Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Desde el domingo 19, un sudario gris plomo parece extenderse sobre el ánimo de la decreciente población que queda en Venezuela. El más devastador efecto de las medidas anunciadas por Nicolás Maduro ha sido aterrorizar un país que ya se siente contra las cuerdas, olvidando la esperanza y limitándose a sobrevivir en el espantoso vórtice de la hiperinflación inducida por el régimen. Si los frutos anunciados para la economía en el discurso presidencial se ven improbables, la reducción de la moral en las filas de opositores y pueblo en general es gran conquista que una vez más apuntala la trastabillante estabilidad de la autocracia
Los meses que han precedido estas fechas tuvieron como signos simultáneos la erosión de la poca popularidad de que el presidente gozaba, y la caída a cero en el prestigio de la alianza democrática, sumida en rivalidades y desacuerdos mezquinos. La denominada oposición desaprovechó la impopularidad proveniente de una de las peores crisis económicas en la historia de la humanidad, una oportunidad de oro, y dejó huérfano a un pueblo atormentado y desorientado en medio de abismal pobreza.
“Un imprevisto / es la única esperanza”, rezan los versos del gran poeta italiano Eugenio Montale. Una cadena de imprevistos generó un gran evento: el Papa designa al Arzobispo de Mérida, Cardenal Porras Cardozo, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis caraqueña, la Conferencia Episcopal Venezolana emite dos fulminantes comunicaciones sobre la situación del país, y el Obispo Auxiliar merideño, sin duda enfrentado a un incremento de sus responsabilidades pastorales, reaparece en la palestra lanzando un gran desafío. En semana y media, apoyado en el acatamiento entusiasta de un equipo que no dudó en aceptar el reto, organizó y realizó con éxito la multitudinaria convocatoria de un evento por la libertad, la paz y el bienestar de los venezolanos. El pasado sábado 18 se realizó de manera impecable, con un encuentro que dio lugar a la procesión encabezada con el Santísimo y culminó en la Eucaristía a cielo abierto, bajo sol esplendoroso y como telón de fondo las majestuosas montañas. Llenamos el Viaducto Campo Elías, escenario de grandes concentraciones políticas.
No solamente fue osadía plantearse un evento así en un momento de tan baja motivación por parte de un pueblo diezmado moralmente, sino lo fue establecer categóricamente los rasgos que lo diferenciaron de las concentraciones de protesta anteriores: en lugar de consignas vociferantes, oraciones y cantos; entusiasmo generoso, esperanza, en lugar de repulsa y resentimiento. Fue más audaz aún hacerlo sobre la huella de los temibles anuncios presidenciales, percibidos por la mayoría como pronóstico de empeoramiento en una situación ya insoportable. El llamado de “Monseñor Kike”, como afectuosamente es conocido por los emeritenses, tenía todas las de perder ante una audiencia obsesionada por el sálvese quien pueda, la rabia y el miedo. Además, no estaría la figura del Cardenal Porras, cuyo carisma, influjo y popularidad hubieran garantizado gran concurrencia.
Y resultó en el triunfo que espera a todo lo que se hace genuinamente en nombre de Dios. La homilía del prelado elevó la voz “de todo un pueblo que ora con fe, pero exige con coraje y firme voluntad el respeto a la vida, a la dignidad de todos los venezolanos, y el urgente restablecimiento de la democracia”. Reconoció el impulso motivador que significa la actitud de sus hermanos en el episcopado, y recordó el sacrificio de tantos jóvenes que “dejaron la piel en el asfalto de nuestras calles”, pidiendo a Dios perdón por quien les asesinó y al mismo tiempo aseverando que tales crímenes serán castigados. Terminante fue su admonición a representantes de partidos demócratas presentes, reclamándoles la insinceridad y falta de empeño del liderazgo, exigiendo sacrificar intereses personales o partidistas por el bien de un pueblo a quien mueven “la fe y la esperanza, para seguir luchando por una Venezuela verdaderamente libre y democrática para siempre”. Pronosticó pronto regreso de los emigrados y clamó por recobrar la dignidad de un venezolano que “levante su frente en alto y se dé a respetar”, en lugar de pelearse “por una caja corrupta de comida”. Calificó la Eucaristía como “grito de libertad de un pueblo que no aguanta más”, pidiendo que la Misa por la Libertad de Venezuela se celebre en cada rincón de la Diócesis.
Evidentemente era más que oportuno, lanzado por corazones que vibran en fe, desafiando la difusa atmósfera de depresión impotente. La respuesta fue multitudinaria. Hubo pastores evangélicos alabando a Dios entre el pueblo católico. El fervor y entusiasmo mostrados por el clero son inspiración necesaria en la calle.
Es decepcionante que muchos de quienes asistieron vuelvan a sumirse en el escepticismo derrotista después de ese sábado a tiempo. Retomémoslo.



