Crónica desde el Ávila: El Corazón no se divide

Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…

Hay libros curiosos y poco comunes prologado, además, por el Papa Francisco. Me
recuerda a uno que leí en mis primeros años de seminario titulado porqué me hice
sacerdote que recogía los relatos de una veintena de sacerdotes en los que contaba cada
uno su vocación bajo el sello editorial de Sígueme. En esta ocasión “el corazón no se
divide” teje el relato bajo las preguntas del entrevistador a dos eclesiásticos de habla
castellana, el cardenal Francois-Xavier Bustillo, franciscano, obispo de Ajaccio (Córcega), y
el otro cercano a nosotros el Sustituto de la Secretaría del Estado Vaticano, Mons. Edgar
Peña Parra, maracucho de origen, diplomático de la Santa Sede.

La cita inicial de Charles Péguy es muy sugerente: ““La fe que amo más, dice Dios, es la
esperanza…La fe ve lo que es […]. La caridad ama lo que es […]. La esperanza ve lo que
todavía no es y que será. Ama lo que no es todavía y que será […]. Por el camino
ascendente, arenoso, difícil. Por la senda ascendente. Arrastrada, colgada de los brazos de
sus dos hermanas mayores, que la llevan de la mano, la pequeña esperanza avanza.

La vocación nace en terreno abonado por la disposición a dejarse llevar, en medio de
acontecimientos aparentemente insignificantes, en los que Dios nos llama, atrae y abre al
camino de la entrega total de una existencia que nos lleva por donde Él quiere. Hay
similitudes en la vocación de ambos, pero por razones de espacio, me limitaré a recoger
las respuestas de nuestro paisano para deleite, mejor, en palabras del Papa en el prólogo
… desea “que los testimonios de este libro nos inspiren para servir a Jesús, a quien
amamos y contemplamos en la oración, y a quien encontramos en el servicio y el amor a
nuestros hermanos y hermanas”..

La pregunta inicial a Mons. Edgar es muy sencilla, ¿Cómo surgió su llamada a la vida
sacerdotal? “Yo nací en una familia católica. Para nosotros, la misa dominical era un
momento importante. En Venezuela vivíamos en Maracaibo, en un barrio popular del
centro histórico. Nunca pertenecí al coro de niño ni me comprometí de una manera
particular en la vida parroquial. Pero hacia los trece años, con un grupo de amigos,
comencé a frecuentar y a unirme a diferentes grupos, sobre todo la coral, el grupo
litúrgico y la Legión de María.

Con los grupos de jóvenes de la Legión viví una experiencia extraordinaria: cada viernes
visitábamos el hospital, junto a la parroquia, y a las personas abandonadas, e impartíamos
catequesis a los niños durante la misa dominical”.

“A lo largo de estos encuentros me fui acercando a la parroquia y a la vida religiosa.
Nuestro cura, un joven sacerdote, tenía un gran carisma. Su padre era alemán, y su madre, venezolana”. (nota mía: se trata de Roberto Lückert) “Era un personaje importante en la ciudad, conocido por todos, ricos y pobres, y muy activo en el mundo de los medios de comunicación. Su vida de sacerdote era ejemplar”.

“A los dieciséis años fui invitado a un retiro con la parroquia. La primera llamada del Señor
se había hecho escuchar. Hablé de ello con el cura para pedirle orientación espiritual.
Hacia el final de mis estudios de secundaria tuve que elegir entre estudiar medicina, que
siempre había sido mi deseo, e ingresar en el seminario. Y así, el 29 de septiembre de
1978, entré en el Seminario de Santo Tomás de Aquino, de la diócesis de San Cristóbal,
para estudiar filosofía. Tenía muchas preguntas y pocas respuestas”.

“En los Andes, el seminario era excepcional. Estudié filosofía bajo la dirección de los
padres eudistas canadienses y de sacerdotes diocesanos. Durante ese maravilloso tiempo
comprendí la importancia de los tres pilares de la vida del seminario: la vida espiritual, la
vida intelectual y la vida pastoral. Los padres eudistas eran muy buenos profesores.

Recuerdo en especial al padre Cardona, un sacerdote anciano que era el bibliotecario del
seminario. Él me enseñó a aprovechar cada minuto del día para crecer y perfeccionarme”.
“Al final del ciclo de filosofía fui enviado a hacer mis estudios de teología al Seminario de
Santa Rosa de Lima, de Caracas. El ambiente en esta gran metrópolis era muy diferente.
Había seminaristas procedentes de los cuatro rincones del país. Descubrí esta riqueza con
una gran alegría. Todavía hoy, todos los sacerdotes de esta generación se conocen muy
bien.

El Seminario de Santa Rosa de Lima nos proporcionó una buena formación. Podría usted
preguntarme qué pasó con mis numerosas preguntas… Durante esos años del seminario,
nuestro director espiritual nos indicaba el medio de encontrar respuestas confiando en el
Señor. Su consejo podría resumirse en una frase: “O te abandonas, o te quedas donde
estás”.

Una frase de san Pablo a Timoteo me acompañó y la conservé para mi ordenación
sacerdotal: “Sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder
para velar por mi depósito hasta aquel día” (2 Tim 1, 12). Esta convicción me sostuvo en
medio de las pruebas, y así hasta hoy”.

“El 23 de agosto de 1985, fiesta de Santa Rosa de Lima, patrona principal de nuestro
seminario, fui ordenado sacerdote. Un mes después de mi ordenación fui enviado como
vicario a una iglesia del sur de la ciudad de Maracaibo, Nuestra Señora de Guadalupe, que
estaba dirigida por jesuitas. Esta parroquia era muy bonita y estaba muy bien organizada,
pero solo me quedé ahí nueve meses. Mi arzobispo me nombró cura de la parroquia de
San Pablo Apóstol, donde permanecí diez meses. Luego me pidió que acudiera a la
parroquia de San Rafael Arcángel, en el distrito de Mara, fuera de la ciudad de Maracaibo.
Este núcleo comprendía más de cien mil habitantes y catorce capillas”.

“El trabajo era duro y exigente, pero los sacerdotes del seminario me ayudaron mucho, y
esto fue para mí un gran consuelo y una verdadera experiencia de fraternidad sacerdotal.

Durante dos años y medio, la misión en la periferia fue determinante para mi vida sacerdotal. Un día mi arzobispo me llamó para reunirse conmigo. Me dijo: “El nuncio me
ha informado de que has sido escogido para ingresar en la Academia Pontificia
Eclesiástica”. Yo pregunté: “¿Y eso qué es?”. Me contestó que era un centro formativo
para formar diplomáticos de la Santa Sede, pero que no conocía más detalles. Me
aconsejó que reflexionara pronto sobre ello, porque él debía dar una respuesta a la
nunciatura apostólica. Y entonces añadí: “¿Qué piensa usted de ello?”. Y él me contestó
que no se le dice “no” al papa. Mi arzobispo siempre había sido fiel y obediente”.

Así llegué a Roma en septiembre de 1989 y comencé los cuatro años de formación en la
Academia Pontificia. Al principio me enfrenté a numerosos desafíos: el italiano, el latín, el
ingreso en el entorno académico romano. Pero este tiempo fue verdaderamente
vertebrador. Por la mañana íbamos a la Universidad Gregoriana para asistir a clases de
derecho canónico, con el fin de conseguir la licenciatura y el doctorado. Las tardes
estaban reservadas a clases de formación diplomática. A finales de junio nos
marchábamos de Roma durante todo el verano para hacer cursos de lenguas”.

“Suelo destacar la belleza de la Academia, donde tuve la oportunidad de estudiar con
sacerdotes de todo el mundo. Las promociones están siempre formadas por treinta
sacerdotes. La Academia era una manera excepcional de comprender la universalidad de
la Iglesia y una forma de volver a los tres pilares de la vida sacerdotal: espiritual,
intelectual y pastoral. Durante los cuatro años que pasé en Roma presté servicio en la
parroquia de Sant’Andrea Corsini. Luego defendí mi tesis doctoral el 3 de mayo de 1993
en la Universidad Gregoriana. Se titulaba: Los derechos del hombre en las organizaciones
internacionales a la luz del magisterio pontificio”. Y entre los santo tutelares de su vida
enumera al Papa Pablo VI y al médico de Isnotú José Gregorio Hernández…

Esto es solo el abrebocados del libro. Se lee con fruición y alegría. Las vocaciones nacen en
la vida sencilla de nuestras familias, de nuestras parroquias y ciudades. Cultivarlas,
convencernos de que Dios nos llama a cada uno de nosotros para que el bautismo que
recibimos por voluntad y esperanza de nuestros padres es el campo abonado para
caminar juntos a la tierra que yo te mostraré como a Abrahán. También en nuestra tierra
florecen las vocaciones, dejemos que el sembrador salga a tirar la semilla y que caiga en
tierra abonada.

15.- 1-5-24 (8575)