Con fundamento: Whatsapp, chats y soliloquios

Por: Bernardo Moncada…

«Soliloquio. (Del lat. soliloquĭum). Reflexión en voz alta y a solas. Discurso que mantiene una persona consigo misma, como si pensase en voz alta

Conversar proviene del latín conversari, que se refiere a “voltearse, virarse, en compañía”. Una conversación es más que un intercambio de palabras y nunca es un monólogo, un sermón o un debate; es, más bien, el encuentro humano por excelencia. De hecho, en la cultura romana, los conversatori eran preferiblemente los comensales. Conversar, entonces, es más el acto de reunirnos en la mesa y compartir comida e ideas, que el de subirnos a una tribuna. Con-versar es “compartir el revés”, es reconocer el valor de las diferencias y asumir, desde el disfrute y la construcción conjunta, que somos seres sociales.

El avance arrollador de las llamadas redes sociales dio lugar, en 2009 a una aplicación de mensajería instantánea bajo el nombre de Whatsapp.

Originalmente, WhatsApp fue una agenda donde se podía saber qué estaba haciendo cada persona, si estaba disponible para hablar o si era mejor contactar con ella en otro momento a través de otros medios. (What’s up?, cuyo significado se asemeja a “¿Qué hay?”, “¿Qué está pasando?”, o “¿Cómo te va?”). Ha resultado infinitamente más práctica que otras aplicaciones de comunicación (MSN o Aol), utilizando directamente la información de la libreta de contactos del usuario para dirigirse al destinatario. En el año 2010, ya los “estados” (emisiones) se podían difundir a todos los contactos o solo unos específicos, simulando un chat o conversación.

Indudablemente WhatsApp tiene ventajas: facilita la comunicación, permitiéndola en tiempo real; no tiene costo, lo cual lo hace accesible a la población de bajo recursos económicos; facilita mensajes grupales y de difusión, a través de los “grupos”, sirviendo también para marketing y negocios; ahora permite interacción virtual, no solamente a través de texto, sino además incluye emojis, gif, stickers, fotos, imágenes, notas de voz, maneras creativas de comunicarse semejantes a la realidad; resulta entretenido y es fácil aprender a usarlo, desde niños a hasta personas mayores utilizan este servicio; además nos acerca gracias a videollamadas, con una comunicación más real, hoy pueden conectarse hasta 8 personas en una misma videollamada.

Sin embargo, también pueden enumerarse los peligros ocultos en Whatsapp: inconscientemente nos llama a utilizarla: “¡No tienes Whatsapp! no existes o no eres normal” (especialmente los jóvenes); indudablemente es adictiva, como otras redes sociales, adicción que incluso podría ser más grave, ya que su facilidad y accesibilidad nos absorben; cuando pasamos tiempo usando Whatsapp y haciendo seguimiento constante a lo que pasa en los grupos, el inconsciente se acostumbra, y tenemos dificultades de concentración al realizar otras actividades; favorece el Bullying cibernético, difundiendo también burlas e insultos (ciberbullying en WhatsApp afecta al 75,3% de las víctimas de acoso frente al 37,6% de los casos en otras redes); produce angustia: estar continuamente conectados, acostumbrarnos virtualmente a una persona, esperar mensajes, genera a largo plazo ansiedad; por último, se pierde la comunicación física: terminamos acostumbrándonos a la interacción virtual, olvidando la grata sensación de estar corporalmente cercanos.

Además, muchos grupos se han convertido frecuentemente en canales de flujo permanente, un “chat” (charla o “cibercharla”) sin objeto claro, un parloteo que vocea aisladamente emisiones de uno u otro miembro, imposibilitando mantener la ilación de tema alguno, donde el mensaje de alguien que propone tema se ve literalmente sepultado por un aluvión de memes no siempre  simpáticos, saludos, difusión de propaganda política, etc.

Aunque la finalidad del grupo de WhatsApp no exige a los demás integrantes que contesten nuestras emisiones al instante, pues las demás personas pueden contestar cuando puedan, resulta descortés e impertinente ignorar, por costumbre, lo que los demás plantean o comunican. Los mensajes provocadores, insolentes o directamente insultantes no son tolerables en un grupo de WhatsApp, pero tampoco lo es hablar únicamente de nosotros mismos y de todo lo que se nos ocurre (que, por supuesto, siempre son maravillas), ni hablar de como estamos “hundidos”, (queriendo hundir a los demás), y desconocer sistemáticamente lo que los compañeros manifiestan. Esto puede leerse como menosprecio y humillación.

Un chat que bien pudiera ser “el encuentro humano por excelencia”, se convierte en soliloquios, en inútil diálogo de sordos.

Claro, amigos que, al estar tan habituados a vivir humillados y menospreciados, quizá casi ni notamos lo ofensivo de estas conductas para nosotros o para los demás.

04-10-2023