Concordia faltante

Por: Ramsés Uribe…

Etimología de la concordia. Las etimologías ilustran muchísimo sobre los orígenes y significados de las palabras comunes y los términos técnicos en aras de una mayor y más clara comprensión para aplicarlas en la vida práctica (la política y la ética), los discursos y textos de la cultura occidental. La concordia desde el latín quiere decir según la RAE (2018), conformidad, unión. También hay otras acepciones: 2. Ajuste o convenio entre personas que contienden o litigan. 3. Instrumento jurídico, autorizado en debida forma, en el cual se contiene lo tratado y convenido entre las partes. 4. Unión, de común acuerdo y consentimiento. Desde el griego, la primera obra que estudia esta palabra es de Antifón en su obra, “Sobre la concordia”. Así, concordia es, omonoia, que podemos traducir como , unánime. La concordia es pues aquel sentido de unidad tan necesario para lograr cualquier empresa o causa. Concordia es lo que más falta hoy para cambiar este terrible estado decadente; llegar a acuerdos es de capital importancia en nuestro país.  

 Concordia y libertas

Una manera de entender la pavorosa actualidad venezolana y en parte latinoamericana y hasta más allá del trópico, es por medio del concepto romano de concordancia del gran filósofo ecléctico Cicerón. Aunque el pensador en su análisis se refería a la pasada época de la Roma imperial es posible extrapolarlo a nuestro tiempo local.

El convocado autor señala que con frecuencia la naturaleza de las cuestiones públicas es más fuerte que la razón. La disención política es, a la vez, supuesto de todo perfeccionamiento y desarrollo político. Por otra parte, es evidente que la sociedad existe gracias al consenso, a la coincidencia de sus miembros en ciertas opiniones últimas. Este consenso o unanimidad en el modo de pensar es lo que Cicerón llama “concordia”, y que con plena noción de ello, define como “ el mejor y más apretado vínculo de todo el Estado”. El mismo pensador explica que cuando tal disención o discordia toca lo profundo de la sociedad viene el fin. Si las luchas se dan a nivel superficial esto resulta ser benéfico para el tejido social. La divergencia de opiniones de los asuntos superficiales son inofensivas, pero si se dan en las opiniones o creencias últimas, viene el caos. La concordia sustancialmente implica una creencia firme y común sobre quién debe mandar de manera incuestionable; se convierten en realidades para las multitudes, estas creencias se asientan sobre otras creencias sobre cómo son las cosas, es la cosmovisión e idiosincrasia de un pueblo, en definitiva son los valores de toda una nación.

La libertad, libertas, para Cicerón y para los romanos, es la vida pública sin reyes, que se interpreta, siguiendo a Ortega, como vida en sociedad según las instituciones republicanas y tradicionales de Roma. Por tanto, hay que precisar o puntualizar en que la libertad es la vida de común acuerdo con las leyes establecidas. Únicamente se es libre en el mundo de las leyes, no a espaldas del marco jurídico. Nada de anarquía generalizada y/o libertinaje en el tejido social. Sin embargo, en esa época y lugar lamentablemente no había libertad de expresión, de manera exclusiva le hablaban al pueblo ciertos magistrados autorizados, no cualquier hijo de vecino. El libre albedrío estaba supeditado al imperio de la ley. La libertad en sentido teológico, se encuentra, por ejemplo en Juan (8:31-32), quien afirma: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” En este caso la verdad es la ley. La vida pública como adaptación es lo opuesto: las instituciones surgen forzadas por las circunstancias sin inspiración de ideales duraderos; sin creencias generalizadas, el Estado no es nuestra piel, sino que se siente como aparato ortopédico, aprecia Ortega.

Concordia venezolana. Acaso en Venezuela acontece algo similar a lo estudiado por Cicerón de boca de don Ortega y Gasset. Indudablemente así es. La pugna por ideas es acaso más ruda que la de las cosas. Aquí la lucha es por ideas, sistemas políticos. Sus efectos son más devastadores y contundentes a corto y largo plazo. Una riña doméstica puede durar un rato no más y cada quien se marcha para su casa. La contienda de la racionalidad versus la barbarie de los corruptos cachicamos, como dicen algunos tovareños, sin el ánimo de ofender a tan precámbricas criaturas del reino animal, que en innumerables casos parecieran más “ sensatos” que la gente. Para muestra, basta echar un vistazo a la infamia de lo ocurrido el 5 de enero del 2020 y en muchas oportunidades pasadas, no solamente en el parlamento nacional sino con los permanentes ataques contra los opositores o simplemente contra aquellos que piensan distinto o son críticos a las pésimas actuaciones gubernamentales.

En Venezuela impera la anomia con el ropaje de la anarquía solapada en cascarones oficiales que no representan instituciones auténticas de una democracia verdadera. El ciudadano se enfrenta a la medusa horripilante de mil cabezas amenazantes, casi indefenso, con su razón, su logos y su fe y creencia absoluta en los ideales de la justicia, la paz, la fraternidad, la igualdad, en suma, el respeto a los derechos humanos, caros valores. El caos y la destrucción virtual o física campean en todo rincón de la república de Don Arturo Uslar Pietri.

Es imprescindible recuperar la democracia con un cambio de rumbo a la política y especialmente con la toma de conciencia de quienes ostentan el poder y se niegan a retomar la cordura, el sentido común, ya extinto. Se impone la voluntad nacional de retomar la ética como prioridad. Es imperioso crear una cultura de acuerdos políticos y sociales para rescatar la concordia que decía Cicerón para alcanzar una libertad bajo el amparo de la ley, es decir, bajo el imperio de la constitución nacional y las leyes de la República. Muchos intelectuales criollos piden a gritos la concordia nacional, entiéndase como la unidad de todos; lograr unanimidad en los criterios políticos y éticos más importantes que salven al país.

Ramsés Uribe, profesor de ULA

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