¡Diálogo!

Cardenal Baltazar Porras

La crónica menor

¡DIÁLOGO!

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

Si Rosemblat viviera, incluiría en sus buenas y malas palabras, el vocablo diálogo, explicándonos la manera de decir y no decir, propias de nuestra jerga. Vivimos en una sociedad polarizada en la que se achaca todos los males al otro, y para sí se atribuye la titánica lucha de querer hacer pero no nos dejan. Es decir, permanecer aferrado a la ideología que cual camisa de fuerza no nos permite avanzar en el entendimiento con los demás, con el buen resultado de un bienestar común al que todos tenemos derecho.

Hablar de diálogo parece un cuento de hadas o las buenas intenciones de algunos, incluida la Conferencia Episcopal que, machaconamente, insiste a tiempo y a destiempo que sin encontrarnos y crear una plataforma común, no hay manera de salir de este marasmo. Pablo VI hace cincuenta años nos regaló una hermosa encíclica sobre el diálogo que fue hoja de ruta para las sesiones del Concilio Vaticano II, llevando a buen puerto la nave de la Iglesia en momentos de profundas diferencias y valoraciones entre los padres conciliares.

En estos días nos sorprende gratamente el encuentro Perú-Chile sobre el rol de la Iglesia en las relaciones bilaterales, realizado en las poblaciones fronterizas de Tacna y Arica. Parten de hechos, el trabajo concreto realizado en las últimas décadas para superar los conflictos que generan los desencuentros y que en el pasado tuvieron aires de guerra. “El diálogo es el nuevo nombre del desarrollo. Y no necesitamos muchos argumentos para entenderlo porque estos dos días de encuentro bilateral dejarán una huella en nuestra historia común”.

Nuestro interés, dicen los obispos sureños, no es nuevo ni coyuntural. La Iglesia ha estado íntimamente ligada a la vida de nuestros pueblos. En efecto, junto a la riqueza y diversidad de las culturas originarias, el don de la fe cristiana es uno de los cimientos de la identidad y unidad de nuestra realidad histórica y cultural, la cual queremos servir desde el Evangelio de Cristo, que fecunda toda cultura y es capaz de hacernos hermanos.

No tenemos otro camino sino insistir, aunque parezca pueril, en la urgencia de dialogar y buscar puntos de encuentro y realizaciones, entre gobierno y sociedad civil y entre gobierno y países extranjeros. Con improperios e insultos no se llega a ninguna parte. La paz es el nuevo nombre del desarrollo y sólo se construye con constancia y coraje, para que los involucrados entiendan que con bravuconerías y gritos no llegamos a ninguna parte.

32.- 21-7-13 (2529)