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lunes, febrero 16, 2026

De promesas a hechos

Por German Rodríguez Bustamante…

En tiempos previos a cada elección, los candidatos y los partidos hacen una serie de promesas de campaña que indican lo que harán si llegan al poder. Las promesas sobre la ampliación de los beneficios sociales se utilizan especialmente porque suelen tener implicaciones muy directas para los ciudadanos. De igual manera al iniciar un año de gestión las ofertas son recicladas sin explicar el porque muchas de ellas siguen sin cumplirse. Las promesas exageradas son una práctica común en todo el espectro político y en todos los niveles de gobierno. En la medida que la gestión sea más mediocre, las ofertas son más imaginarias. Obviamente no todas las personas se comportan de la misma forma ante una oferta. Existen ciudadanos racionales y crédulos. Los racionales entienden que ciertas promesas nunca se harán realidad, mientras que los crédulos generalmente creen lo que dicen los políticos.

Por ello los crédulos pueden acabar decepcionados ante el incumplimiento de las expectativas, derivando en una apatía y desinterés por la política. Quienes detentan el poder  buscan conservarlo con un grupo de seguidores, construyendo fidelidades con la entrega de migajas desconectadas del incumplimiento de promesas. Esa práctica desvincula la gestión gubernamental, con el premio o castigo de los ciudadanos ante los resultados mostrados. Famosa es la anáfora que usó Adolfo Suárez en 1.977, cuando era candidato a la presidencia del Gobierno de España. Puedo prometer y prometo, dijo en el contexto de las elecciones generales que se iban a celebrar. Una frase que conectaba dos ideas: la capacidad de llevar a cabo (puedo prometer) y el compromiso de ponerla en práctica (prometo).

Las promesas, conllevan la responsabilidad de cumplir con lo enunciado, de asumir los retos asociados y afrontar las dificultades que puedan surgir a fin de lograr el objetivo marcado. Cuando se rompe ese compromiso ético vinculante entre lo prometido y lo realizado, los electores castigan con severidad, cuando los sistemas electorales lo permitan. Es peor romper una promesa que incumplir el programa. En política, la palabra dada, si no vale, o no tiene consecuencias en la acción o en la sanción, destroza la reputación personal, que es el único activo que nunca hay que perder. Solo así se puede recuperar la confianza perdida, ganar credibilidad y ofrecer esperanza. Esta máxima es viable de cumplir en sistemas políticos electorales, en los cuales los contrapesos garanticen la voluntad del electorado sin manipulaciones ni interferencias. Lamentablemente en el fragor de las campañas electorales, las candidaturas anuncian propuestas y sus líderes hipotecan su futuro con su palabra, sin que tengan consecuencias. Los saltos de talanquera son prácticas recurrentes, sin que estos equilibristas reciban un castigo por su comportamiento.

Hay un refrán que señala que por la boca muere el pez, pero también se alimenta. En las campanas y en las alocuciones de inicios de año los aspirantes y gobernantes, las promesas abundan algunas se cumplen, otras se quedan en el aire y otras son totalmente insólitas. Ejemplo de esto se observó en la campaña electoral que llevó al triunfo de Donald Trump, existen propuestas difíciles de cumplir sin embargo, los mercados impulsados por ellas se dispararon. Llegó el momento en que las promesas se traduzcan en políticas posibles de ejecutar. El cierre de la frontera con México, la deportación masiva de migrantes ilegales, agilizar permisos para perforaciones y fracking, derogar la normativa medioambiental, revocar las políticas de vehículos eléctricos y aplicar aranceles son promesas que esperan por su implementación, muchas de ellas las podrá realizar convertirse en hechos y otras requieren acuerdos y negociaciones.

Tristemente muy pocos gobernantes asumen los compromisos que asumen y en algunos casos los ciudadanos, tienen pocos medios para castigar por su incumplimiento. Produciéndose un quiebre entre el elector y el gobernante, quien en este marco pues no asume ningún compromiso moral por la palabra empeñada. Los programas de gobierno son anuncios vacíos sin medidas concretas para medir las metas y objetivos planteados, en consecuencia nunca se podrá determinar las causas por no alcanzarlos. Los proyectos son elaborados por motivaciones financieras y no por necesidades locales ni por los impactos sociales y económicos de los mismos.

Cuanto más cambia algo, más se parece a lo mismo. Esta expresión, autoría del crítico francés Jean-Baptiste Alphonse Karr, se ha aplicado a muchas cosas, pero es tal vez más relevante en lo que respecta a la política. En cada elección, ante cada cambio de liderazgo, el término cambio no se encuentra muy distante. No solo transmite la promesa de un futuro mejor y la eliminación de un pasado defectuoso o deficiente; apela al deseo de algo nuevo. Sin embargo, ese cambio no aparece. En muchas democracias del mundo se ha convertido en factor obligado, cada nuevo candidato representa un rompimiento de los errores pasados y una esperanza para el futuro. En las autocracias existentes en las cuales hay elecciones, la posibilidad de cambio es un reto, en la mayoría de los casos imposible de alcanzar. Convirtiendo la promesa en un refrito de ofertas anteriores no alcanzadas por la presencia de enemigos externos. 

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13-01-2025

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