Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Y los camellos llagados, sus patas adoloridas, renuentes,
Tendidos en la nieve que se derretía.
A veces añorábamos
Los palacios de verano en las cuestas, las terrazas,
Y las niñas sedosas que nos servían sorbetes.
Iban los camelleros blasfemando, mascullando,
Huyendo, y pidiendo licor y mujeres,
Y las fogatas se extinguían y no había refugios,
Y las ciudades hostiles y los pueblos agresivos
Y las aldeas sucias y caras:
Cuánto tuvimos que aguantar.
Al final preferimos viajar de noche,
Dormir a ratos,
Con las voces cantando en nuestros oídos, diciendo
Que todo esto era locura. »
T.S. Eliot. El viaje de los Reyes Magos 1927
Coincide la aparición de este escrito con la Fiesta de la Epifanía. Y continuamos, más intensamente que en diciembre, dado el recrudecimiento de la letalidad del virus que afecta toda la humanidad, con múltiples actividades, sobre todo la movilidad, restringidas. Un manto de aprehensión cubre la sociedad. Apropiado el gran poema del Premio Nobel de Literatura, T.S. Eliot, cuyas palabras nos recuerdan la odisea que debe haber sido para esos viajantes, acicateados por extraño auspicio, cruzar los desiertos cubiertos de escarcha, atravesando el aire seco y frío sin conocer la meta.
Raramente lo imaginamos al hablar de los Reyes y poner finalmente sus figuritas junto al pequeño portal de nuestros pesebres. Pocos buscamos el significado de “Epifanía” (alzarse lo sagrado sobre la tierra, exponerse el Misterio). La Fiesta de Reyes, con los regalitos, las procesiones, y otras liturgias populares, celebra el estupor de los extenuados Magos frente al inexplicable halo de divinidad irradiando del recién nacido que por fin encuentran.
Prosigue Eliot: « ¿nos llevaron tan lejos / Por un Nacimiento o por una Muerte? Hubo un Nacimiento, / Teníamos pruebas y ninguna duda. Yo había visto nacer y morir, / Pero pensaba que eran distintos». Algo cambiaba ante los ojos asombrados de los visitantes, el mundo no sería ya igual, y el poeta termina diciendo que esta muerte de conversión, vivida por ellos, fue una muerte deseable, un sentir que anhelarían ya de vuelta en sus palacios. Tras esa Epifanía, ese tropezarse con lo totalmente nuevo, después de la ardua travesía, los Magos quedan imbuidos de una extraña sabiduría, superior a la suya.
Después de más de nueve meses con los medios saturados de COVID, ¿queda algo que decir? Sí, y mucho que hacer. Sobre los aspectos técnico-científicos (tratamiento, prevención, vacunación, investigación), las redes, solapada pero continuamente, han confundido, desacreditado, politizado, con nuestra acostumbrada atracción por lo escandaloso y terrorífico. La incredulidad o relajación de medidas para protegernos y proteger a los demás corren parejas con la paralización de la vida cotidiana y el miedo a la cercanía humana, rechazo agresivo. Pero también vemos en muchos lo contrario, la esperanza de que, experimentado este tremendo e indescifrable tiempo, muramos, como los Magos, a la antigua vida, seamos renovados. La Epifanía nos da eso para recalcar y difundir.
En las crisis, sale a luz lo peor de la sociedad: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad. Pero también emerge lo mejor. Hay justos que sacrifican su bienestar para cuidar a los demás, y voceros de esperanza y cambio. En su conocida obra La Peste (1947), otro Premio Nobel -Albert Camus- reflexiona: «Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: «Esto no puede durar, es demasiado estúpido». Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar.» En la novela, obviamente puesta de moda de nuevo el año pasado, Camus hablaba de la negación con que muchos conciudadanos hoy amenazan, inconscientes (“la estupidez insiste siempre”), la labor benefactora de los “justos que sacrifican su bienestar para cuidar a los demás”.
Las peores epidemias no son biológicas, son morales, epidemias del corazón, y hay ideas y pensamientos que las inoculan; no en balde hablamos de mensajes “virales”. Hoy, conmemoramos Navidad y Epifanía en un mundo atenazado por este imprevisto flagelo, flagelo que nos amenaza en el ámbito de nuestra salud corporal, por lo cual debemos tomar medidas para protegernos como nunca antes.
Que estas fiestas de la cristiandad acentúen la necesidad de proteger algo más valioso que la salud de nuestro cuerpo: proteger sobre todo la sanidad de nuestra golpeada y aturdida psiquis. Así no solamente sobreviviremos, sino volveremos a nacer.
06-01-2021



