paso a la cansona y dura realidad. Como canta Joan Manuel Serrat en un célebre éxito de ayer: “Vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza, y el señor cura a su misa”.

La Semana Santa sí culmina el sábado en la nocturna Vigilia de Pascua, pero la liturgia sólo está abriendo el paso a un tiempo todavía más cargado de significado, de peso aún mayor. Mientras la cuaresma dura 40 días, y la llamada Semana Mayor tiene como centro los 3 del Triduo, la Pascua dura 50 días, incluyendo la Fiesta de la Ascensión y terminando con la llegada del Espíritu Santo, en la Fiesta de Pentecostés. Es decir, la Pascua no es una semana, ni mucho menos terminó el domingo. Se preguntará más de uno de los atareados lectores cuál es el objeto de un periodo tan prolongado y, en todo caso, qué significa.

La Iglesia conmemora el domingo el prodigioso momento de la Resurrección de Jesús, ya transfigurado,  en el Cristo (tan trans-formado que sus amigos lo reconocen por sus gestos, más que por su  fisonomía). Luego continúan las semanas de nueva convivencia entre ellos, demostrando que no se trata de un fantasma ni de una alucinación. Es una carne como purificada que aún conserva sin embargo las huellas corporales de las espantosas lesiones que le fueron infligidas. Es lo que se nos invita a experimentar, a contemplar.

La contemplación que pide la Semana Santa, que es un tiempo de contemplación y contrición y no, como peregrinamente gustan de decir los comentaristas, “de reflexión”. Cambia de objeto pues nos pone enfrente al vencedor de la muerte. Son el mal y la muerte los que ahora quedaron clavados, aunque como ha dicho Francisco, no por una fórmula mágica, no una vía de escape frente a la difícil situación que estamos atravesando sino, más bien, por una actitud que desafía los condicionamientos que causa el que la pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres; y a pesar de todo -y es escandaloso- los conflictos armados no cesan y los arsenales militares se refuerzan.

Al igual que el Resucitado, sabedor de que aún persisten las fuerzas que lo sometieron y lo asesinaron, y sin embargo insistente en un mensaje de perdón y alegría que anuncia todavía más fuerte e incisivo, la conmemoración de sus 50 días entre los apóstoles recalca que en medio de un mundo empeñado en lo contrario, se puede vivir con la certeza de que el mal no tiene la última palabra. Esa es la Pascua: el modo de vivir ese aparente imposible que llegó a cundir el todo el Imperio Romano, para extenderse a todo el orbe.

Nuestros sufrimientos no pueden desaparecer como por arte de magia pero, ante la Pascua, nuestros sufrimientos se transfiguran. Donde había muerte ahora hay vida; donde había luto ahora hay consuelo. Ese ha sido el mensaje acogido por una humanidad siempre doliente, donde la injusticia inevitablemente se legitima por parte del poder. Como resultado, donde había desánimo y derrotismo puede haber iniciativa, caridad y esperanza. Maravilloso será que  los efectos beneficiosos de esta curación se extiendan a todo el mundo, como pide el Papa en su oración. ¿Qué más se puede decir?

07.04.21 bmcard7@gmail.com