El suicidio: problema de salud pública

Una de las lecciones que nos ha dejado la pandemia del COVID 19, es haber descubierto que necesitamos hacer de nuestra salud mental un esfuerzo global, donde todos podamos tener acceso a ella. Requerimos de una política sanitaria, para concentrar la atención en la prevención, identificación y tratamiento, de los trastornos psíquicos en las personas. Hay que recordar que la salud de cada individuo es la base para la construcción de vidas plenas y satisfactorias, convirtiéndose en una inversión en los recursos de las naciones. Pero, por, sobre todo, en la felicidad de los ciudadanos del planeta.

Se han producido estudios que nos han demostrado, cómo el proceso de adaptación al aislamiento, sumado a los problemas socioeconómicos, a la soledad y la sobrecarga del confinamiento, han incidido en un repunte del aumento de las enfermedades psíquicas, terminando en acciones que empujan al límite a los más vulnerables, llevándolos a la cobardía más valiente: quitarse la vida.

El origen de estos trastornos mentales es multifactorial. Aspectos biológicos, genéticos, psicosociales, ambientales, intervienen en su aparición. Estar deprimido no es estar triste, de mal humor o tener unos días malos. Podemos estar enredados en un estado de ánimo negativo. Sintiéndonos desesperados. No siendo capaces de identificar o expresar lo que padecemos. Podemos estar deprimidos y por ello requerimos ayuda. UNICEF muestra que la crisis del COVID 19, ha tenido un impacto importante en la salud psicológica de los más jóvenes de la población mundial, especialmente en América Latina. Un 27% vive con ansiedad, 20%   con depresión y el 47% se siente pesimista. Uno de cada tres pide ayuda a los adultos. Pero, en contraste, dos de cada cinco no lo solicitan. Hoy atravesamos grandes dificultades. Algunos han sacado lo mejor de sí y muchos otros han sido arropados por la incertidumbre y han   perdido   el camino de sus vidas.

En las Américas, los trastornos neurólogos y por consumo de sustancias psicotrópicas, representa un 40% de la población, mientras que por el suicidio mueren casi 100.000 personas al año. Esta realidad ha sido invisibilizada por todos los agentes sociales, incluyendo los gobiernos, médicos y familiares. La mayoría de las personas que requieren de la ayuda no reciben tratamiento. Sin embargo, hay mucho optimismo, al descubrir que todos los gobiernos del mundo reconocieron la necesidad de ampliar los servicios de atención psicológica en todos los niveles. Así como dar a conocer, mediante campañas que incluyen la producción de materiales con nuevos formatos, para cuidar la salud mental. Hablar de suicidios no los fomenta, sino los previene, rompiendo así, la cultura del estigma y de la exclusión.

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las acciones suicidas, son precedidas de signos de advertencia, que son invisibilizadas por los familiares y por los entornos cercanos. Dormir mucho o no hacerlo, aumentar el apetito o disminuirlo, regalar objetos de valor personal, alejarse de amigos o de actividades diarias, podrían ser algunos de los signos de afecciones emocionales, que progresivamente van escalando hasta llegar a otros trastornos mayores. No es lo mismo estar triste, que deprimido. El suicidio es un tipo de muerte multicausal. Muy a pesar, los gobiernos no han dedicado en la actualidad, ni su atención, ni sus presupuestos a la prevención de enfermedades de tipo mental. Las conductas suicidas siguen estando etiquetadas, ni siquiera son aceptadas como motivo de muerte en las actas de defunción, cuando es un acto de desesperación frente a los problemas por los que atraviesan las personas.  

En Venezuela, los casos de suicidios se han incrementado en lo que va de año. No hay cifras oficiales desde el 2013. Las estadísticas son producto de estudios de diferentes ONG. En la actualidad, Mérida ocupa el primer lugar en suicidios en el país, seguido de Táchira y Guárico , Niños, adolescentes, jóvenes hasta adultos de la tercera edad, han sido víctimas de esta pandemia. Exponer el tema como un problema de salud pública y de interés nacional contribuiría a su disminución como estigma social. La situación que se vive en el país ha incrementado el número de afectados, ya que no poseemos las herramientas para enfrentar los trastornos de salud mental. Inicialmente era una decisión de carácter individual que afectaba a pocas personas, ahora ha pasado a convertirse en un fenómeno social. Por ello debe ser una prioridad, concientizar a la población sobre la importancia de la salud mental, así como incrementar los presupuestos para las infraestructuras de centros sanitarios y su tratamiento. Así como también, el establecimiento de programas de asistencia en centros educativos y propiciar la enseñanza de protocolos familiares para la prevención de estas afeccciones.

La pandemia ha sido el escenario para angustiarse las personas cada vez más. La depresión se camufla en esta sociedad. En este país, los ciudadanos se deprimen sin ni siquiera saber que lo están. La gente se cansa de sobrevivir. La depresión tumba, quita las ganas de vivir. Las personas afectadas por esta situación no ven salida posible.

Nuestra verdadera epidemia ha sido de suicidios. Necesitamos ciudadanos más felices, plenos y sobre todo vivos.

rosaltillo@yahoo.com

11 06 2022