Conviviendo en violencia

Por: Rosalba Castillo…

En momentos de crisis, en momentos de pandemia, hay otras crisis y otras pandemias silenciosas. #QuédateEnCasa no es el lugar más seguro para muchos. Sobre todo para aquellos donde el hogar se convierte en el sitio de riesgo. La violencia familiar y de género ha aumentado considerablemente durante el aislamiento.

A comienzos de marzo de 2020, logramos observar, a través de todos los medios y plataformas digitales, a millones de mujeres saliendo a las calles en América Latina,   coreando “El violador eres tú”, haciendo presencia para denunciar la violencia. El movimiento feminista parecía posicionarse nuevamente. Seis semanas después, sus esfuerzos sufrieron un duro golpe a causa del nuevo coronavirus. Durante la cuarentena, la violencia contra las mujeres ha aumentado, así como los feminicidios de acuerdo con estadísticas de países como China, Italia, Francia, Alemania, Australia, Estados Unidos, Reino Unido, España, Italia, Colombia, Perú, Venezuela y muchos otros latinoamericanos.

La violencia en tiempo de COVID-19 ha tomado las páginas rojas y negras de los espacios de denuncia donde se dejan testimonios de hechos de agresión. Estar encerrados en casa, en espacios reducidos, llenos de incertidumbre frente al futuro, con restricciones de movilidad produce situaciones de mucho stress. Es más, el distanciamiento social, el aislamiento. En muchos casos, la pérdida de empleo, el poco dinero, con neveras vacías, el control de los servicios públicos y adicionalmente muy poco amor, termina siendo el lugar donde se estrechan lazos de solidaridad y afecto, pero también se exacerban las tensiones familiares con mayor rapidez, tratando de resolver los conflictos de la manera menos adecuada.

La pandemia puso a la mayor parte de la humanidad en confinamiento obligatorio, dejando a las víctimas de violencia doméstica en condiciones de mayor vulnerabilidad, con muchos menos recursos disponibles. Y, es que a pesar de la tendencia a denunciar, muchos de estos casos se quedan en casa, en los rostros, y en los corazones, de quienes la padecen, no son visibilizados. Así también, muy pocos son llevados a procesos legales en búsqueda de una solución. El temor paraliza a quienes lo intentan. A esto se le suma que en muchos casos se les pone en evidencia, y la violencia es y normalizada. Nada justifica aceptar actos de intimidación.

El maltrato es un virus silencioso. A diferencia de muchas situaciones, la violencia no tiene cuarentena ni hace un alto por la pandemia. Mujeres, niños, tercera edad y en menor número hombres y cualquiera que piense diferente, terminan siendo los protagonistas de esta pesadilla. La situación país junto a las condiciones del confinamiento ha sacado lo mejor y lo peor de nosotros. Las emociones se mueven de diversas maneras en cada día de convivencia y los enfrentamientos resultan inevitables entre las parejas y las familias si no se establece una manera armónica para llevarlos.

Y es que la violencia se viste con varios trajes que en muchas ocasiones no logran ser   vistos por las víctimas potenciales o reales pero son los indicadores de que se está ante situaciones de maltrato pasivo o activo, acciones como: anular, lenguaje grotesco o vulgar, invisibilizar, humor sexista, humillar, violar, culpabilizar, insultar, abusar sexualmente, agredir físicamente, chantajear emocionalmente, controlar, desvalorizar, violar y asesinar, son violencia.

En momentos de tecnología, encontramos un tipo de agresión de la que recién se habla, es la violencia digital, ya que sus huellas no siempre son visibles pero no están ocultas. Consiste en un hecho de acoso, amenaza, vulnerabilidad de información de datos personales o familiares, distribución de mensajes de odio o viralización de contenidos sexuales que atentan contra la persona, hecho mediante con el uso de las plataformas de internet, redes sociales, mensajería.

Algunos países han tenido una respuesta pública para atender este desafío en plena cuarentena, mediante un plan de refuerzo de la atención telefónica y la creación de espacios de refugio para las víctimas. Sin embargo los esfuerzos son insuficientes. Denunciar no es un deber exclusivo de quienes padecen estos maltratos, también es responsabilidad del vecino, de la familia, de los amigos y compañeros de trabajo. Como persona que conoce la situación y puede ayudar antes de que se convierta en una tragedia mayor.

Conversar con las víctimas, hacerlas saber que #NoEstásSola #CuarentenaNoEsSilencio, es de gran importancia para quienes viven las   agresiones. El acompañamiento en esta situación es de importancia, ya que expresarse sin ser juzgados y la escucha activa crea un espacio para el desahogo y la seguridad.

Frente a esta otra pandemia que alberga la humanidad se hace necesario “una vida libre de violencia” y es tarea de todos: frenar la impunidad, coordinar servicios de prevención, atención y protección, concienciación, involucrar hombres y niños, construir relaciones no violentas, prevenir embarazo precoz son pilares para la eliminación de este virus. #Niunamás .