Con fundamento: Y otra vez la antipolítica

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«El león no puede protegerse de las trampas y el zorro no puede defenderse de los lobos. Uno debe ser por tanto un zorro para reconocer trampas y león para asustar a los lobos.» Nicolás Maquiavelo

Paradójicamente, el llamado a la abstención electoral revela una profunda inclinación electoralista. Especialmente cuando se presenta como un tirar la parada, sin aparente conexión con estrategia alguna. Puede parecer un gesto de valentía y pundonor; en realidad también el harakiri es un gesto de valentía y pundonor.

Tras lograr los centros de votación vacíos llegará la ya acostumbrada respuesta de los reportes llenos ¿Cabe esperar que por denunciar y ausentarse, sin poder hacer más, el comportamiento variará, la tendencia dejará de ser “irreversible”? Al día siguiente, oficialmente, seguirá el reinado loco de Nicolás, y la AN estará de su lado. Observemos la realidad razonablemente. Seamos, como escribía el célebre florentino, leones cuando podamos, pero zorros donde debemos.

¿Por qué se dice que la voluntad de abstención reduce la política a lo electoral? Retrocedamos en el tiempo. Agotándose las protestas del 2017, una exigencia unánime fue la anticipación de elecciones generales. Los asesores tácticos de la dictadura calcularon  inesperados beneficios, lo que llevó a Nicolás Maduro a un giro extremo en su discurso: a partir del 09 de abril de 2017 comenzó a decir, como bromeando, que estaba ansioso por unas elecciones. Siguiendo el diseño de sus bien pagados asesores, puso en jaque a sus adversarios, quienes sólo parecían saber sumar y contar votos como táctica suficiente.

Una ya disminuida y reprimida protesta callejera prosiguió, debilitándose, y el liderazgo había ya pisado el peine, enfocando la atención en el trapo rojo electoral y no valorando lo que acababa de ocurrir. Sin aparentemente medir los efectos del total control que el ejecutivo dictatorial mantenía sobre los demás poderes, se reaccionó con un descabezado inmovilismo contra un proceso que no podría ser obstaculizado. Se llamó a la no participación como forma de protesta, a cruzarse de brazos como única carta a jugarse. Igual que en el desatino de la Asamblea en 2005, cuando, por muy lícitas que fuesen las objeciones para elegir, se actuó con simplismo formalista. Como si el contrincante tuviese la menor contemplación con la legalidad, se “protestó” regalándole la totalidad de la Asamblea Nacional, se creó un engendro incontrolable, elegido sin contrincantes, instrumento de respaldo legalizado para muchas decisiones ilícitas. Se cayó en el berrinche, en el “boto tierrita y no juego” de las infantiles metras. Aquel proceder del 2005 dio lugar a estos quince años de creciente desolación en toda una nación.

En el marco de esta perversa dinámica se ha encuadrado el desempeño político de dirigentes que, como nosotros proclaman la urgencia de un cambio total de gobierno, viéndose de nuevo el liderazgo en incómodas disyuntivas. Así para el próximo lance, la nueva convocatoria a elecciones legislativas, se ha inducido una vez más la escrupulosidad legalista, haciendo que los políticos asuman la antipolítica como insuperable estrategia y promoviendo, al mismo tiempo, la más nociva y mezquina división interna por simple reactividad. La táctica oficialista se muestra recurrente y exitosa. El régimen ha descubierto la utilidad de convocar elecciones irregulares en modo de exasperar dirigencia y votantes, paralizándoles y saliéndose con la suya. Prácticamente seguiremos encerrados en esperar una improbable acción internacional.

Cual anarquistas, dirigentes de importantes partidos de la política realizan persistente campaña, no para enfrentar estratégicamente la estrategia oficialista, sino para enardecer a sus propios seguidores con intemperantes consignas abstencionistas. Pocas veces la antipolítica había revestido mayor intransigencia, estigmatizando a quienes decidieran votar, y descalificando a priori cualquier partido que participe, poniéndole por el piso (con astuta ayuda del régimen en las redes).

Seguirá en el poder un autócrata, reelecto por porcentaje irrisorio del total de votantes, que podrá entonces disolver su incómoda Constituyente y tener en sus manos de nuevo la Asamblea Nacional para justificar cualquier desafuero. Que haya poca votación no le molestará.

Y los nuevos flamantes políticos-antipólíticos sentirán que se ha procedido moralmente, como si hubiesen resuelto así la extrema miseria que pesa sobre millones de compatriotas. La dirigencia habrá triunfado en persuadir a un pueblo deseoso de hacer lo que puede hacer, para que nada haga; vaya triunfo. Todavía esperamos aparezca un poco de la mano zurda que los verdaderos líderes requieren, para conectarse con la ciudadanía y cambiar la inercia como todos necesitamos, siendo zorros para detectar el anzuelo y burlar la trampa en lugar de detenerse en el camino.