El hombre atento al soplo del Espíritu, encuentra sus dones, los percibe personalmente y ayuda a los otros a degustar su sabor espiritual y los efectos de su diligencia.

La primera lectura dice, «de repente se oyó un gran ruido que venía del cielo» (Hch 2, 2). Hay ruidos entorpecedores de la serenidad de la persona humana; quizás ella los ha consentido bastante, y, por consiguiente, necesita con urgencia desamarrárseles para escuchar el sonido del Espíritu.

«Empezaron a hablar en otros idiomas» (v.4); el Espíritu despierta la capacidad de la comunicación, el arte de conocer las palabras y desglosar su noble significado, el cual impulsa al hombre a edificar honrosamente su vida y a encontrarse con el bien.

«Cada uno los oía hablar en su propio idioma» (v.6); escuchaban una diversidad de ciudadanías reunidas en Jerusalén, en espera de la celebración de la fiesta de las cosechas o de las siete semanas, Pentecostés, pregonada desde muy antiguo en Israel, hablar en su lengua nativa.

Admiramos a quien aprende otro u otros idiomas, mas también a quien en el lenguaje del entendimiento, fortalece y edifica la armonía, en la cual esclarece límpidamente la indiscutible gracia del altruismo; en consonancia, Pablo acentúa, «en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (1 Cor 12, 7).

Ahí les oían comunicar en distintos dialectos; aquí, en pleno Pentecostés del año 2024, el lenguaje de Cristo vivifica, porque el Espíritu habla en cada hombre y mujer que brega por darle un mejor semblante al mundo; de hecho, el Salmo recalca, «[…] Pero envías tu espíritu que da vida, y renuevas el aspecto de la tierra» (103).

El Espíritu patrocina la paz y la alegría.

El evangelista Juan, narra la actitud temerosa de los discípulos encerrados en casa; tal vez sus rostros reflejaban acentuadamente su estado de ánimo. Jesús serenamente se les muestra, y con esta frase imperecedera, «“la paz esté con ustedes”» (20, 19), les anima. Su aspecto, deformado por el miedo a los judíos, al ver al Señor, sus manos y costado, transfiguró en regocijo.

El Resucitado les desea la paz en dos ocasiones. A la segunda acompaña con un franco y recio encargo, «“como el Padre me ha enviado, así los envío yo”» (v.21). Luego, el apóstol Teólogo subraya, «sopló sobre ellos y les dijo: “reciban al Espíritu Santo”» (v.22).

El soplo del Espíritu refleja la libertad que fortalece al hombre para asumir la responsabilidad de un destino no antepuesto. En efecto, los discípulos carecían de un pronóstico para elegir un lugar más favorable que el otro, y así avanzar a donde les gustase. El Espíritu orienta el rumbo; y éste, a pesar de los matices negativos que aguarda, exige una misión dinámica y fiel.

El viviente humano, jamás comprueba una ocupación en absoluta soledad, mucho menos una indefensión ante los retos de la responsabilidad. Jesús dio su palabra, «“[…] cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder”» (Jn 16, 13); y Cristo es leal al compromiso, pues asegura, «“[…] sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”» (Mt 28, 20).

Mérida, 19-05-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.