Con fundamento: Salud de alma y cuerpo

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

El ideal de atención pública de la salud nació, en el Occidente, de las confraternidades y órdenes religiosas; iniciativas de hombres de fe, como San Basilio, generaron con los primeros patricios y emperadores cristianos los hospitales, donde de acuerdo a su denominación no solamente se atendía a enfermos, sino se hospedaba a ancianos y pobres de solemnidad, en el cuarto siglo. En antiguas civilizaciones, centros de salud tuvieron también origen religioso. De alguna manera, la relación entre salud del alma y del cuerpo dio lugar a la institución que hoy llamamos hospital.

Los de Europa medieval eran atendidos, más que por órdenes eclesiásticas, por comunidades de laicos piadosos que donaban bienes a la institución  y se comprometían de por vida a servir bajo el paradigma de la caridad cristiana a quienes lo necesitaban. Producían sus propios recursos, sus instalaciones  eran administradas y dirigidas por oblatos elegidos entre de los mismos miembros del personal voluntario. Su eficiencia llegó a ser tal que solían hacer empréstitos a las comunas y municipios.  Entrando a la así llamada “Edad de la razón”, el ayuntamiento comenzó a prestar algunos servicios y dar aportes a los hospitales y en el siglo XVIII el Estado terminó por encargarse de estos centros, desplazando el sistema auto gestionado con burocracia, donde no siempre el hospital fue administrado por sus propios integrantes.

En el siglo XVII, fue fundado en Mérida uno de los primeros hospitales venezolanos, el Hospital San Juan de Dios. Lo hallamos todavía en la avenida 4, con su vistosa capilla restaurada por el artista Marcos León Mariño y, en 1991, por un equipo de profesionales con quienes quien suscribe tuvo el honor de proyectar. Finalizando el siglo XX, los hermanos de San Juan de Dios construyeron otro Hospital de igual nombre en lo que hoy es Campo Claro.

En la Iglesia, la salud de alma y cuerpo siguen contemplándose como una sola, e igual en otras religiones y divergencias del cristianismo en muchos países.

Impresiona visitar hospitales como el Hospital Santa María della Scala (hoy transformado en museo), en Siena, o el Hospital de la Santa Creu y de Sant Pau, en Barcelona, donde además de atención médica de la mejor calidad se disfruta de espacios de óptima arquitectura, ornamentados suntuosamente.

Adonde se quiere llegar con este preludio histórico es al valor patrimonial de nuestros centros de salud, dignos ejemplos de esta concepción unitaria de lo corporal y lo espiritual.

Ya se habló del primer Hospital de Caridad de san Juan de Dios, en casona que aun básicamente se conserva y que hasta el 2000 seguía prestando servicio asistencial como hospicio para ancianos, regido por la congregación (autóctona) de hermanas dominicas de Santa Rosa de Lima. Desalojado bajo la promesa de mejorar la instalación, tanto el histórico inmueble como la bella capilla que popularmente se conoce como “Del Corazón de Jesús” se encuentran poco menos que abandonados, aunque permanece la hermosura del patio central. Igualmente se mantiene, también bastante deteriorado, el primer Hospital Los Andes, obra de Luis Bosetti, el autor del Palacio Arzobispal.

Ostenta Mérida, casi sin saberlo, el único edificio proyectado por Carlos Raúl Villanueva. El prominente arquitecto de la Ciudad Universitaria de Caracas realizó, al mismo tiempo que la Urbanización capitalina El Silencio, el Sanatorio Antituberculoso Venezuela, que otrora engalanase como joya solitaria La Otra Banda y hoy, resistiendo reconstrucciones y descuidos, alberga la Unidad de Larga Estancia y el Ambulatorio Venezuela entre jardines que sobreviven, después de haber sido bastión de la erradicación de la tuberculosis en el occidente del país. El anexo del Sor Juana Inés de la Cruz logra cierto respeto por la obra de Villanueva.

El tope, sin embargo, lo constituye el Hospital Universitario de Los Andes. El HULA, o IAHULA, como se ha abreviado, es una de los mejores logros de la Escuela Lecorbuseriana en Latinoamérica. Su arquitecto, Augusto Tobito, efectivamente laboró con el maestro franco-suizo. La concepción volumétrica de este monumento de concreto, crea un bloque bajo que, a manera de pedestal, genera la amplitud para lucir la torre cilíndrica de hospitalización que distingue el conjunto y enaltece al paciente. Décadas de inexistente mantenimiento y deficiente presupuesto han magnificado sus problemas. Para comenzar, hoy resulta impensable continuar el núcleo de de la Salud de la Universidad, que hubiera nutrido la atención en el hospital. Los estudiantes de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la ULA han comprendido la valía del conjunto IAHULA, dedicándose, como Servicio Social, a mejorar entusiastas los espacios internos.

Cabe emprender campañas para que el merideño valore, como debe valorar todo el patrimonio, el significado cívico, artístico e histórico, de nuestros centros de salud.