Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Tras la palabra “yo” existe hoy una gran confusión, a pesar de que la comprensión de qué cosa es mi sujeto es de primordial interés. Efectivamente mi sujeto está en el centro, en la raíz de toda mi acción. La acción es la dinámica con que entro en relación con cualquier persona o cosa. Si se extravía el propio yo, es imposible que las relacionas con la vida sean mías, que la vida misma (el cielo, el amigo, la música) sea mía.» Luigi Giussani, En busca del rostro humano
El mundo de las redes y de las apps que apoyan las nuevas modalidades de expresión y comunicación, ha ido implantando el llamado perfil como una ineludible necesidad personal. Encabezando nuestra aparición en Instagram, Facebook, WhatsApp, Tuiter, etc., aparece una imagen, un icono de nuestra presencia que pareciera servir para identificarnos. Pero raramente es una foto tipo carnet o algo por el estilo, ¿qué es entonces? El perfil es una novedosa expresión de personalidad.
No es una palabra nueva; perfil, entre sus varios significados, es el conjunto de rasgos peculiares que caracterizan una persona o cosa, así como la postura que deja ver solamente un lado del cuerpo. En inglés comenzó a usarse en periodismo significando una descripción biográfica abreviada de un personaje: profile. Hoy también deriva de allí su uso en criminología: el perfil de un criminal de acuerdo al perfil del acto delictivo. De allí pareciera provenir el nuevo uso del tradicional perfil.
Ser perfil está sustituyendo a ser persona. Persona (proviene del griego Prosopon, la máscara usada en las antiguas representaciones de tragedia y comedia) es el impacto que nuestra presencia produce en nuestro entorno colectivo. Pareciera idéntico a sujeto, a individuo, aunque éste significa estrictamente la unidad esencial del ser humano, en su indivisibilidad. El individuo se proyecta, en las relaciones con el medio social, como persona, imagen compleja que interactúa con los demás. El mundo social es un mundo de personas que comunican características, deseos y necesidades de individuos interactuando. Mirado así, también los actos conforman la persona y todo conforma lo que llamamos personalidad.
Un componente fundamental, icónico, de la persona, es su rostro, la llamada fisonomía. El tipo y la disposición de los rasgos son exclusivos, únicamente individuales, el rostro, aplanado en la foto tipo carnet, preside los documentos de identidad. Para elaborarlos, se nos exige despojar el rostro de aditamentos o excesivo maquillaje, aunque en la vida cotidiana la percepción del rostro se modifique con unos anteojos, o con la hábil aplicación de postizos o de colores, líneas o esfumados sobre el cutis para resaltar lo deseable y disimular lo indeseable.
En las redes son pocos los que se conforman con identificarse con el propio rostro y personalidad. El perfil es un icono que forja más bien lo que se quisiera ser, lo que se quisiera proyectar, más que lo que se es y se proyecta. El perfil muchas veces resulta intencionadamente engañoso, y lo es -por imposible que parezca- hasta para el propio individuo que lo usa para identificarse en la red. La razón de este aparente absurdo es la creación de lo que llamaré plantillas de perfiles, imágenes modelo alrededor de las cuales el individuo, sediento de personalidad, cree hallar una identificación original y propia, adhiriendo en cambio a una forma estudiada, diseñada, y astutamente difundida por poderes financieros o políticos.
De esta manera, el perfil solamente proyecta una personalidad prefabricada, un “yo” que ha dejado de percibirse a sí mismo con un mínimo de claridad, una selfi usurpada y maquillada por las insinuaciones e intereses del poder. En lugar de un “yo”, una persona, queda una máscara vaciada que muy probablemente sea vocera de posiciones ajenas, con la osadía de difundirlas con tanta chabacanería como se pueda, para llamar la atención con supuesta creatividad.
Parece imposible contrarrestar las multimillonarias fuerzas que mueven este proceso de desnaturalización, que se muestra en la permanente inconformidad con el propio ser, con la propia naturaleza de cada individuo, en un tedio abrumador en medio de la avalancha de entretenimiento y diversión que nos rodean sin pertenecernos. Solamente recobrando la valía trascendente de la vida y de la persona, una tarea educativa de proporciones sobrehumanas, se podrá frenar este silencioso genocidio moral. Esa es la tarea urgente e inadvertida del siglo XXI.
16 03 2022 bmcard7@gmailcom
16-3-2022



