Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Él viene, viene, viene siempre, / en cada instante y en cada edad, / todos los días y todas las noches. / Él viene, viene, viene siempre, / en los días fragantes del soleado abril, /en la oscura angustia lluviosa de las noches de julio. / Él viene, viene, viene siempre». (Rabindranath Tagore)

El Adviento coincide con la Januká judía la cual, como el Adviento cristiano, se celebra con luz de velas en casas y templos. Januká conmemora un hecho milagroso en la epopeya bíblica del pueblo hebreo: El fin de la dominación griega sobre Israel en el siglo II antes de Cristo. Cerca del año 150, tensiones religiosas entre invasores y judíos estallaron y llevaron a una gran rebelión; contra todas las probabilidades, el diminuto ejército guerrillero de los Macabeos venció al ejército griego, profesional, más grande y mejor equipado. Luego de tres años de batallas, Jerusalén fue liberada. El templo, que había sido profanado, fue purificado y dedicado nuevamente a Yahvé. Fue durante este periodo de limpieza y re-dedicación del Templo que ocurrió el milagro de Januká. Después que los griegos habían mancillado y arrebatado el aceite para el candelabro del templo, un pequeño frasco resguardado por el Sumo Sacerdote para encenderlo, siendo suficiente tan sólo para un día, milagrosamente duró ocho. Januká conmemora tiempos heroicos, resaltados por ese prodigio. Significa en el fondo la inspiración y el ímpetu que por fortaleza espiritual posibilitó un hecho histórico: la victoria de la fe del Pueblo Hebreo sobre la prepotencia y opresión de la dominación pagana de entonces.

El Adviento no tiene un significado exclusivamente espiritual. Como todo gesto brotado de la Encarnación del Hijo de Dios, debe ser relacionado con la realidad que vivimos. Es tiempo de esperanza y espera; dos actitudes que nuestro pueblo (e incluyo aquí toda la nación, sin distingo de nivel de ingreso) necesita urgentemente. Ahora en Venezuela, el síndrome del acostumbrado consumismo navideño, entretejido con el doloroso drama político-social, nos tortura y distrae nuestra atención. Viene el Niño y vendrá Cristo ¿Preferimos albergar desesperanza y resentimiento que albergar al Rey de nuestro bien? ¿O podemos por un momento centrarnos en lo fundamental, en llevar, con actitud de Adviento, a nuestra familia y nuestro entorno un poco de esperanza, en medio de las penosas dificultades?, ¿en socorrer de algún modo a  los descartados de hoy: ancianos y niños abandonados, desempleados, enfermos, prisioneros?, pues “en la segunda venida Él nos examinará del amor”. Adviento es vivir la espera en esperanza, y generosidad. No es tiempo para el desánimo. El dolor de haber perdido familiares que parten a otros países o se nos han adelantado en el camino al infinito, la contrariedad de ver pocos avances en el itinerario hacia un país mejor, consciente, trabajador y próspero, como queremos, sólo será sanado, y cobrará sentido, respondiendo con una conducta menos fatalista, activa.

Queda poco menos de una semana para recordar que viene el Redentor como el incógnito recién nacido de un par de humildes campesinos, en adversidad de condiciones. Un extraordinario gesto que el Amor de Dios cumple al presentarse a compartir la dura condición humana, entre un pueblo empobrecido como el nuestro, para traer al hombre la salvación con su testimonio vital y su supremo sacrificio. Adviento es anuncio de que Él sigue viniendo en nuestra cotidianidad y vendrá en Majestad. Esperemos su mensaje y su presencia en el día a día. ¡Esperemos!

Es bueno que nuestro corazón se esté liberando de la ilusión populista y del fantasma del “Socialismo del Siglo XXI”. El Adviento resalta ese contenido positivo del devenir, llama a sacar fuerzas de flaqueza, no desanimarnos y prepararnos para participar con valentía y sentido de pertenencia en el paso de la historia, cualquiera sea nuestro escenario por insignificante que parezca.

En 1853, en medio de la durísima crisis en la cual quedamos sumidos tras la Guerra de Independencia, y poco antes de que estallara la fratricida Guerra Federal, apareció este escrito entre las publicaciones escogidas en una compilación de El Correo de Caracas: «la esperanza no es esa ilusión que habéis desgarrado en vuestras manos como los leves tejidos de un velo de mujer, la esperanza es la sola realidad de esta vida de mentira y error». ¡La única realidad, en aquellas pavorosas condiciones! La liturgia de estos días nos recuerda lo que los profetas, en igual sentido, decían a un pueblo exiliado y sin expectativas de cambio: el desierto florecerá, del desierto brotarán manantiales, las armas se convertirán en arados, el lobo pacerá con el cordero y los niños jugarán con la serpiente. Feliz y consciente Adviento, amigos.